domingo 29 de noviembre de 2009

Sino es contigo, no hay más allá

Hace tanto frío que mis piernas se van agarrotando a medida que doy una zancada tras otra.
Supongo que los leggins son muy bonitos, pero a estas alturas del año es arriesgado ponérselos sin sufrir la posterior congelación...
Menos mal que siempre estás ahí, con esa tranquilidad abismal que sólo transmiten los que conocen tanto el mundo que ya no lo temen.
O eso siento cuándo te tengo cerca.
Casi sin enterarme te quitas la cazadora y, girándola, cubres mi cuerpo, dejando atrás las mangas para anudarlas con suavidad. Me siento muy pequeña, muy frágil, como si dependiese de ti.
Como si pudieses leer mi pensamiento, me adelantas y recojes mi cara entre tus manos.
- ¿En qué piensas? - preguntas.
- Nada.
- Te acompañaré hasta la puerta - murmuras, esperando mi respuesta.
- No necesito que me acompañen, sé ir y venir sola - te digo, sabiendo que soy demasiado mordaz.

Sonríes. Sólo buscabas que rompiese mi falsa fragilidad.
Caminamos en silencio. Sujetas mi mano derecha dentro de tu bolsillo y miras hacia el frente.
Te observo de reojo. La capucha sólo deja entrever el perfil de tu nariz y el brillo de tus pupilas negras.
Sólo cuando giras la cabeza para ver si vienen coches me deleitas con esa mirada verde pálido casi transparente.
Y yo escondo la mía tras los párpados, suspirando placenteramente.

Me pregunto si existe algún otro capaz de hacerme sentir lo mismo que tú.
Rápida respuesta. Nadie.

Empieza a llover silenciosamente.
No sé cómo te las apañas para qué ninguna gota llegue a rozarme
y eso que no tenemos paragüas.
Llegamos.
Y cómo si sobrasen las palabras acercas tu frente a la mía,
te apoyas suavemente en ella
y te quedas ahí.

De alguna manera que ambos desconocemos hablamos por la piel.
Sé, en ese instante, cómo te sientes, qué quieres decirme, qué callas,
notando la energía que fluye entre los dos.

Para después sonreírme como sólo tú sabes,
robándome toda la atención
y alejarte con un "mañana" en los labios.




Puede que no sepa a ciencia cierta qué nos depara el futuro,
lo que tengo claro es que hoy por hoy, sino es contigo
no hay más allá.

sábado 28 de noviembre de 2009

Mea culpa


Me gusta equivocarme para bien. Siempre lo he dicho.
Y es que la última vez ha sido bastante sorprendente para mí.
Cuando surgió el bombazo de la saga "Crepúsculo" porque ésta había llegado a los cines, todo el mundo comenzó a hablar de los libros.
En ningún momento me interesé por ellos, supongo que dentro de mis rarezas una de las que más disfruto es intentar no dejarme llevar por la misma corriente.
Muchos ya los habían leído y releído antes de la película, otros empezaban ahora y todos, tras tenerlos en sus manos, afirmaban lo mismo: era una lectura adictiva.
Ninguno de los libros que leído en toda mi vida fue de amor. Ninguno.
Quizás por eso no lograba entender ese énfasis que los lectores comentaban sobre esta colección.
Un año después he decidido probar con el primero de ellos: "Crepúsculo"

Y, agachando las orejas, después de todo lo que he criticado, reconozco que no puedo dejar de leerlo.
Dejo claro que sigue sin gustarme la película, que no tengo pósters, que no guardaría una cola de 12 horas por ver a los protagonistas, que no busco en google fotos, vamos, que no me he convertido en una obsesiva de esto (sin ofender a nadie, que yo con 13 años lo fui de Harry Potter y no me avergüenzo). Simplemente me he metido de lleno en una historia que realmente roza la simplicidad: amor imposible.
Reflexionando creo que todo se resume a la forma de relatar que tiene la autora. Consigue que una relación chico - chica muy romántica se cuente casi sola, sin usar demasiados paisajes, demasiados entresijos, sencillamente algo que podría pasar en cualquier instituto añadiendo el pequeño gran matiz de que él es un vampiro y se muere por ella (de amor y de hambre al mismo tiempo).
No voy a entrar en si estos vampiros son mejores o peores que los de "Crónicas vampíricas", ni si tiene poco fuste para hacer una película, tampoco en que las niñas de 14 años hayan hecho una biblia de los libros.
Sólo reconozco que me equivoqué cuando opinaba que me parecían insulsos, porque me gustan.
Sigo pensando que hay libros muchísimo mejores, claro está: la historia es adictiva, pero no deja de ser un relato de novela juvenil.

Lo recomiendo, más que nada por la vivencia personal que he tenido.
En cuestión de 100 páginas, fui consciente de que empecé la lectura siendo muy escéptica
y pasé a sentir ganas y más ganas de continuarla.


Supongo que es bueno equivocarse para bien.
Sobre todo cuando se habla de libros.

miércoles 25 de noviembre de 2009

25 de noviembre

Celia mira a su pequeña. La niña colorea tranquilamente sus dibujos sentada en la alfombra. Aún es demasiado pequeña para pensar en el futuro, mamá lo hace por ella. Por eso Celia se entretiene imaginándola con 5 años más y 5 más y 5 más... Sueña con verla como una mujer fuerte, inteligente y luchadora. Y desea, de corazón, que nunca ningún hombre se atreva a maltratarla.


Esto no es una guerra de sexos.
No es una reivindicación feminista.
Esto es una pelea de una gran mayoría compuesta por hombres y mujeres
contra una minoría que aún piensa que una mano en alto e insultos humillantes significan hacerse
respetar.

Es una batalla contra los fundamentos de muchas culturas y religiones que aún creen en esa superioridad del hombre sobre la mujer.
Es un mano a mano contra aquellos y aquellas que no creen en la igualdad, en la palabra y el respeto.

Ya basta.
Quiero un sacerdote y una sacerdotisa.
No quiero el burka.
Quiero debatir porqué tiene que tener tanto poder un Papa
o una Papisa.
No quiero sumisión.
Quiero un estado que no se vea obligado, porque sea políticamente correcto, a tener el mismo número de hombres que de mujeres sino que éstos y éstas sean contratados por sus aptitudes y actitudes.
No quiero discriminación positiva.
Quiero ser mujer, trabajadora, madre y superheroína a la vez.
No quiero que el hombre que vaya a mi lado se sienta mal por eso, al contrario, quiero que él sueñe conmigo.

Y así que llegue el día
en el que cualquier madre, de cualquier etnia, edad y región,
al mirar a su hija pequeña mientras ésta dibuja ajena a todo,
no tenga que temer por su futuro.

lunes 23 de noviembre de 2009

Cuento

Hoy estoy mala de la tripa.
Estando tumbada descansando,he recordado un cuento que siempre me contaba mi tía Mª Ángeles.
Resulta que es uno de mis cuentos favoritos y me lo sé de memoria,
porque cuando pienso en él me veo pequeña con los ojos clavados en los dibujos del libro,
metida de lleno en la historia
y sólo escucho la vocecilla de mi tía haciendo de cada uno de los personajes.
Seguro que ella lo recordará como yo.
"La niña del zurrón"

Es una historia bastante aterradora.
Recuerdo cada página de aquel libro de la Media Luna.
La historia comenzaba con una niña un poco tonta que era muy caprichosa y su familia tenía poco dinero.
Entonces su mamá le regalaba unos zapatos de charol muy bonitos y luego la mandaba a la fuente con un cántaro para llenarlo. Allí se los quitaba para no mancharlos y sin querer se los olvidaba. Al regresar, su madre le preguntó dónde los había dejado y la niña volvió corriendo a la fuente, pero ya no estaban.
Entonces aparecía un mendigo muy feo y sucio y le preguntaba qué pasaba.
Así, la niña llorando se lo contaba y él le decía: "Anda, si los tengo yo. Ven, cógelos tú misma están dentro de mi zurrón"
Y así la niña se metió dentro y el mendigo lo cerró y dijo: "Si quieres volver con tu mamá tendrás que hacer lo que yo diga"
Y así se marcharon y fueron de pueblo en pueblo.
Cuando llegaban a la plaza, el hombre dejaba el zurrón en el suelo y recitaba "Canta, zurroncito canta que si no te doy con la palanca"
Y la niña, entre lágrimas cantaba.

(Al escribir esto puedo escuchar perfectamente a mi tía poniendo la voz de la niña; además, siempre solía bautizarla con mi nombre y así me introducía totalmente en el cuento)

"En un zurrón voy metida,
en un zurrón moriré
por culpa de unos zapatos
que en la fuente me dejé"

Y como tenía una voz tan bonita todos le daban mucho dinero al mendigo a cambio de escucharla.
Así pasó el tiempo y el mendigo olvidó cual era el pueblo de la niña y llegó a él.
Según llegó a la plaza y dejó el zurrón en el suelo dijo en alto:
"Canta zurroncito canta, que si no te doy con la palanca"
Y la niña empezó a cantar.
Entonces, las tías de la niña que allí se encontraban reconocieron al momento la voz e hicieron un plan. (En los dibujos del libro aparecían dos mujeres vestidas de luto y yo las bauticé como MºÁngeles y Mª Jose)
Adulando al mendigo, le invitaron a comer y en una de esas que él se había quedado dormido, fueron corriendo y sacaron a la pequeña del zurrón y lo llenaron de toda clase de animales: serpientes, arañas, culebras, gatos, cucarachas, mosquitos, ratas, avispas... y después lo cerraron.
Cuando el viejo despertó emprendió su camino hasta llegar a otro pueblo.

Allí se puso en la plaza y recitó:
"Canta zurroncito canta que si no te doy con la palanca"
Pero nadie cantó.
Así una y otra vez.
Entonces cansado el viejo comenzó a golpear el zurrón con la palanca.
Cómo no veía respuesta, decidió abrirlo y todos los bichos que contenía le empezaron a morder, a picar y arañar.

Y así recibió su merecido.
Colorín, colorado este cuento se ha acabado.

No sé, hoy me apetecía escribirlo, de alguna manera esos ratitos de cuentos pertenecen a una parte de mí misma.
Gracias MAN.

domingo 22 de noviembre de 2009

Exploradores


Me llamó caperucita morada.

Para después cogerme de la mano.
Las calles dormitaban, sólo algún niño en patinete rompía la tranquilidad.
Me gustan las tardes de invierno
El sol no quema, acoge
y todos le perseguimos por las esquinas, de banco en banco.
De repente me llovieron hojas amarillas. Muy gracioso.
Y corrimos por la naturaleza que aún pervivía en este mundo de autómatas.
Nos dijimos cursilerías (que nunca falten)
y esperamos a que se hiciese muy tarde para darnos cuenta de que había que volver a casa.


Él y sus ojos verdes.
Y sus manos grandes.
Y sus cicatrices varias.
Yo, con mi caperuza morada.

sábado 21 de noviembre de 2009

Happy Hippie


Cansacio, mucho cansancio.
Dos mil millones de folios llenos de palabras que se repiten continuamente, pero en cada párrafo adquieren un significado diferente. Memoriza todo. Pero todo, es todo.
Pero memorízalo para aplicarlo, no para olvidarlo pasado mañana.
Siéntate en la silla, dobla el cuello, horas y horas en la babia, intentando entender que ahora núcleo significa otra cosa, que lo debes imaginar en tres dimensiones cuando es prácticamente imposible darle estructura. Que tu cabeza, por dentro, está organizada en infinitas partes, láminas, giros, surcos, tractos, vías, aferencias, eferencias, excitándose, inhibiéndose, como un reloj suizo, como una escalera, con un "o todo o nada"...
Pienso en los anuncios de Nike... "imposible is nothing".
Y descubro que llevo empanada 20 minutos.
Y pienso que sí es imposible.

Pero aquí estamos.
Quitando la presión de los exámenes de enero, estudiar es realmente enriquecedor.
Si no hubiese querido estudiar esto ahora mismo no sabría absolutamente nada de cómo soy.
Me he dado cuenta de que estoy conociéndome mucho más allá
y por eso ha cambiado mi percepción de mí misma en este mundo.


Aún así, preferiría ser una hippie ibicenca de melena por la cadera.
Y fumar maría pensando que es algo muy bueno (porque eso de que el saber da la felicidad...)
Y gritar "No al sostén" corriendo desnuda y sin depilarme por colinas de hierba.
Tener 20 hijos y ponerles nombres extraños, de animales, de dioses griegos o inventados.
Y tener también una lechuza y un poni blanco.


Sería muy feliz, seguro.
Pero bueno, quién algo quiere algo le cuesta.
Me quedo con mis dos mil millones de folios (y con el sostén)

viernes 20 de noviembre de 2009

Escuchar es algo más que oír


Ayer fui a un concierto de lenguaje de signos.
El teatro estaba abarrotado de gente esperando.
Compré un refresco y unas patatas mientras pasaba el tiempo y
a las 20:00 empezó.
Se apagaron las luces y se encendieron sólo las del escenario.
Poco a poco se hizo el silencio de las voces,
dejando paso al ruido de la vida.

Cerrando los ojos, uno a uno fuimos adentrándonos en el mundo que queda oculto bajo la voz.
La respiración era la nota principal.
De las 200 personas que allí estábamos ninguna sola coincidía en el tiempo y la duración al coger aire y expulsarlo.
Después se oía la saliva al tragar, el roce de la ropa con la piel, de los zapatos con el suelo de moqueta.
Algún tosido seco intercalado con unas uñas rascando un antebrazo al descubierto.
El chasquido de una vértebra cervical,
acompañado de un carraspeo involuntario.
El tintineo de una cremallera del abrigo.
Alguien cruzando las piernas.
El crujir del asiento al reclinarse una espalda.
Una boca masticando chicle.
Entonces se abrió el telón y apareció una joven sentada en una silla de madera.
Nos miraba con sonrisa placentera, con inmensa tranquilidad.
Mantuvimos, todos, los ojos cerrados y ella, tras un suave toque al diapasón, cogió la nota de la respiración y comenzó
a cantar con sus manos.

Abrimos todos los ojos y escuchamos.
Desde afuera se colaba el ruido de las ruedas y motores que surcaban la avenida,
miles de pasos por minuto sobre la acera-

Y mientras, allí dentro, ella cantando con sus manos.

Nos habló de la luz del sol,
de la sensación de soledad,
del miedo a lo desconocido,
del amor imposible.
Nos contó lo que es la muerte,
nos cantó nanas y saetas.
Nos explicó lo que es la vida.

Y lo entendimos todo leyendo sus manos y su cara.
Al terminar, volvió a entregarnos su inmensa sonrisa.
Así cerramos los ojos y la melodía cesó.
El telón se cerró de nuevo y todos levantamos nuestras manos
agitándolas enérgicamente, moviendo las muñecas hacia dentro y hacia afuera, con los dedos extendidos.
Bueno, sí, aplaudiendo.

Ayer comprendí que escuchar es mucho más que oír.