sábado, 31 de diciembre de 2011

2012


- Papá ¿este año es bisiesto no?
- Sí hija, es "tu siesto".
La felicidad de los locos es el sueño inalcanzable de los cuerdos.
Los mayas anunciaron que el 2012 sería el año del cambio.
Dijeron que algo va a ocurrir.
Unos creen que se referían a que la humanidad subirá un escalón más (no sé hacia dónde), otros miran al cielo esperando ser los primeros en reconocer el meteorito que caerá de un momento a otro destruyéndolo todo.
Dos mil doce.
Nada se puede predecir, todo se puede adivinar.
Lo importante es no quedarse quieto mirando hacia ninguna parte,
o bajar la cabeza ante la mentira. Es hora de mejorar.
Madurar. Envejecer. Quizás ese es el escalón sobre el que nuestros pies se balancean.
Seas como seas, seas quién seas. No dejes que tu felicidad dependa de los demás.
Depende de ti.
Y compártela, porque nunca se disfruta estando solo.
Comprende y perdona, no juzges, escucha. Crece.
Que 366 días pasan volando.
Feliz año.
"Los locos son personajes y los cuerdos sólo actores...los locos crean poesía y los cuerdos la redactan...los locos se sienten libres...son libres...y los cuerdos los encierran...."
Que nadie ponga barrotes a tu locura, 2012.

sábado, 24 de diciembre de 2011

veinticuatro del doce del dos mil once

No creo en la iglesia. No creo en su doctrina. No creo en sus rezos ni en su dogma.
No creo en ellos, no creo en lo que representan.
Porque no le representan a él.
Sí creo en dios, sí creo en Jesús. Sí tengo fe.
Y por eso hoy celebro tu aniversario, hoy celebro que viniste al mundo.
Pero no voy a santificar tus fiestas, no voy a cumplir las costumbres. Voy a decirte que sigo creyendo en ti y que te agradezco cada segundo en el que me acompañas y velas mis sueños. Voy a prometerte que voy a intentar ser mejor persona, siguiendo tus pasos.
Porque tú me has enseñado a respetar y ser respetado.
Feliz Nochebuena. Felices vacaciones. Que la felicidad nos alcance a todos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Desde otra tierra


Llevaba mucho tiempo deseando escribir esta entrada. Quiero dedicársela a mi tía Emi, para que sonría como nunca, porque se lo merece. Es un relato que envié a un concurso literario de FECOGA (Federación de Cofradías Gastronómicas) y que ha resultado ganador del segundo premio. Estoy muy ilusionada por ello, y he esperado para poder compartirlo con todo aquél que quiera leerlo. Un abrazo muy fuerte y Feliz Navidad.

Desde otra tierra
Mis padres dicen que nací con ojos de xana, como las hadas asturianas, porque solía quedarme así, semidormida, durante días enteros, dejando escapar una media sonrisa cuando alguien me rozaba la piel. Mis primeras palabras fueron en un francés suave y agudo, algo que defraudó a mi abuelo, pues estaba empeñado en que lo primero que dijese fuera “patata”. ¡Qué obsesión la de este hombre por los tubérculos!” solía decir mi abuela mientras él me explicaba, sosteniendo uno en la mano, cómo ese alimento había salvado vidas cuando él tuvo mi edad.
Así crecí en uno de los barrios más bonitos de París: entre las bicicletas, las mesas de café diminutas, las clases de gimnasia en los jardines y mi abuelo con el delantal puesto en la cocina.
Él nunca aprendió francés, siempre dijo que le daba miedo perder las raíces. Todos nos reíamos de esa idea tan absurda, “¡nadie olvida un idioma por hablar otro!” le decía yo muy resabida, pero con los años entendí que su miedo no miraba hacia el futuro, sino al dolor de un pasado muy complicado.
Por eso me recogía el pelo en una trenza, despacio, para que no me quedasen mechones fuera y después corría a su lado, preparada para otra tarde llena de harina en la nariz, de aceite en los pantalones y el olor a los centenares de condimentos que usábamos casi sin pensar. De sus sentidos conocí cómo se puede calentar la leche con las manos, cómo se descubre si sobra sal sin usar el gusto o a calibrar los gramos contando con el olor.
Él intentaba llevarme con sus platos a su verdadera tierra, ese lugar del que casi no se hablaba en casa porque mis padres no lo conocían, pero que mi abuelo se empeñaba en no olvidar.
“¿Hablas del país de la xanas, abuelo?”, le preguntaba yo y él me respondía que no sólo era de ellas, también era el país del sol, de la mar salvaje, de las tierras húmedas y verdes, que según desciendes se vuelven llanas leonesas, amarillas manchegas y llenas de matices en todas sus partes. Y, por supuesto, siempre había algo que comer en todas ellas.
Una tarde de septiembre mi abuelo me llevó a ver a unos amigos suyos, pintores, cerca de una iglesia preciosa, blanca impoluta. Estuvimos vagando por la plaza, disfrutando de los trazos, del detalle, de la concentración. Él me susurraba al oído que la pintura es como la gastronomía: todo se hace con pasión y cuidado, por eso cada obra de arte lleva un poco de alma de quién la crea.
Para mí aquella frase fue grandiosa y aún hoy se me eriza la piel cuando le veo agachándose hacia mí, emanando aquel olor a cebolla y ajo tan peculiar.
Ya íbamos a marcharnos a casa cuando otro anciano, más o menos de su edad, se acercó con paso rápido y le abrazó por detrás. Era un viejo amigo, también español. Hablaron durante mucho tiempo, lloraron juntos y yo mientras los observaba maravillada.
Antes de irse le dio a mi abuelo algo metido dentro de un papel de aluminio y después se despidió. Durante el camino de vuelta no dijimos nada, le veía demasiado sensible cómo para estropear aquello que su mente le estaba recordando.
Esa noche se acostó pronto, ni siquiera vino a darme las buenas noches. Me sentí traicionada, como si para él yo no fuera de suficiente confianza. Entonces, de madrugada, apareció en mi habitación y me dijo que le acompañase afuera.
Una vez sentados los dos en la terraza sacó el paquete de aluminio. Al tenerlo cerca vi que olía fuerte, olía cómo él, aunque un poco extraño.
“¿Qué es?” le pregunté. Él sonreía con un brillo especial en la mirada.
“Se llama sabadiego; intenta pronunciarlo francesita, sabadiego, se dice sabadiego. Es un chorizo de mi tierra, de mi hermosa tierra. Llevo más de media vida esperando volver a probarlo. Creí que moriría sin hacerlo”
Entonces lo sacó y, con un poco de pan, fuimos devorándolo lentamente, disfrutando de cada pedazo. Nunca había sentido tanto respeto por algo como aquella vez. Lo comí como si fuera el manjar más preciado que existiese en la tierra, saboreando su fragancia en el paladar y enlenteciendo el tiempo, para que no terminase nunca. Fue tan emotivo que se me escaparon las lágrimas y él dejó a un lado todo y me abrazó.
Han pasado muchos años desde aquello y, ahora, cuando veo a mi hija dormir en su cuna, con los ojos entrecerrados y la media sonrisa, sin que nadie me vea me la llevo a la cocina, la coloco entre paños y dejo que el olor la absorba y la llene, para que nunca pierda la esencia de nuestras raíces.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Tangled

A menudo, en exámenes, lo que más me apetece es ver la película de Tangled ("Enredados") una y otra vez, cosa que jamás he cumplido. Aún así es un pensamiento alegre, como otros tantos que vienen a mí cuando más  concentración necesito. Me gusta porque es de esos recuerdos que marcan momentos en la vida. Para mí representa un trabajo de Farma, quedándonos en la universidad hasta bien entrada la noche, dónde mi única alegría era ponerles el tráiler de la película a mis compañeras, sin parar, hasta que se cansaban de mí.
Me gusta porque las historias de Disney siempre me han acompañado, y aún hoy me apoyo en ellas cuando me tiemblan las piernas o las ganas.
Por eso, a falta de dos días para terminar, después de un examen de digestivo demasiado complicado, hoy he pensado en Rapunzel y Pascal, he sonreído y he vuelto a tener ganas de seguir.
Los pequeños detalles de la vida, los llaman, me gustan mucho, mucho, mucho, mucho.

martes, 13 de diciembre de 2011

Uno más

Mamá,
Papá
ya sé lo que quiero ser de mayor.

Turista.

Y sino, cuidadora de elefantes.

Y sino, turistas que cuidan de los elefantes.

Eso seré.


viernes, 9 de diciembre de 2011

Podemos




A veces, sólo necesitamos creer que se puede
y nuestro cuerpo, nuestra mente, hacen el resto.
Yes We Can.

martes, 6 de diciembre de 2011

DiciembrEX

La ministra de trabajo italiana llora porque el país, de nuevo, va a tener que hacer sacrificios. Mientras hablaba en el telediario de la noche sólo pude fijarme en la tremenda arruga que le salía entre las cejas. Las arrugas salen por el uso, con los años, y esa, en ese sitio, significa que ha estado enfadada muchas veces.
Ella y su arruga me hicieron volver a pensar en lo difíciles que están las cosas en el mundo.
Es utópico creer que nunca habrá algo malo, ni siquiera me dan ganas de reflexionar sobre ello; pero me gusta pensar en lo que queda y empuja a la gente a no rendirse. Pensé que era bonito verla emocionarse, nos da a conocer algo nuevo sobre esos seres llamados "políticos". Luego la imaginé en su casa, con su sueldo de cada mes, y, como decía Mafalda "noté como una basurita en el ánimo".
Entonces volví a mi mundo de folios y lámpara de escritorio. Volví a mis horas sentada memorizando y comprendiendo nuevos conceptos. Volví a mis ganas de bufar, de dormir, de irme de aquí. A mis miedos y bajones, típicos de temporada de exámenes.
Pero empecé a sonreír.
Este año es muy distinto.
Ahora cada pedacito de cosa, enfermedad o bicho que toco tiene un nombre propio. Pero nombre propio de persona y eso le da mucho más valor.
Puede parecer absurdo, pero sé que más de uno, al leer esto, asentirá con la cabeza.
Estudio la pancreatitis aguda, con sus signos y síntomas y complicaciones. Pero no es sólo eso, es lo que tuvo Julia en octubre, la señora de la habitación X y que además tiene dos nietos y una perrita. Y está angustiada porque los hijos no encuentran trabajo.
Luego está la pericarditis aguda, con su ST elevado, y el señor de la habitación T, que sonreía cansado mientras le haciamos inclinarse ochocientas veces para auscultarlo mejor.
Y esa cosa extraña, mastocitosis, que en clase parece la cosa más aburrida del mundo, pero cuando le pones el nombre de Alba, con su pañuelo en el cuello tapando sus manchas y llorando porque tienen miedo al futuro, es algo muy distinto.
Esta vez no solo son textos y textos. Son personas reales que me ofrecieron su tiempo para aprender cuando peor se encontraban. Y si hay algo que puede motivarme para pasar esto, son ellos.
Por eso, aunque vuelvo a sentir que todo me puede, que la cuesta es muy empinada, esta vez es diferente.
Y me miro al espejo, descubro que tengo arrugas en la frente de tanto abrir los ojos, y me gusta.
Las quiero ahí, dónde están y no en otro sitio.


Compis.... podemos.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Marina

Marina era tímida, pero sabía lo que quería.
La primera vez que lo vio fue en el tren de camino a la ciudad y, sin saber porqué, supo que lo odiaba.
Miraba a las jóvenes como ella con sonrisa lasciva, chupándose el labio inferior y luego sacaba un cigarro del bolsillo, para hacer más corta la espera.
Tras un mes de encuentros parecidos, dónde ella pasaba desapercibida entre los pasajeros y él se quedaba en primera fila, oteando a lo lejos en busca del color naranja y azul de la cabina,
descubrió que no sólo vivían en el mismo pueblo, sino también en el mismo barrio.
Compartían tren, autobús y los 10 minutos de paseo por la acera.
Ella vivía en el bloque de pisos del portal número 45.
Él en el chalet de enfrente.
Por eso pasó de de ser "el tío asqueroso de mi tren" a "el vecino asqueroso de enfrente".
Cuando Marina quedaba con sus amigas al terminar la semana, solían reírse de sus comentarios, imaginándole como un hombre loco que perseguía a la gente.
Ella no se ofendía con sus gracias, pero se reafirmaba en la creencia de que no le gustaba nada y había algo horrible en él.
Un día estaba estudiando y oyó un ruido de ladridos afuera. Al asomarse vio cómo una mujer mayor entraba en el patio del chalet de enfrente.
Era un casa pequeña con un patio muy amplio, dónde los árboles crecían por doquier, impidiendo que nada pudiera verse desde fuera, excepto un pequeño rincón dónde nacía la escalerilla de la puerta de la cocina.
Muchas veces le había visto allí sentado, solo, fumando un cigarro tras otro. Para luego desaparecer dentro de la casa y no dar más señales de vida.
Aquel día el patio se llenó con cinco cachorros y una perra sin raza. La mujer los dejó allí y se fue por dónde había venido.
Él cogió una caja, la dejó bajo el hueco de la escalerilla y fue metiendo uno a uno a los perrillos dentro, como si estuviera amontonando ladrillos.
Después se giró y fue hacia la perra grande. Aún siendo sin raza era bonita, marrón y negra, con hocico largo y ancho. La acarició las orejas despacio, mientras ella lo miraba tensa, preocupada por lo que fuera a pasar con sus cachorros.
Marina presentía algo desde la ventana, algo que la invita a huir de allí. Desde su posición no acertaba a ver nada de lo que estaba pasando, sólo el espacio vacío de la escalerilla.
Quiso correr la cortina y marcharse, pero sus ojos estaban clavados.
Mientras tanto, él sonreía mirando hacia abajo, con su gesto lascivo, viendo cómo el animal sacaba de la caja a sus pequeños, que casi se estaban ahogando amontonados.
Pasado un rato decidió entrar de nuevo en la casa. Con paso lento se acercó a la escalerilla.
Marina pudo ver su pelo canoso brillando con los últimos rayos de sol.
Entonces uno de los cachorritos apareció en la escena, trotando torpemente sobre sus cuatro patas.
Moviendo su rabito, hipnotizado por el andar del hombre, intentó trepar por el primer escalón de la escalera.
A duras penas consiguió pasarlo, ante la mirada continua de él, que se había percatado de su presencia.
Marina sintió una punzada el pecho.
- No, no serás capaz... - dijo en voz baja, mientras la temblaban las piernas.
Y acto seguido se llevo las manos a la boca, con los ojos en blanco, con el corazón totalmente parado.
La puerta de la cocina de aquel chalet se había cerrado, y fuera en el patio sólo quedaban una perra y sus cinco cachorros, uno de ellos gimoteando malherido contra la verja.
La patada que le había propinado aquel monstruo había sido indescriptible.
Una escena con tanto odio y repulsión no puede ser descrita, no hay adjetivos suficientes.
Sólo quedó en el ambiente el sonido del corazón de Marina, latiendo de golpe, a mil por hora.

Aquella noche no pudo dormir bien.
Y a la mañana siguiente, antes de irse miró por su ventana, pero no pudo ver nada a través de los árboles.
Los días posteriores pasaron de una forma lenta e insidiosa.
Y así pudo descubrir que en el patio sólo quedaban una perra y cuatro cachorros, el último no había sobrevivido al traumatismo.

Un día, cercano ya a la Semana Santa, a estación estaba llena de gente.
Marina lo vio. Hacia mucho tiempo que no se encontraban.
Ella volvió a pasar desapercibida, él de nuevo oteaba en la orilla del andén, esperando.
A lo lejos se oyó el ruido de una máquina acercándose.
Los pasajeros bostezaban, ya era la hora.
Unos brazos delgados y firmes aparecieron de la nada.
El tren llegó, pero nadie pudo llegar aquella mañana a su trabajo.

Cuando Marina volvió a casa su madre se quedó atónita al enterarse de la noticia.
Un hombre se había suicidado en la estación.
Ella no quiso hablar del tema, se excusó diciendo que tenía muchos apuntes atrasados.
Antes de sentarse, miró por la ventana. En el chalet de enfrente unos policías inspeccionaban a través de la valla.
Marina se colocó en su escritorio y sacó los libros.
Hacia calor.
Se arremangó la camisa, dejando al descubierto sus brazos. Delgados.
Delgados.
Pero firmes.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Dra. Aragón

Sí, esto es para ti, porque me acompañas en silencio en el metro, en tu coche o en cualquier lugar.
Que aunque no hables demasiado siempre estás, dándome esa paz que a veces no encuentro por mí misma.
Tú, que formas parte de este mundo "medicinal" tan sumamente complicado, tú que también has notado cómo a veces pesa demasiado la cabeza y duele el cuello.
Aunque ahora hablemos menos, aunque no coincidamos en los mismo sitios, sabes que vuelvo a colocar un barco de papel sobre la taza té y que tengo fe en que todo saldrá bien.
Gracias por entrar aquí, con tu silencio, y esos abrazos que tanto bien hacen a todos.
(con sabor a sugus)
En mi mesa guardo tu marcador de páginas, entre mis libros hay alguno tuyo,
y siento cómo el apoyo en estos días de miedo y esfuerzo fluye entre ambas, entre todos, como siempre ha sido y será.
¿Oyes el piano? Suena con fuerza, cada vez más rápido, con más ritmo y melodía,
porque podemos con esto.
Siempre.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Pre-exámenes

A mi tampoco me gusta que me ignoren y luego me sonrían, pero debes comprender que no es fácil "ser" un ser humano, pequeña Sunniesoop.
La gente está loca, está para que la encierren, para que la traten y la mayoría de ellos no lo saben..
Tú estás loca y yo estoy loco. Y como le decía el papá de Alicia a ésta, "las mejores personas lo están".
A mí me gusta la gente que achina los ojos, aunque se ría pocas veces. Me basta con verlos hacerlo una vez. O los que no tienen tiempo y aún así lo pierden contigo.
He echado de mi vida a los que tienen dos caras malas. Todos tenemos dos caras, o diez o treinta. Y alguna será peor que las demás. Pero si tienes todas feas estás perdiendo el tiempo conmigo.
Sabes, pequeña Sunniesoop, a mí, durante mi vida, me han herido, maltratado, escupido e infravalorado infinitas veces.
Pero siempre he ganado, porque nunca dejé que me cambiaran.
Y aunque me duela perder la ilusión más me dolería no tenerla jamás.
¿Me entiendes? Mejor tenerla y perderla, mejor dormirse y despertarse cansado, mejor correr y caerse, mucho mejor enamorarse y sufrir, que no haber conocido el amor jamás.
Por eso no temas cuando utilizan tus textos, cuando usan tus palabras mintiendo, cuando tu verdad no se hace ver.
Los locos no tenemos miedo a nada.

martes, 22 de noviembre de 2011

Las varillas de incienso

Huan Yue no sabe que hemos cambiado de gobierno. Reposa tranquila, sobre un colchón especial que, gracias a la donación de un anónimo desinteresado, el hospital ha conseguido comprar para ella . Es especial porque lo llaman "antiescaras" y sirve para aquellos pacientes que están y, posiblemente, estarán mucho tiempo encamados.

Su habitación se ha convertido en el rincón de paz de la tercera planta. Aunque las dobles puertas permanecen obligatoriamente cerradas, por la rendija inferior se cuela hacia el pasillo común una fragancia única.
Son las decenas de varillas de incienso ardiendo a la vez.
Ella no puede olerlas, pero sus hijos saben que así se curará pronto.
En el resto de habitaciones la gente comenta el partido del Atlético de Madrid contra el Levante, la sanción impuesta a Telecinco, lo malo o bueno que es el menú del día en la cafetería y lo difícil que es aparcar a esas horas por la zona. La gran mayoría hace gracias satíricas sobre la situación de España: "ya no existe el vello púbico señora, ahora es vello pivado", "llevamos 24 horas y ya me han ofrecido cuatro empleos nuevos..." y otros, algunos, lloran, tras recibir malas noticias que poco tienen que ver con la carrera profesional de la mujer del nuevo presidente.

Huan Yue tiene el pelo lacio y envejecido. Lleva tumbada en la misma cama desde el mes de enero.
Y aún no ha abierto los ojos.
De su cuerpo salen tubos de todos los tamaños y los que entran a verla van cubiertos de arriba abajo, sabiendo que no pueden tocarla, que el contacto implica riesgo para su vida.
Sólo sus hijos pueden pasar unos minutos, sin cubrirse, para orar junto a ella.
Y para volver a encender, cada día, las varillas de incienso.
Dedicado a ti, porque me recuerdas lo que verdaderamente importa.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Fede

- Eventración.
- ¿Cómo ha dicho?
- Eventración. O algo así. Mira, podéis tocármela, es aquí abajo. Cuando toso o aprieto la tripa parece una piedra. No me molesta mucho, no me da problemas. La faja lo disimula bien.
Fede está tumbado boca arriba. Sus ojos azules resaltan sobre su piel morena. Está un poco incómodo, le duelen los muslos, pero es entretenido ver cómo tres estudiantes le miran como si fuera un conejillo de indias.
- Pero tocad hombre, que no me duele.
Y los tres jóvenes extiran sus brazos desconfiados, con tímidas sonrisas, con ganas de saber qué es eso, pero con miedo a molestarle por su curiosidad.
Fede los observa con una mezcla de envidia y cariño. Le hacen sentirse muy viejo.
- Yo soy transportista. Bueno, era. Con esto ya no me dejan hacer esfuerzos. Me recorrí medio mundo cuando era joven. Deberíais hacedlo, nos morimos sin haber conocido nada más que nuestra ciudad y algún otro sitio. Hacedlo, es un consejo.
Después de aquello tres pares de manos le tocan, mueven, percuten, palpan y masajean.
- ¿Todo en orden jóvenes?
Y los tres pupilos asienten sonrientes, con la mirada ilusionada de aquellos que están aprendiendo.
Al salir de la habitación la mujer de Fede, Rosa, les regala una sonrisa y les da las gracias.
Después entra y cierra la puerta.
Ella tiene los ojos marrones y el cabello negro sobre los hombros. Él casi no tiene pelo ni en la cabeza, ni en las axilas, ni en las cejas, ni en ninguna otra parte. Rosa se sienta en la orilla de la cama, él todavía mira hacia el techo, sonriendo.
Entonces ella pone una mano sobre su abdomen y la otra sobre su frente.
- Te quiero
- ¿Cómo estás hoy mi vida?
- Fuerte. ¿Tú?
- Cansado, pero fuerte
La sonrisa de su cara continúa perenne, pero por debajo algo ha temblado, como una descarga eléctrica que atraviesa su cuerpo en cuestión de segundos. Como si el miedo intentase colarse por su armadura de hierro.
- Estoy contigo
Entonces se hace el silencio, interrumpido por el suave borboteo de una bomba de oxígeno del paciente de al lado, y Fede clava en su esposa sus ojos azules. La ve más delgada, ojerosa. La ve apagada, pero más bella que nunca.
- No me dejes solo
Y así, mientras ellos se abrazan una vez más, arropados por las gotas de lluvia que golpean las ventanas, tres futuros médicos corren por los pasillos buscando a un adjunto que les corrija su historia clínica, para después ir a la planta baja a dar la segunda clase.
- ¿Cómo dijo que era lo que tenía?
- Eventración, creo
- Qué majo ¿verdad? Me ha caído muy bien, la semana que viene nos pasamos a verle
- Claro



Dedicado a todas y cada una de las personas que día tras día acuden al hospital buscando respuestas y soluciones y, mientras esperan, hacen que nuestros días de aprendizaje sean también los suyos, aguantando veinte fonendos sobre sus espaldas y el doble de manos sobre sus tripas, mirándonos con cariño y agradecimiento, cuando somos nosotros los que debemos darles las gracias.

lunes, 31 de octubre de 2011

Existes

Existes y todo tiene sentido.
Eres la luz que se cuela los días festivos y me recuerda que son para estudiar; pero no importa, sonrío, las ganas de hacer las cosas bien también llevan tu nombre.
Eres el premio cuando termine, eres el mensaje que dice "ánimo" con cinco letras y el café de las tres que me acompañó un mes entero cuando me jugaba todo a una.
Y fuiste la paz junto al mediterráneo.
Y la visión del futuro con los pies en el norte y las manos sujetando un vaso de sidra.
Eres la persona que me miró a los ojos y se quedó ahí siempre.
La mano en la espada cuando no quiero enfrentarme a algo, el gesto serio cuando no quiero hablar de nada.
Los ojos cerrados junto a los míos, el hombro que recibe llantos y los cura.
Eres lo que buscaba sin cesar.
Y lo que cuido desde que me elegiste.
Existes.
Existes y todo tiene sentido.


martes, 25 de octubre de 2011

Ponerse menos verde

Los recuerdos del pasado no son entes del presente; las decisiones deben tomarse en el hoy, no en el ayer, pues las consecuencias no irán hacia atrás, sino hacia delante;
pero no temas, pequeña Sunniesoop, estaremos a tu lado.

domingo, 23 de octubre de 2011

Paz

Recuerdo el día en que asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Jugaba en mi habitación, era verano. Mis padres y mi hermana veían la televisión sin perder detalle. Yo iba y venía, escuchaba fragmentos de lo que decían y observaba la pantalla. Después de tres días dieron la terrible noticia.
Y yo, con siete años, entré en mi habitación, me senté en la alfombra, cerré los ojos y, por primera vez, sentí verdadera impotencia.
Recuerdo que apreté los puños con fuerza y dejé que el sentimiento de odio que me estaba llenando escapara fuera de mí.
Desde entonces sólo quise pintarme las manos de blanco.

Por eso cuando hace varios días, escuchando la radio,comprendí lo que estaba sucediendo, me quedé estupefacta. Después de tanto tiempo me he vuelto demasiado escéptica, pero quería creerlo, deseaba creerlo.
Y me lo estoy creyendo. Tengo miedo de que no sea verdad, tengo miedo de que esta felicidad dure poco tiempo, pero tengo fe en que sea cierto.
Cuando oí a Rubalcaba decir: "...hoy cuando salgamos de aquí no habrá nadie que deba mirar debajo del coche, nunca más..." me lo creí.
Y ahora más que nunca pienso en ese momento en el que con siete años aprendí a odiar, pero también aprendí a defender la libertad.
Hoy defiendo la libertad.
Hoy creo en el fin de ETA.

domingo, 16 de octubre de 2011

Un limón

Rápido, piensa en algo. No importa el qué. Sólo piensa en algo.
...
...
...
Incluso puedes hacer eso de cerrar los ojos para pensarlo mejor o cerrar la puerta o poner boca de reflexión.
...
...
¿Lo tienes?
¿Qué es?
Intenta definirlo. Quizás es fácil, porque has elegido algo como una fruta, un objeto, una foto. Puede que hayas elegido a una persona o a varias o un viaje. Puede ser cualquier cosa. Quizás sea difícil, porque no sabes qué has imaginado.
No importa. Definir, por ejemplo, un limón, que es lo que he pensado yo, también tiene su aquél.
Es una fruta... sí, ¿no? Es amarilla...a veces verde, es ácida, pequeña, cabe en mi mano, puedo lanzarla de una mano a otra, aunque soy torpe y seguramente se me caiga. Si me cae en un ojo me escuece seguro, si me cae en la piel dicen que seca los granitos y hay personas que aliñan la ensalada con limón. Me recuerda al sol, a las tardes de otoño (pero no a las de verano), a las pelotas de tenis.
Un limón significa algo para mí que desconozco. O no significa nada y sólo pensé en él porque pasaba por ahí, por alguna red neuronal.
No importa. Yo elijo sí el limón puede estar marcando mi vida o sólo apareció para desaparecer.
Realmente así, más o menos, es todo. Lo que pasa es que no tenemos suficiente tiempo para darnos cuenta.
Podemos decidir qué nos ayuda, qué nos daña, pero la mayoría de la veces dejamos que sean otros los que decidan por nosotros, porque es más fácil.

Lo complicado es pararse una noche de un sábado de octubre, una mañana de un miércoles de febrero o una tarde de un lunes de julio y decirse a uno mismo que es dueño de su vida y, como tal, decide qué le hiere y qué no. Tú y yo lo hacemos complicado, lo vemos complicado. Pero es fácil.
Tan fácil como definir lo que es un limón.

jueves, 13 de octubre de 2011

Diplopia

Lo ató a la silla. Los gemidos de angustia podían escucharse desde cualquier rincón del edificio. Allí ya no quedaba nadie.
Lentamente cubrió el suelo de folios repletos de frases inconexas, con una caligrafía elegante y, a la vez, aterradora, que no dejaba lugar a dudas sobre cómo era la persona que lo había escrito.
Desde su sitio el joven sólo atinaba a ver la capa blanca que se extendía por doquier, sin orden ni causa, pestañeando bruscamente, dolorido por los múltiples golpes que tenía en ese ojo.
Estaba solo.
El dolor había dejado de existir. Era verdad entonces aquello que dicen de que, cuando alcanzas el máximo umbral y lo superas, ya no hay nada más. Ya se ha sufrido tanto que el propio cuerpo, lanzándose a los brazos de la resignación, decide no aguantar. Desconecta todo, lo deja sin alarmas ni protecciones. Ya nada importa.
Estaba completamente solo y abandonado a su suerte.
Ya no sentía las heridas desangrándose por sus piernas.
Ni la angustia de ver cómo toda su vida había ardido minutos antes junto a sus seres queridos.
El olor a gasolina se impregnaba en su cuerpo y entraba en sus fosas nasales como si desde ese momento se hubiesen convertido en uno solo. Él y el fuego. Él, el mismo y el fuego.

Atado en la silla gritaba descompuesto, después se calmaba y se sorprendía a sí mismo caminando por la estancia cubriendo todo de papeles que meses antes había escrito.
Los cogía con ambas manos, con sus huesudos dedos. Los olía, los lamía y luego los arrojaba con odio al suelo.
Acto seguido se sentaba en la silla y se ataba las manos. Entonces volvía a chillar histérico, con los ojos inyectados y el corazón a punto de salírsele del pecho.
Su captor soltó una carcajada desgarradora. Él mismo río sin parar. Desde fuera dos palomas observaban la escena, ajenas a todo. Un sólo joven. Una sola habitación. No muy lejos ardía una casa familiar.
De repente algo se rompió y se hizo el silencio absoluto.
Semanas más tarde, cuando la policía llegó allí, encontraron dos cuerpos tumbados en el suelo.


Y ese extraño olor a gasolina.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Vizcaíno

Me sabes a mar del norte, a eso me sabes
y al acercarme a ti, a tus ojos lo veo dentro
bravo y libre y eterno.
y al acercarme así, a tu piel, tras dormir sobre tu piel
luego descubro que mis ropas se llenaron de arena.

sábado, 8 de octubre de 2011

October days

Suena un piano de fondo. A veces la vida se condensa y se reduce al tamaño de una uva o se hace inmensa; de  ambas formas se convierte en algo demasiado pequeño o demasiado grande para prestarle toda mi atención.
Eso consigue el piano.
Cierro los ojos y cierro los poros, cierro la boca y la nariz.
No sé matemáticas, no entiendo los ritmos, pero no importa en absoluto. Jamás ha importado.
Ahora la vida está fuera de su espacio, ocupando otro continente que no me concierne, no me asusta ni me responsabiliza.
He olvidado respirar desde hace tiempo, no puedo contarlo, ya no sé contar. Y así escribo mentalmente palabras que no recordaré y que quedan grabadas como notas que mañana sonarán diferentes.
Descanso en un suave aleteo de mariposas soleadas, de puentes de madera que no unen orillas, las separan.
Separan el mundo de la pura abstracción y olvido qué soy, quién soy y para que sirve una gota de vida en mitad de un universo.
Entonces, cuando estoy a punto de perderme para siempre, un sonido envolvente y directo sale de una flauta y me devuelve. Abro los ojos y la piel, abro la boca y la nariz.
Y la uva se hace grande y la inmensidad se reduce y mi atención se posa en cada espacio. El reloj vuelve a su eterna carrera y me acurruco un poco más en la almohada. Sólo un poco.
Es lo más bello de despertarse.

jueves, 6 de octubre de 2011

Steve Jobs



La primera vez que escuché su discurso fue en un seminario de bioquímica del hospital, cuando todavía estaba estaba en primero de carrera.

http://lanietadelimpresor.blogspot.com/2009/02/discurso-steve-jobs.html
http://lanietadelimpresor.blogspot.com/2009/02/discurso-de-steve-jobs.html

Entonces me emocioné al oírle, suele pasarme con facilidad. Se me humedecieron los ojos, me llegó muy dentro aquel momento y luego me dio vergüenza que los demás me vieran así. En casa lo vi más veces, me empapé de su fortaleza (lo intenté) y escribí una entrada en este blog, con el vídeo y el discurso.
Hoy, varios años después, he vuelto a verlo.
Y esta vez he llorado de otra manera, con dolor.
Pero también con más fortaleza que entonces.
No hay nada más que añadir salvo que Steve Jobs es y será un ejemplo de autosuperación y de entereza para todos nosotros.
Esté dónde esté: Stay hungry, stay foolish.


jueves, 29 de septiembre de 2011

J

No sé si te he contado alguna vez que respiro más deprisa si estás cerca y mis fragilidades se deshacen como el granizo sobre el alféizar de la ventana. Que no entiendo porqué existen los dos lados de la cama ni porqué los auriculares no tienen cuatro cascos. Tampoco sé si alguna vez te he dicho que tienes la mirada más bella que existe sobre la faz de la tierra y que tengo miedo de perderte, aunque no tenga motivos para temer nada.
No sé si alguna vez te he confesado que cierro los ojos para imaginarte cuando te marchas.
O que todos los olores me recuerdan a ti, simplemente porque siempre estás conmigo.
No sé si sabes que eres importante, demasiado importante, que no puedo vivir sin ti.
No sé si te he contado alguna vez...que llevas mi fe en tus manos.
En tus grandes y cómodas manos.

martes, 27 de septiembre de 2011

Dabeliú

En alguna de esas casas alguien celebra un gol. Su voz se oye desde la esquina y se pierde bajo las luces de cuatro farolas mal puestas. Esta noche no es ni fría ni calurosa. Es solo una noche más de septiembre y Dabeliú tiene sed.

Ha llorado tanto que ahora necesitaría beber todo el agua del Sena para poder paliar su necesidad fastuosa, su sofocante ahogo, su horrible angustia. También ha perdido tanta sal que su cabeza comienza a dar vueltas y sus ojos ven formas extrañas en lugar de transeúntes deseosos de llegar al hogar.

Dabeliú ha llorado tanto que se le ha olvidado porqué lo hacía.
Y ahora vaga por los adoquines contando las líneas que salen de las punteras de sus botas rojas.
De vez en cuando da punta piés contra el aire, como si intentase dar un toque de normalidad a la escena surrealista que la acompaña.
Entonces ve a lo lejos una luz sobre las montañas y, frente a ella, un camino de tierra en mitad de la ciudad.
Cuando Dabeliú despertó, en su cama de esquinas doradas y almohadas de satén, dejó de tener miedo.



jueves, 15 de septiembre de 2011

Han pasado tres años desde que esto comenzó. Ahora empezamos el cuarto. Recuerdo que el primer viaje fue nuevo y sorprendente, que pasé miedo al principio y me fui enfrentando a los pequeños retos del día a día. He conocido personas, he creado fuertes lazos. Mientras escribo, en mi ordenador se puede oír una canción de Mohammed Salem, un cantante que jamás habría conocido de no haber sido por estar aquí. Pensaba que la medicina era una ciencia maravillosa por su capacidad para resolver las dudas que me componen, por su entrega a los demás, por ser una profesión diferente. Lo que desconocía era que iba a llenarme tanto de la esencia humana.
He madurado, lo siento de verdad. Me miro a mí misma y no encuentro los temblores del pasado. Piso con fuerza y no tiemblo, aunque sigo derrumbándome cuando alguien me da en el tendón de Aquiles.
Veo el mundo desde los ojos de alguien que comprende algo más de la vida o por lo menos cree hacerlo.
He tocado la muerte ajena con los dedos y la moral humana con las palmas de las manos y todavía descubro que me quedan muchas baldosas del camino amarillo.
Ya no lloro ante la mentira, pero si sufro cuando se acerca. Hay cosas que no podré cambiar, no puedo llegar a sentirme indestructible, pero tampoco quiero serlo.
Me gustaría mostrar la seguridad en mis ojos y la comprensión en mis gestos. Me encantaría poder ayudar con la voz.
Que en mi presencia no hubiese silencios incómodos para nadie y que mis futuros pacientes vean en mí mucho más que una bata adornada con el fonendo que primero fue de mi padre.
Siento que hoy debo agradecer mucho. A todos. A mi familia y amigos, a Jesús y a mis compañeros, porque sin ellos no habría aprendido nada. También doy gracias a todos los que me pusieron contra la pared alguna vez, u hoy en día todavía siguen buscándome las cosquillas de alguna manera, porque me empujaron a crecer.

Avanzamos y disfruto viéndolo, aunque a veces desearía que los días tuvieran más horas para poder atraparlo todo. Pido perdón si alguien ha sentido que durante el viaje le fallé o no le presté suficiente atención.

No existe la buena suerte, sí las decisiones correctas. Queda mucho camino y espero que sea siempre con vosotros.

Y, por si creíais que os había olvidado, no puedo irme sin lanzar un abrazo al cielo para el impresor, su mujer y su hija mayor. Vosotros me disteis las alas que aún hoy no me han cortado.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Cambio

Todo cambia, lo he dicho muchas veces y es cierto, siempre es cierto. Me gustan los cambios porque son los encargados de señalar las épocas de mi vida de una forma diferente a la de los meses y años. Una vez tuve 15, pero recuerdo mejor el móvil que me regalaron en Navidad y la primera vez que le vi a él y a sus ojos verdes transparentes. Otra vez tuve 8 y me quedo con mis bailes por el salón con una gorra en la cabeza y los discos de vinilo de papá. También tuve 12 y el miedo a dejar de ser una niña. Y tuve 18 y llegó el terror a confirmar que sí, que definitivamente ya no era una niña.
Los cambios me recuerdan que estoy viva, que he superado los peores momentos y los mejores. Que empiezan otros.
Y que sólo tengo una oportunidad para vivir esto, equivocándome, acertando, aprendiendo y enseñando.
Y saberlo hace que cada día tenga ganas de seguir, sólo porque no sé que cambio me espera.


domingo, 28 de agosto de 2011

Brincar

A Maloa no le gustan las personas interesadas. Dice que su "yo" es demasiado pesado y les cuesta actuar sin dejar de pensar en ellos primero. Lo cargan en su espalda, es una losa de piedra.
Los no interesados tienen un "yo" más pequeño que cabe en cualquier parte, puedes sostenerlo en la mano. El tamaño perfecto, como los libros de bolsillo.
Las personas interesadas escriben tu dirección en un papel y luego se lo comen; después pasan meses y meses sin necesidad de verte, como mucho se asomarán a tu ventana para cotillear cómo te va y si requieren de algo que tú les puedes ofrecer es sencillo: vomitan el papel.
A Maloa le disgusta mucho el olor a vómito.
Por todo eso es mejor no ser interesado, pero no siempre elegimos lo mejor sino lo que es más cómodo.
Por eso Maloa sólo tiene dos pertenencias: su alma y su vida. Ysólo las comparte cuando un "yo" pequeño brinca en una mano que saluda.

lunes, 8 de agosto de 2011

Microrrelatos

Hoy una futura gran periodista me ha preguntado si quiero escribir microrrelatos para/con ella y yo he dicho rápidamente que sí, pero matizando que mi voz eternamente afónica no se atreverá a leerlos en su programa de radio matinal. Ella habrá sonreído, digo habrá porque sólo podía imaginarla al otro lado del teléfono, y después ha dicho: no hay problema, yo los leeré.
Entonces me han temblado las manos al colgar, he tosido el miedo de la garganta, acompañando al resfriado agostino de cada año y he pensado que no sé si lo haré bien o mal.
Ha sido en ese momento cuando ha venido a mi mente, como si lo estuviera viviendo de nuevo, aquel viaje de vuelta a Madrid.
Tú conducías y yo miraba por la ventanilla. Ambos recordábamos lo fantásticos que habían sido esos días en el mar.
Sólo habían pasado horas desde que me levanté de la silla y entregué el último examen del curso, por eso todavía los nervios y la presión de tantos meses no me habían abandonado.
Volvíamos después de llenarnos por dentro y por fuera. Después de tu mano en mi frente y tus pies marcando el camino, dejando las huellas en la arena dónde yo pisaría.
Después de tu risa y tu palabra. Y tantos ratos de ser aún más transparentes entre nosotros.
Volvíamos y yo sintonicé la radio en busca de algún programa, de alguna canción.
Entonces Javier Gallego habló, desde el programa Carne Cruda de radio 3 y tras escucharle me acariciaste la pierna, sin despegar los ojos de la carretera y sin hablar me dijiste, de nuevo "te quiero".
He recordado lo que nos contó, he recordado cómo olía el coche y cuánto me ardían las piernas quemadas por el sol. He vuelto a recordar cómo me dijiste en aquél viaje que yo era capaz de todo, que no dejase que nada pudiese conmigo ni con mis sueños.
Por eso hoy, pensando en los microrrelatos, en mi catarro y mis miedos, he vuelto a encontrarte a ti.
Te quiero Jesús.




La lectura a cuatro manos (Javier Gallego)

http://blog.rtve.es/carnecruda/2011/06/la-lectura-a-cuatro-manos.html

...Como cualquier placer, no descubres lo que te gusta leer hasta que lo compartes, hasta que le lees a otro o dejas que te lea. Ahí descubres además que esa forma de lectura tiene enormes ventajas sobre todo si se practica con la persona cuya presencia te es indispensable. Descubres que puedes tocar al mismo tiempo el papel y la piel de otro, pasar páginas y tu mano por la suya, escuchar y que te escuchen y algunas proezas que desafían la lógica como leer sin abrir los ojos, sostener un libro sin tocarlo, pasar las páginas con la mente o terminarte un libro sin haberlo empezado tú. Como veis es mucho más sorprendente y animado leer un libro a cuatro manos que hacerlo sólo con las dos tuyas. Y une con tanta fuerza como las páginas están unidas entre sí al lomo del libro. Cuando alguien comparte generosamente contigo un rincón tan privado y hace el esfuerzo de leerte y de escucharte a partes iguales, ambos lectores y oyentes quedáis en deuda consentida y deseada el uno con el otro. Por eso no entiendo por qué no lo hacemos más....


miércoles, 27 de julio de 2011

Utoya

Utoya y Utopía tienen el mismo comienzo, pero diferente final.
Dos islas.
Una real, la otra fantástica, pero ambas continentes de personas que buscaban alzancar una compresión del mundo desde sus valores e ideales políticos.
Utopía nunca fue destruida pues sólo existe en mentes ya ausentes y en algunas que hoy la dibujan cambiada; Utoya sí ha sido destruida, pues su imagen jamás será la misma.
Sus árboles, su hierba, sus aguas. Nada borrará lo que allí ocurrió. De la misma manera que el Drina nunca volvió a ser el mismo, ni los ojos del Coliseo, ni los ladrillos de Scheunenviertel, ni la carretera que unió Madrid - Valencia en 1937.
Hay lugares que permanecerán para siempre marcados y es imposible cambiarlo.

lunes, 18 de julio de 2011

En bikini

En bikini todas las mujeres son más bonitas. Son tal y cómo se ven cuando nadie las mira y creen que no nos damos cuenta. Eso las hace aún más bellas.
En bikini las mujeres se sueltan el pelo y se lo mojan, sin pensar en cómo quedará después.
Por eso bucean y nadan y luego salen empapadas del agua. Da igual todo, sólo son tal y cómo deben ser sin pinturas ni vestimentas.
Y no existen maquillajes a prueba de arena. No hay mejor pintalabios que la sal brillando.
En bikini las mujeres son cómo son cuando se miran al espejo desnudas y se quieren a sí mismas.
Por eso creo que todas estamos obligadas a vestir bikini al menos una vez al año, de la misma manera que otros deben peregrinar a La Meca.
Y adorarnos cómo somos, con cada pedazo de piel, músculo y hueso que es totalmente y maravillosamente imperfecto.
En verano las mujeres deberían sentarse a la sombra y disfrutar de un racimo de uvas. Y no pensar en nada salvo en lo largas que son sus pestañas y sus piernas. Aunque no lo sean.
Eso es lo de menos.
En bikini una mujer siempre debe sentir que es libre, tan libre que no desea otra cosa más que ser feliz.


domingo, 17 de julio de 2011

En su tripa

No todos los padres son iguales. Ella lo supo desde que nació. Cuando él la sostuvo en brazos sintió el miedo a la responsabilidad emanando por los poros e introduciéndose en los suyos.
Así creció. Sabiendo que el hombre que la había traído al mundo no estaba seguro de quererla como, en general, se debe amar a un hijo.
La observaba juguetear en la cuna, preguntándose cómo algo tan diminuto podía crecer tanto.
A veces la tocaba la cabeza despacio, con precaución, no quería que la madre de la criatura le repitiera a gritos que era muy frágil.
Su hija era frágil por ser pequeña, por no saber relacionarse con el mundo, por no poder defenderse. Igual que él.
Pero ella podía llorar y al momento unos brazos cálidos la reconfortarían. Él no sabía llorar.
Nunca había hecho nada bien y este nuevo reto se planteaba como algo imposible.
Entonces ella lloró una vez más y en ese momento mamá no podía acudir.
Instintivamente quiso huir, como siempre había hecho ante los problemas. Como hizo cuando supo que ella estaba embarazada o cuando a principios de mes no volvía a casa durante días.
Huir era la opción más fácil.
En ese momento miró hacia la puerta, se vio a sí mismo saliendo por ella, casi estaba levantándose al mismo tiempo, pero algo cambió.
Algo dentro le obligó a mirarla, como si no pudiera hacer otra cosa.
La observó de manera diferente, sin curiosidad, como si su cuerpo necesitase ir a su lado para calmarla.
Ella le miraba desconsolada, llorando como si todos los males del mundo se hubiesen acomodado en su diminuto corazoncito.
Intentó acariciarla, hacerla reír, pero nada conseguía.
Entonces se dejó llevar.
Cuando mamá entró en la habitación se quedó parada en la puerta, con las manos todavía mojadas de fregar los platos. La imagen que tenía ante ella le llenó los ojos, tanto que dos lágrimas rodaron al unísono por sus mejillas.
Y, mientras tanto, la pequeña ajena al mundo real, dormitaba feliz sobre la tripa de papá, mientras éste, a duras penas, intentaba moverse lo más mínimo, encajonado entre los barrotes, para no romper la cuna que los sostenía a ambos.

martes, 12 de julio de 2011

Ojos de niña

A menudo pensamos que la muerte son dos brazos que sólo atrapan cuando no puedes huir corriendo.
Por eso si sentimos la fuerza en las piernas, no tememos nada. Y corremos veloces, ajenos al paisaje que dejamos atrás, seguros de ser invencibles. De saber que la vida es nuestra.
Así los jóvenes, a menudo, no tememos a nada ni a nadie.
Es ahí fuera, en otros lugares, dónde sí ocurren los accidentes, los problemas, el dolor y la vida se escapa. Pero no aquí, no entre estas cuatro paredes.
Por eso cuando la muerte se adelanta y nos frena en plena salida nos caemos de bruces. Y tenemos miedo.
Nos quedamos petrificados mirando hacia la nada, repitiendo una y otra vez "no puedo creerlo".
Y pensamos que alguien joven jamás debe morir.
No puede morir, pensamos.
Y volvernos a caer en el error de la falsa seguridad.
Proteger la vida es algo sencillo cuando nos enfrentamos a los obstáculos diarios;siempre habrá algunos inevitables, pero en su mayoría no lo son y, por desgracia, son los que más ocurren.
Accidentes de tráfico, abuso de drogas, abusos sexuales, acoso escolar.
No es fácil vivir, claro que no lo es.
Pero ahí está la semilla.
Mire a los ojos a un niño pequeño e imagínelo dentro de diez años. La sensación es confusa, pues sabes que su mente hoy es un bloque de plastilina que se moldea con cada vivencia.
Si le hablas, estarás participando en ello.
No importa si son dos palabras, si les curas una herida en la rodilla o les echas una reprimenda por arrancar las hojas del árbol. Y ahí está la esperanza. Siempre.
La vida tiene un principio y un final. El dolor es inevitable. Nada está escrito y todo tiene un porqué.
No te marees, no temas.
Todo tiene sentido, disfruta del viaje.
Y si en algún momento pierdes el rumbo o la fe, cierra los ojos y ábrelos en el mismo instante en el que tenías cuatro años.
Porque cuando todo parece perdido, la mejor respuesta está en preguntárselo todo de nuevo. Ahí reside la ilusión.

domingo, 19 de junio de 2011

Terminar

- Sólo quiero terminar - dice la pequeña Sunniesoop.
- ¿Terminar de qué?
- Terminar de estudiar y descansar - responde ella.
Bueno diminuta persona con ojos de coca cola, eso no es terminar, es hacer un paréntesis. No resoples, llevo razón. Llevas mucho tiempo sentada en esa silla, moviéndo tus piernecitas blancas mientras bufas cuando la tinta cae en tu brazo. Llevas mucho tiempo con el cuello dolorido, tanto que a veces te miro y me asusto, porque en lugar de verte a ti veo a un contorsionista.
Eso, ríe, cuando ríes estás viva.
Mereces descansar, pero también recuerda que tienes mucha suerte por poder hacer lo que te gusta.
¿O quieres llevar sacos de cemento a tu espalda a las 4 de la mañana para que luego olviden pagarte por ello? Da gracias por lo que tienes.
Sí, bueno, de cemento o de cualquier otra cosa.
Ahora esfuérzate, no queda nada. Luego podrás pasear descalza por la arena y quedarte hasta las tantas en la calle. ¿Sabes? A veces lo único que necesitas es perder un poco el tiempo, como si te pasaras doce horas mirándote los pies. ¿A que sí? Tienes ganas de poder hacer eso. Lo harás.
Ahora concéntrate, memoriza, comprende y asimila. El premio vendrá después.
Yo también tengo ganas de que "termines". Sí, sí.
Más que nada porque tengo miedo de que algún vecino fisgón me denuncie: creen que te he cambiado en el mercado negro por un bebé oso panda.
Eso, ríe. Porque aunque lo parezcas sigues siendo la cosa más bella del mundo.

lunes, 13 de junio de 2011

Nuites

Sigue teniendo miedos, las mismas pesadillas de antes que lo asaltan en mitad de la noche mientras medio planeta duerme. Antes se despertaba aterrado, sobrecogido y daba vueltas por la cama hasta que la realidad le devolvía la paz.
Ahora es parecido, sigue ocurriendo, pero entonces se da la vuelta y la encuentra a ella, durmiendo tranquila como si estuviera en el paraíso. Entonces los temores se desvanecen.

viernes, 3 de junio de 2011

Un, dos, tres

Llegué a casa y me cambié los zapatos de tacón por unas zapatillas de ballet. Y dancé, dancé, dancé cual espiga del campo mecida por la brisa, hasta ti.
Con los brazos en alto, la barbilla elevada, las caderas grandes y el pelo revuelto.
Entonces te inclinaste para recibirme, con los pies cruzados, con la espalda doblada, con el brillo en tus iris inexistentes.
Y bailamos. Un, dos, tres, un, dos, tres. No sé qué día es hoy.
Un, dos, tres, un, dos, tres. No sé qué hora es.
One, two, three, one, two, three. "Inglis pitinglis"
Te detuviste despacio, sosteniéndome en tus brazos. No había casa, no había música, éramos nosotros.
La luz del sol cayendo sobre el río y tú y yo bailando por debajo.
No creo que exista lugar mejor en el mundo que éste - me dices.
Sólo miles - respondo.
Pero no estás tú en ellos.
Un, dos, tres, un, dos, tres. Te pertenezco.

domingo, 29 de mayo de 2011

J*

No importa lo lejos que esté el mar del norte mientras pueda imaginarlo.
No sé cuándo, ni cómo, pero sí sé que iré allí. Y me quedaré para siempre.
No huyo de nada, ni de nadie, sólo sigo mi camino y siento que es allí hacia dónde debo dirigirme.
Contigo.
El mundo no es perfecto, es más, nos vemos obligados a vivir situaciones que desearíamos evitar, pero nada es lo suficientemente difícil como para impedir que continúes.
He visto en tus ojos el lugar al que pertenezco.
Y así es como quiero vivir.

martes, 24 de mayo de 2011

Siglo dieciseis

Con la última gota de tinta selló sus palabras. Después dobló cuidadosamente otra hoja para hacer con ella un sobre, mientras la carta se secaba. Ningún sonido le acompañaba aquella noche.
Antes, mucho antes, ella se habría deslizado descalza a través de la otra puerta y le habría observado silenciosa desde la penumbra. Entonces algo, un ruido seco del suelo de madera o el sutil tintineo de sus pendientes, la habrían delatado.
Y ninguno de los dos habría evitado otra madrugada de desvelo.
Ahora él terminaba siempre sus tareas antes de lo previsto y podía dar un largo paseo por la finca acompañado de nadie.
Así podía deleitarse viendo como el cielo impenetrable se alzaba negro y profundo, ni una nube, ninguna estrella. Parecía como si ella se las hubiera llevado todas en su pelo.
El lago ya no tenía vida, los árboles no daban frutos.
Los peces y las abejas habían huido con sus lazos y vestidos.
La casa ya no se encendía con pequeños farolillos al caer la tarde, la oscuridad se extendía por todas partes. Incluso las luciérnagas se habían marchado.
El coche de caballos sólo hacía un viaje al día, para llevarle a la ciudad a tasar artículos nuevos. Antes iba y venía sin cesar, porque se necesitaban muchas vueltas para traer todo lo que ella compraba.
Incluso en la ciudad los rostros no le miraban, ya no la llevaba del brazo.

Una mañana la vio en la plaza. Su fragancia inimitable atrapaba las narices de niños y mayores, envolviendo el ambiente. Su cabello castaño le caía por los hombros semidesnudos y un vestido blanco de encaje dibujaba su torso y le cubría los pies. Sus ojos azules brillaban con los primeros rayos de sol salpicándole la piel.
Ella también le vio y no pudo contener las lágrimas.
En vano él intentó girarse y huir, para evitar hablarla, pero ya le había alcanzado y con su mano izquierda le rozaba la cara.
Melodiosamente intentó pronunciar algo, algunas palabras, pero él la interrumpió:
- No, no digas nada
Entonces la joven bajó la vista, aún llorando y desconsolada se marchó.

Él volvió a montarse en su coche de caballos. Volvió a casa. Volvió al silencio, a las habitaciones vacías. Desde su ventana miró al horizonte, sereno. Instintivamente se llevó la mano a la mejilla que horas antes ella había acariciado. Luego encendió un puro, dio una profunda calada y exhaló tres bocanadas de humo.
Entonces se sentó en la mesa y escribió una carta. Una misiva que no tendría destinatario, pero sí estaba dirigida a alguien. A ella. Le decía cuánto la amaba y cuánto la echaba de menos, pero también le recordaba porque jamás podría perdonarla.
Todavía la veía enfrente de él, intentando hablarle, incluso podía sentirla allí mismo, como si todavía estuviera delante de él esperando algo.

- Lo más triste no fue perderte, sino darme cuenta de que no te echaba de menos - y acto seguido apagó la vela.

lunes, 23 de mayo de 2011

Grandes, ustedes.

El mapa español se cubre de azul. Azul político. Azul como distintivo de un partido. El rojo es de los otros, los que han perdido. Ya no somos rojos ni azules, eso fue antes. Ahora somos lo mismo todos, pero con leves matices. Si antes las pieles eran azules o rojas, hoy se pintan levemente las mejillas.
Nada más.
Ojalá pudiera escribir algo interesante.
Pero no me sale.
Igual que cuando cogí mi sobre y fui a votar. Ojalá - pensé - ojalá no pierda nunca la emoción de hacer esto, pero bien es cierto que mucha gente no vota porque se siente fuera del sistema.
Es imposible estar fuera del sistema, nos guste o no.
Por eso voté con la misma ilusión por ejercer mi derecho, pero con total decepción por los nombres contenidos dentro de las urnas. Todos.
Las voces continúan en Sol. Muchas de ellas piden lo que yo pido. Muchas de ellas sueñan con lo que yo sueño.
Pero también allí hay personas que no saben nada y sólo se quejan. Personas que no saben lo que es esforzarse, loque es trabajar, pero se quejan. Eso también me da pena.
No me gusta que se usen los movimientos como éste para soltar nuestra mierda. No.
Las voces de sol piden algo, más o menos claro, están en ello. Piden que "los que trabajan para nosotros" nos escuchen. Al margen de a quién votes, quién seas, o lo que hagas.
Que nos escuchen.
Si yo fuera Aguirre o Gómez o Lara o Díez o Mas, me da igual, me sentaría en la plaza con los jóvenes. Sin miedo.
Porque lo único que queremos es hablar. Es esa política que todos merecemos.
Pero nadie lo hace.
Hoy me siento indignada, por la forma en la que se mueve el mundo, por los políticos, por el dinero, por la falta de moral, porque me cuesta seguir creyendo en las personas...
Hoy me siento decepcionada, porque mis ideas se ven ahogadas bajo la marea azul.
Pero me siento fuerte, porque veo que el mundo cambia, me guste o no, las cosas cambian...
Quizás ahora sienta que he perdido, pero así funciona la democracia.

Cambian los gobiernos, cambian...y eso,el cambio, siempre tiene algo bueno o eso dicen.


Grandes, ustedes. No, no. Ustedes los políticos de hoy no.
Ellos. Ustedes. Los grandes. Los que ya no están.
Desde dónde estén. Cuídennos.

martes, 17 de mayo de 2011

Y lo encontré ahí

Hoy abrí un libro sobre la interpretación de electrocardiogramas y encontré un párrafo en su prólogo que me ha llamado la atencióny me gustaría poner aquí:

Es una obra sobre el aprendizaje.
Sobre mantener sencillas las cosas que son sencillas, y hacer que las cosas complicadas sean claras, concisas y, sí, también sencillas. Sobre ir de aquí a allí sin asustarle hasta morir, sin aburrirle hasta llorar ni llegar a intimidarle. Sobre convertir la ignorancia en conocimiento, el conocimiento en erudición, y todo con un poco de diversión y entretenimiento.


Nunca pensé que leyendo la primera página acabaría creyendo que puede que algún día sepa interpretar electros.

Una vez pensé que jamás lograría recordar los días de la semana hacia atrás, empezando por el domingo y siguiendo con el sábado. Entonces tenía unos 4 o 5 años y me sentaba en la moqueta de la clase, muerta de miedo por si la profesora me lo preguntaba.
Pero lo conseguí.
Hoy creo que no llegaré a ser ni la mitad de lo máximo con lo que sueño.
Pero quién sabe...
Domingo, sábado, viernes, jueves, miércoles, martes y.... lunes.

lunes, 9 de mayo de 2011

se acerca...

Se acerca el final....después de meses de encierro....después de días enteros entre hojas y tinta...
después de mucho llanto y mucho insomnio...se acerca el final....el final de un tiempo difícil...
se acerca y da miedo...se acerca y huele y sabe y se oye...se acerca...
el último tramo, podemos.

sábado, 7 de mayo de 2011

"Gotascaen"

Llueve.
El descansillo de mi casa huele a crema.
El portal a tierra mojada.
La calle huele al norte.
He perdido el norte después de tantos viajes y lo he encontrado en la lluvia
y en tus ojos.

jueves, 5 de mayo de 2011

Para hacerte feliz

Nací para verte reír.
Por eso ya he cumplido la mitad de mis sueños y me queda el resto de vida para llenarla de ti.
Recordando a qué sabes, a qué hueles y cómo llegaste.
Yendo dónde vayas, moviéndonos, volviendo y marchando, llegando y parando.
Nací para oírte reír.
Y así me duermo y despierto.
Así como, pienso, camino y espero.
Imaginando la última vez que me abrazaste por sorpresa, el último beso en mi frente,
la última palabra al oído.
Lo último...que sucedió hace escasos segundos.
Segundos que no existen si tú no estás conmigo.

Te agradezco todo.
Porque aguantas mis pesares en tu espalda
ahuecas los tuyos y colocas los míos,
para que yo no los sienta,
para que a mí no me pesen.
Porque sabes cuándo miento
incluso antes de que lo diga,
incluso cuando no lo he pensado.

Porque existes.
Existes y me das la calma que el mundo me sustrae lentamente.
Existes y todo es sencillo.
Por eso, por todo eso,
nací para hacerte feliz.

jueves, 21 de abril de 2011

Microcosmos

Espundia y Escrófula eran dos hermanas muy feas.
Espundia parecía la víctima de un cirujano plástico psicópata. Sus labios eran gigantes y sus ojos pequeños. Su nariz ocupaba 3/4 de su cara y el color de su piel era rosáceo, violeta creciente.
Escrófula no era tan llamativa de primeras, pero tenía el cuerpo cubierto de bultos enormes, a los que ella cariñosamente llamaba "pequeños míos", pero no eran ni mucho menos de poco tamaño, algunos parecían naranjas y otros sandías.
Espundia se casó con Lyme y Escrófula con Weil. Se decía que el primero tenía cara de pocos amigos y que el segundo bebía refrescos en lata.
Espundia y Lyme tuvieron 3 hijos a los que no pusieron nombres y una perrita a la que llamaron Borrelia. Los tres hijos nacieron vestidos con ropa de granja.
Escrófula y Weil tuvieron dos hijos, a los que nombraron Phlebotomus y Lutzomyia. El niño era peludo y tímido. La niña era risueña y rechoncha.
Los 5 primos tuvieron sarampión, parotiditis y rubeola al mismo tiempo.
Los padres se alegraron de no tener que pagar la vacuna.
Cuando se enteraron de que esa era gratis se tiraron de los pelos. Aún así usaron las que habían comprado: contra la rabia del huevo frito y la malaria de los bastoncillos del oído.
Cuando los niños crecieron estudiaron todos medicina.
Phlebotomus murió por sobredosis de morfina.
Lutzomyia se casó con un puericultor y tuvieron 6 armadillos.
Los otros tres sin nombre se dedicaron a la traumatología, reumatología y rehabilitación, respectivamente.
Ninguno supo jamás dónde está el ligamento de Tello.
Finalmente Espundia y Escrófula se enteraron de que no eran hermanas sino tías. La una de la otra y la otra de la una.
Y se compraron una casa en un faro, para luchar contra los piratas.




(Pido disculpas por tanta tontería, el examen de microbiología está muy cerca...)

miércoles, 20 de abril de 2011

Sir Lancelot

Mírame...¿acaso tengo pinta de asesino?
Si te paras a pensarlo la mayoría o tienen cara de animal, con alguna que otra cicatriz y espuma saliendo por su boca o parece que no ha roto un plato en su maldita vida. Siempre dan más miedo los segundos, porque suelen ser más inteligentes y, por ello, más peligrosos. Yo no pertenezco ni a unos ni a otros. Yo elegí matar.
Los hay enfermos mentales, los hay narcisistas, los hay que fueron víctimas primero, los hay introvertidos, trastornados y directamente anormales. Luego están los que lo han "mamao" desde niños y lo ven como algo normal, pero eso es menos común aquí, en "Desarrollolandia".

Yo no estoy mal, no disfruto matando, no lo hago con algún interés, tampoco es costumbre. Simplemente ocurre, como algo más. En vez de fumarme un cigarro, pues eso. En vez de ver una película en un cine, lo otro.
Si te soy sincero, eran personas que no soportaba. Realmente soporto pocas cosas, es un defecto.
De pequeño me inculcaron que la humanidad es defectuosa, yo mismo, mi madre, la sociedad, tú...
Y lo asumí, de primeras, porque para eso sirve la educación, para resignarnos y creer que las cosas deben ser así.
Luego fui descubriendo que me costaba tolerar algunos comportamientos. La fea costumbre de aquel compañero mío de primaria, que con sólo 12 años se apretaba las encías con el dedo índice para desangrarlas. Decía que le aliviaba mucho. Mi alivio fue pedirle a su madre que un dentista le tratara la gingivitis.
Odié el pelo graso de mi vecina, me revolvía la voz de pito de la dueña del estanco. Pero lo superaba, lo entendía, lo aceptaba.
Lo que fue superior a mí llegó más tarde. Con el instituto, la universidad...Conocer gente nueva te hace darte cuenta de la cantidad de tiempo que perdiste antes, con otros. Bueno, errores típicos que todos cometemos.
¿Mi problema? No asumí mi error. No pude pasar página. Eran tantos los que, de una forma y otra, me incomodaban...
¿Te importa que fume? Estoy un poco tenso al recordar...gracias.
Como te decía, no lo soporté. Así que hablé con mi padre y le conté todo lo que me estaba pasando.
Él, desde su labor de progenitor, me animó a escribir en un folio los nombres de todas las personas que me provocaban malestar y luego a quemarla, como símbolo de que estaba emprendiendo una nueva vida, una nueva mentalidad.
Lo hice. ¡Qué satisfacción!
No te imaginas cómo fue.
El único pequeño detalle es no cumplí el consejo tal y como él lo habría planeado.
Cambié algunos puntos.
Sí hice la lista, tardé semanas. Empecé con las personas que recordaba de mi infancia y continué desde ahí.
Sí, papá decía "¡vas a quedarte sin tinta!"
Bueno, tinta hubo de sobra.
Recuerdo bien el olor a quemado, el olor a azufre, a barbacoa.
¿Acabas de temblar? No hace demasiado frío en la sala...tranquila, no te asustes. Quemé hojas y hojas de folios. Fue una cantidad ingente de papel. La hoguera más grande que había visto en mi vida.
El fuego me fascinó. Me pareció limpio. Las llamas limpiaban el malestar.
Pero no, yo no era pirómano, no era un desequilibrado, ni un bombero frustrado.
Por eso no elegí matar así.

Ni el fuego , ni la sangre, ni los gritos.
Demasiado de película o de novela.
Cuando te das cuenta de que tu forma de ver el mundo es diferente al resto, continúas.
Matar no me produce satisfacción.
Pero sí ver como los demás se destruyen.
Admiro el mundo lleno de mierda, de guerras, de violencia sexual, de destrucción, rabia incontenida, de cárceles llenas de inocentes y culpables en los Ayuntamientos.
No es resignación, esto.
No soy ni el primero ni el último que se ha dado cuenta.
Vivimos pendientes de ser sociedad, de cumplir normas, de avanzar...
Llámame loco por odiaros a todos.


lunes, 18 de abril de 2011

Abril 2011

Yo no quiero agradecerte la vida así.
Yo no quiero caminar descalza e implorar tu perdón.
Yo no quiero pedirte la luna, para luego pagártela a plazos, yo no quiero que cada palabra sea una oración.
Yo no quiero acudir a tu casa, si en la mía tú puedes entrar
si me basta un pedazo de tierra para convertir una pradera en tu altar.
Que mi fe no tiene paredes,
no tiene himnos, ni caras, no tiene voz.
Que mi fe es mía.
Y tú no eres un Señor.
Por eso no quiero Semanas Santas, ni meses de juerga.

Lo que quiero es rezarte en el aire, lo que quiero es alabarte en tus obras, lo que añoro es buscarte en las nubes, lo que quiero es buscarte en mis sombras.

Podré respetar, como respeto casi todo.
Pero no soporto a las señoras que ahora hacen penitencia, cuando el resto del año son las peores arpías. No aguanto la hipocresía, pues Moisés estaba en contra de la iconografía. Y en el deje de éstas palabras, se repite el canto con el que muchos nos deleitan estos días "iá...iá...iáaa...".

La Semana Santa no me gusta. Me agobian los pasos, me entristecen las figuras, me revuelven las caras.
No comas carne, no te diviertas, "no te toques"... ¿Alguien puede entender algo?
¿Cuándo dijo Dios que tuviésemos que hacer todo esto?
¿Por qué seguimos demostrando nuestra fe de este modo en lugar de cumplir las palabras de Jesús?
No hace falta caminar descalzo, ni pasar hambre.
Basta con hacer el bien, desde un "Buenos días" hasta llenarte de mierda hasta el cuello por ayudar a otros.
No, es que no me gusta nada la Semana Santa. No me emociona, no me aporta nada.

Yo creo en Dios, creo en mi Padre, creo que mi abuelo juega con él al ajedrez (y le gana, porque mi abuelo era muy bueno). Y hablo con él de vez en cuando, y le pido perdón y le doy las gracias, y no necesito confesarme ni seguir ninguna otra doctrina.
Creo en la libertad religiosa, creo que mis hijos tendrán derecho a creer en quienes ellos decidan, véase Dios, en el que yo creo, véase los Power Rangers, véase el Pastafarismo http://es.wikipedia.org/wiki/Pastafarismo.
No sé, hay cosas que me dan dolor de cabeza. Pero bueno, deben respetarse, a fin de cuentas no hacen daño a nadie. (o a casi nadie).

viernes, 15 de abril de 2011

D*

Cierra los ojos un momento. Olvidémonos del mundo. Del resto del mundo.
Tu nombre lleva la D de Dreams. Como la canción de The Cranberries.
Porque es tu canción.
La escucho y me traslada al instante en el que te sostuve por primera vez en mis brazos.
La República cumplía 80 años y tú cumplías horas.
Y bostezabas acurrucándote. Ajena a todo lo que te rodeaba, bueno y malo.
No te contaré nada malo, que nada te preocupe ni te asuste.
No importa las preocupaciones, no importa ahora. No te importa a ti.
Y es por eso que pensar en ti me recuerda a esa canción de The Cranberries, porque lleva tu inicial, porque sabes a abril y a fresas con nata.
Detrás de los ojos como la arena del mar, detrás de los ojos de chocolate negro, detrás de los ojos como rayos de sol y ríos naciendo de montañas. Detrás de todos ellos estás tú, y aunque todavía no me has enseñado tu mirada, serás siempre mi pequeño bol de fresas con nata.
Porque a eso me sabes.

lunes, 11 de abril de 2011

YLC

Ella tiene los ojos como la arena del mar. Por eso cuando me mira siento que floto en ellos.
Ella y sus ojos de arena de mar, preludio de otros ojos, los de la mediana, que son puro chocolate.
Chocolate negro, huelen a chocolate y saben a chocolate. Me mira y me llena la panza de dulzura.
Y luego aparece él, que ya no es arena ni cacao, sino una mezcla de los dos con mucho rayo de sol y muchos ríos naciendo de montañas. Eso veo cuando me mira.
Él y sus rizos rubios, él y sus pasitos acelerados por el pasillo corriendo. Él en mis brazos, encajado en mis brazos como si fuéramos dos piezas de puzzle perfectas. Y ahí se queda y se vendría conmigo a cualquier parte.
Pero no puedo llevármelo porque la mediana llora sólo de pensarlo. Hace pucheros y ni siquiera se calma si le pido que me diga los colores en inglés. Niega con la cabeza, preocupada, esperando que baje al pequeño al suelo, para que no pueda alejarle de ella.
Mi pedazo de alma, no sabe que jamás haría nada que pudiera lastimarla.
Y los tres, con sus pares de ojos perfectos cada uno, con sus sonrisas cerradas calcadas de su tío, con esa magia entre sus dedos, me miran.
Me miran y pierdo la noción del tiempo,
me miran y olvido que estoy viva.
Y me iría con ellos. Dónde fuera, cómo fuera. Con ellos.
Para contarles de dónde nacen los versos y porqué el sol se esconde a veces.
Para explicarles que tienen sangre africana y por eso pueden convertirse en pantera, tigresa y leopardo.
Para protegerles de un mundo que nos lo merece.
Porque son perfectos.
La mayor, cuando me besa en la boca,
la mediana cuando me mira y sonríe
y él, que guarda mi alma en su chupete.

sábado, 9 de abril de 2011

Destape

Ayer, en la última clase de Microbiología, nuestra profesora quiso despedirse haciendo referencia a esta gran frase de El Principito:

"Lo esencial es invisible a los ojos" (Antoine de Saint - Exupéry)

Y la verdad es que necesitaba oír aquello.
A veces me siento demasiado filosófica en los viajes yendo y viniendo, en la cama antes de dormir o cuando miro el sol por la ventana. Me pregunto si estoy llevando bien mi vida, si tomo las decisiones correctas, si afronto con valor los problemas o soy demasiado frágil a veces. Supongo que hago lo que en mayor o menor medida hacemos todos.
Me dirijo hacia un futuro cuya última parada es la muerte. No busco ser catastrófica ni pesimista, sólo quiero ver la realidad. Y la muerte me da mucho menos miedo que otras cosas.
A veces pienso si estoy aprovechando la vida. Si duermo demasiado, si pierdo el tiempo en tonterías o si me preocupo en exceso por cosas que no deberían tener esa importancia.

Llevo mucho tiempo queriendo que mi mundo esté en un equilibrio perfecto dónde no tenga problemas ni me lleve disgustos. Pero es imposible.
Y ha sido ahora cuando me he dado cuenta.
Y darme cuenta ha sido como encontrar la llave.
Hasta hoy mismo he vivido preocupada por lo que los demás piensen de mí e, incluso, e actuado por lo que los demás piensen de mí y no por lo que he sentido. No sé que adjetivo merece todo eso, pero tampoco me arrepiento de haberme equivocado. Nadie me dijo quién debo ser y cómo se llega a serlo.
Me miro al espejo y me pregunto si tendré la misma cara con 40 años. Seguramente no.
Pero seguiré siendo yo misma, sólo que los brochazos sobre el tapiz habrán añadido matices, tramas, colores y más fallos.
Me decepciono cuando descubro que todavía tengo el mismo talón de Aquiles de hace años, pues llevo mucho tiempo intentando remediarlo, reforzarlo, impedir que alguien lo encuentre.
Por eso he comprendido que soy yo misma quién lo lesiona.
Mi problema no es lo que los demás hagan o digan sino cómo me afecta. Cómo asumo las críticas constructivas (o no), como acepto los errores y manejo las discusiones. Mi problema es que todavía me queda mucho por aprender.
El remedio es este. Decírmelo, contármelo.
Y ahora mismo se me escapa una sonrisa al pensar que sólo el hecho de escribir ya me cura.
Puede que quién lo lea piense que estoy mal, que estoy loca, que "vale, muy bien", que "no me importa"...
Pero ahí está...
¿Acaso debe influir algo en mí todo eso?
¿Cuánta importancia debo darle a lo que los demás opinen de mí?
¿Toda? ¿Nada?
¿Estoy dejando que el mundo decida por mí?
Entonces pienso en María, mi pequeña Marioska, cuando le pregunté:

- Oye Meri, ¿estás bien? es que leí en tu tablón la historia que habías escrito y tal...y no sé, cómo ponías cosas así y asá, pensé...
Ella soltó una carcajada y me miró con suspicacia.
- Laura, ¿todo lo escribes en tu blog es autobiográfico?
- No, para nada.
- ¿Cuando escribes cosas tristes es porque te sientes triste?
- La mayoría de las veces no, simplemente me apetece escribir eso.
- Entonces...¿por qué haya escrito yo todo eso tengo que estar mal?

Y sonreí. Qué necia había sido. Ella escribía todo tal cual le venía, sin pararse a cambiarlo o maquillarlo sólo por el hecho de LO que sus lectores pudiéramos pensar.
Y me recordó que yo tampoco lo hago. Escribo tal cual sale, sin pensar en que quién lo lea pueda creer que estoy feliz, estoy a punto de suicidarme o que tengo una obsesión por un tema concreto (hace años escribí muchas historias de homosexualidad y ahora pienso que cualquiera podría haber pensado que era una forma de auto-desahogo).
Mil interpretaciones. Mil reflexiones.
Eso es la propia vida.
Por eso cuando hoy me he sentado aquí a escribir no he pensado en nada.
Sólo necesitaba destapar mi mente y que saliera todo.
No sé lo que digo, no voy a releerlo.
Sólo sé que mientras escribo de mis dedos sale un humillo blanco refrescante y mi pecho se abre para respirar mejor.
Y eso sí me hace muy feliz.

domingo, 3 de abril de 2011

Color- grama

No importa... no importa qué ocurra ahí fuera. Y, por otro lado, importa todo. Porque el mundo es importante. El mundo entero, no dos o tres o cien. Entero. Es como explicarle a alguien la importancia de una vacuna, que no es sólo tu protección sino la de todos. Que si te lavas las manos en un hospital salvas vidas. No es por él, ni por ella. Es por todos.
No importa nada e importa todo. La cuestión es vivir en el punto intermedio de los extremos, para no ser nunca un monstruo insensible que niega su dependencia de la sociedad, ni tampoco un esclavo sometido a las voces de los desamparados.
No es mejor el inconformista, ni el que vive esperando.
Ni uno ni otro. No es más fuerte el que tortura en la guerra ni el que niega la violencia.
Nada ni nadie. Todo y todos.
No importa quién seas y cuánto sufras intentando comprender el mundo. Ni cuánto te equivoques o aciertes.
Lo importante no es lo que los sabios digan, porque los sabios no lo han vivido todo.
Lo importante es no olvidar que nada es todo y todo es nada y la vida son colores, más o menos vivos, pero son infinitos.


lunes, 28 de marzo de 2011

El último lunes de marzo

Hoy conocí a una mujer amarilla. Tan amarilla como el sol, como el centro de las margaritas, como si fuera un personaje de los Simpsons. Sus manos, sus ojos, sus labios, todo menos el pelo.
Su piel era amarilla como los pétalos de los girasoles, como el tractor amarillo, como un limón.
Podría haberla conocido en un carnaval, en un mundo paralelo, en una fiesta de pinturas...pero realmente estaba muy enferma y su aspecto sólo era la punta del iceberg de su malestar.
Sobre la cama blanca parecía una alucinación. Me costó acostumbrar la vista a su color.
Y aún más no reflejar en mi rostro los cien mil símiles que se me iban ocurriendo al observarla.
Fue un alivio verla sonreír, supongo que se había acostumbrado a verse así.
Al salir de la habitación el oncólogo nos miró, esperando nuestra reacción, pero no sabíamos qué decir sin parecer demasiado absurdas.
- A veces llegan a ponerse verdosos, cuando aumenta mucho más la ictericia...
Y ambas pusimos los ojos como platos.

Hoy he visto a una mujer amarilla que lucha por vivir, pero que no ganará.
Hoy he visto morir a un hombre al que conocí hace un mes.
He visto a la muerte levantar el puño airosa.
Pero también he visto ganar a la vida.
He visto el agradecimiento en unos ojos llorosos.
Y entereza en los rostros.
Y valor en las miradas.

Supongo que todavía es complicado acostumbrarse a estar tan cerca de la batalla que ambas libran a diario. Y más aún creer que en un futuro seré partícipe de sus disputas.
A veces lucharé por ayudar a una. A veces dejaré que la otra gane, pero de forma digna.
Y la vida y la muerte me mirarán de soslayo, preguntándose porque los seres humanos nos empeñamos en entrometernos en sus asuntos.

Algún día mis manos tocarán hombros y resolverán dudas.
Hoy por hoy, me da mucho miedo.
Pero sí me veo capaz de luchar.
Y si vuelvo a ver a una mujer amarilla, le contaré que en algún lugar vive otra igual que ella.
Tan amarilla como el submarino de los Beatles, como los pollitos, como la yema de los huevos fritos de corral...

miércoles, 23 de marzo de 2011

Hoy

Voy a reírme boca abajo, colgada de la rama más alta del árbol.
Quiero que la risa retumbe en la montaña y vuelva, como si millones de boomerangs diminutos recorriesen el aire.
Y que mi pelo cubra mi cara y los animales que pasen a mi lado crean que soy un paragüas dado la vuelta que quedó atrapado ahí.
Después me quitaré las botas y pasearé en calcetines por la hierba mojada y cuando éstos estén calados los arrojaré lo más lejos que pueda y luego diré que me los robaron unos mapaches gigantes.
Y surcaré el barro con los dedos y bailaré la canción de las nubes grises que no quieren marcharse.
Hasta que me canse. Y cuando lo haga me sentaré en alguna roca plana a comer una rebanada de pan con queso, pero no uno cualquiera, sino el mismo queso que Heidi y su abuelo comían en la cabaña de los Alpes suizos.
Y alomejor entonces me entrará sueño y silbaré fuerte, para que un oso gigante aparezca y me coloque en su espalda.
Y me lleve a casa, de vuelta. Y en el viaje me dormiré sobre su pelo blanco mientras los árboles me acarician la cabeza al pasar y susurran "Adiós pequeña Laura".

martes, 22 de marzo de 2011

Energía

Había echado de menos las hierbas silvestres moviéndose a través de la ventanilla, como si naciesen del aire y rozasen el cielo casi sin pisar la tierra.
Había olvidado el olor a sol, el olor del sol en las aceras cuando sales a la calle y no hace frío y todo el mundo se cree que se puede ir en manga corta.
Lo había olvidado casi por completo.
Tu cara cuando estás descansado y despreocupado, tu risa cuando nada te aprisiona ni te hace sufrir. La había echado tanto de menos que casi no pude reconocerla cuando regresó.
Pero lo ha hecho. Y ha venido acompañada de tus gracias tontas que no me hacen reír, de tus correcciones continuas cuando yo hablo demasiado rápido, de tu mundo irrefrenable lleno de llamadas al móvil, viajes de aquí para allá, movimiento sin comienzo ni fin.
Echaba de menos la energía que emana de ti cuando controlas el mundo. Y ahora que ha vuelto de nuevo extiendo mis manos esperando que se enrede entre mis dedos y trepe por ellos, hasta alcanzar mi cuello y quedarse ahí enlazada.
Y tintinee conmigo cuando camine moviendo las caderas.
Hacía tanto tiempo que no despertabas... que ahora que lo has hecho el mundo ha explotado.
Y Gadafi se queda sin fuerzas contra la Coalición.
Y Japón se recupera un poquito.
Que me llamen tonta y absurda, pero sé que si ocurre algo bueno es porque tú ya no estás dormido...
o por lo menos si no has cambiado tú el mundo,
sí has transformado mi optimismo.
Tu felicidad y tu fuerza son mis pilares.
Y sé que volverás a preocuparte por tus circunstancias y por los que te quieren. Volverás otra vez a no dormir, a trabajar sin descanso, a enfrentarte tú solo a los villanos.
Pero esta vez no olvidaré tu sonrisa, porque nadie podrá arrebatárnosla.

domingo, 20 de marzo de 2011

Springsprung

Ya sale el sol, pero todavía se cuela el frío en las manos y en las caras. Y el otro frío, ese que vive durante todo el año en las almas de muchos, aún perdura. Las risas de los niños inundan la calle, juegan entretenidos sin pensar en el mañana, como mucho les preocupa que habrá de cena esta noche.
Quizás eso me da envidia, quizás echo de menos el dulce sabor de la ignorancia.
No me acostumbro a crecer, quizás no sé crecer. A veces me siento demasiado adulta, a veces extremadamente infantil. Si algún día logró encontrar el término medio no sé si será una buena noticia tampoco.
Me gusta no pensar en nada y escribir, como hago ahora mismo. No pienso en rimar, ni en que quede bien o que agrade a quién lo lea. Hoy es de esos insípidos domingos que obligatoriamente pasas en casa porque los apuntes y libros no saben cuidarse por sí mismos. Tanto conocimiento en sus páginas para nada, para luego no poder quedarse solos...Hoy bajaría hasta el coche en chándal y conduciría a alguno de esos hermosos campos llenos de amapolas, para tumbarme allí y escuchar qué me cuentan los árboles.
Si pudiera no iría sola, se disfruta mucho más acompañada. Si pudiera me quedaría por siempre allí, como una flor más, aunque nunca tan bella y grácil.
Me gusta la vida cuando llega la primavera porque todos parecemos un poco más sanos, más vivos, escondidos muchos detrás de pañuelos de papel y disparamos estornudos.
La piel se enrojece y calienta, los bichos proliferan y los niveles de polen llegan a tapar la atmósfera. Es primavera en nuestra porción de mundo.
Llegó la primavera a nuestra porción de mundo...


(Fotógrafo: George Holz)

miércoles, 16 de marzo de 2011

Gaia hoy no puedo quererte

Pasó su mano manchada de polvo por encima de su pelo. Se sorprendió al tocarlo, era duro y liso, como las cerdas de las escobas. Aquel pequeño de ojos rasgados estaba sentado en suelo, con las manos y los pies llenos de barro y la ropa sucia. Tenía el terror en los ojos.
Parecía que había corrido durante horas, pues su pecho ascendía y descendía rápido y rítmico, sólo interrumpido por algún ataque de tos, fruto del polvo que se levantaba por doquier.
El niño de piel negra siguió acariciendo su cabeza, suavemente, algo que había aprendido a hacer tan bien como su madre, tras aprender de ella que esos gestos son los que calman el hambre, el miedo y la sed.
Alrededor de ellos el mundo se había parado. Lo hizo en el mismo instante en que el agua tocó la tierra.
La muerte y la desesperación inundaban cada rincón, arrasando todo a su paso. Destruyendo vidas, sueños y proyectos. Destrozando almas y enfermando corazones.
El llanto y la angustia recorrían el aire, eran respirados junto al polvo y deglutidos con el humo.
Incluso la impotencia se colaba en la piel, más adentro, con la radiación.
El niño de piel negra se sentó y miró a su amigo que temblaba.
Al niño de piel negra le faltaban un ojo y una pierna.
Él ya había vivido algo parecido a eso, por eso estaba allí. No iba a dejarle solo ahora.
Por eso el pequeño de ojos rasgados sentía una punzada de esperanza, algo que le obligaba a no rendirse. Por él. Entrelazaron sus manos, como si así nada ni nadie pudiera separarles.

El niño de piel negra observó a su amigo. Estaba asustado y sucio, pero parecía fuerte. Nada podría con él.
El niño de ojos rasgados le devolvió la mirada, descubriendo un hueco en su cara. Entonces alzó su manita y lo tocó. No era algo extraño, no eran tan diferentes.

Los dos pequeños se incorporaron, aferrándose el uno al otro.
El niño de la piel negra iba descalzo. El de los ojos rasgados se quitó sus zapatos.
Y así emprendieron un nuevo camino.

martes, 15 de marzo de 2011

Palmera de chocolate blanco

Parecían dos jóvenes más comiendo a las tres de la tarde en una cafetería universitaria.
Ella con pañuelo al cuello, melena negra, ojos color miel que se le achinan al reírse, botas hasta las rodillas y sueños en los bolsillos.
Él alto, castaño, con gesto cansado, reflejo de una mañana interminable, jersey blanco con rayas grises, mirada tranquila, ojos achinados siempre, se ría o no.
Parecían dos desconocidos que conversan con otros en la misma mesa, que también cuentan historias. Dos amigos o dos conocidos. Dos personas. Desde lejos parecían un chico y una chica como cualquier otro ser humano. Iguales a otros seres humanos.
Él en un lado de la mesa, ella en otro. Riendo, contando, participando.

Era una estampa más de las tardes universitarias de marzo, preludio de un verano cercano y unos exámenes que ya causan algún que otro insomnio.

Nada era extraño. Ella se levantó de su asiento y compró una palmera de chocolate blanco, gigante.
Después la partió por la mitad, dejando una parte en el plato y llevándose la otra consigo.
Se sentó sobre una mesa, con las piernas colgando y empezó a devorar despacito los bordes.
Entonces él, como si lo hubieran estado ensayando meses y meses antes, alargó el brazo y levantó la otra porción.
Después, con sumo cuidado, pero como si no estuviera prestando nada de atención a lo que hacía, empezó a quitar la parte de afuera y a amontonar los trocitos en un lado.
Nadie se soprendió, nadie les observaba, nadie pensó en ese momento en ellos ni en palmeras de chocolate blanco.
Siguieron hablando todos, como si tal cosa, como si nada de lo que estuviera sucediendo fuera trascendental.
No lo era para el resto del mundo.
Cuando ella terminó, sólo quedaba el corazón de la palmera. Entonces se levantó de la mesa y lo dejó en el plato. Después él, que ya había terminado también, lo cogió con cuidado.
Y ella recogió los bordes.
Lentamente cumplieron un ritual, unas manías bellísimas que les complementaban de una forma tan sencilla y anodina. Él odiaba los bordes de la palmera y a ella no le hcía mucha gracia el centro. Nunca se lo dijeron, simplemente se acostumbraron a concederse esos detalles, a acoplar sus defectos y virtudes como lo hacen las cremalleras o los botones y sus ojales.
Nadie se dio cuenta, nadie se percató de lo que sucedía.
Y por eso fue uno de los momento más hermosos que he contemplado.