miércoles, 15 de septiembre de 2010

Denia II

Hoy Denia no ha despertado.
El sol entró cauteloso en la estancia, arrastrando los rayos sus barrigas contra el suelo, reptando hasta la otra pared, salpicándola de colores ocres.
Otras mañanas, otros días, la otra pared se pintaba como la arena y así, en el inicio de la función matinal, ella abría los ojos.
Se despertaba silenciosa, siempre esperando qué movimiento le mostraría cuánto le dolía el alma hoy.

Pero hoy Denia se ha marchado.
Ayer noche ya lo sabía, lo notaba por dentro. Su cuerpo le daba las señales oportunas. Lo supo y su primer impulso fue no decirlo. Por primera vez después de tanto tiempo de lucha, tuvo verdadero miedo.
Todo aquello que había pasado la había asustado, desde la primera noticia de la enfermedad, pasando por cada sesión de tratamiento y acabando en la certeza de que no había más que hacer, pero entonces no temió tomar decisiones. Ahora que sabía que llegaba el momento, no estaba segura de qué quería.
Sólo sabía que ya no podía seguir luchando.
Era tarde, los niños ya dormían. Sólo su marido estaba sentado a su lado.
Le miro despacio, con los ojos tan llenos de amor que podían oirse los latidos tras cada parpadeo.
Le recorrió con la mirada, intentando memorizarle entero, como si de esa forma estuviera quedándose con él y lo guardase para siempre en su cabeza.
- Es lo único que puedo llevarme de ti - pensó.
Él pareció escucharla. A veces ocurre, el amor es algo más dependencia y necesidad, es una energía fluyendo entre cuerpos. Él la miró de repente, como si intuyera lo que ella estaba escondiendo.
- ¿Cómo te encuentras?
No respondió.
A menudo los silencios son las palabras más sinceras.
Con un movimiento apartó la silla y se arrodilló junto a la cama. Sus ojos castaños brillaban húmedos y sus manos olían a té verde.

- ¿Te acuerdas de cuándo fui a verte a París?...no te lo esperabas y encima me perdí. Pensaba que así te demostraría que no era un paleto de pueblo, que podía viajar solo...estaba tan enamorado...
Y al final tuve que llamarte porque me daba miedo equivocarme al coger el tren. Yo, tan modosito y orgulloso, con mi maleta, la de mi hermana Paula ¿te acuerdas? y tú apareciste...preciosa, con ese jersey de cuello vuelto que te regalé por tu cumpleaños, con el pelo suelto y tus rizos cayendo por tu espalda, riéndote como loca, histérica al verme.
Toda la estación de Austerlitz se paró cuando entraste.
Denia sonrió. De repente una lágrima surcó su mejilla.
- ¿Sabes? En ese momento, cuando entrabas por la puerta principal, sentí pánico. Te vi tan viva, tan grande, tan llena, que pensé que yo era demasiado pequeño para contenerte. Nunca pasé tanto miedo como esos segundos en los que te acercaste a mí. Realmente pensé que sería infeliz a tu lado, siempre preguntándome si era suficiente para ti.
Denia intentó decir algo, pero él siguió hablando.
- Pero entonces te pusiste frente a mí, mirándome a los ojos. Me sonreíste infantil y después me dijiste que no tenías palabras...me dijiste "¡Me has dejado sin palabras!"... y después me abrazaste, repitiendo una y otra vez que yo era tu vida.
Jamás volví a sentir miedo de perderte...hasta hoy.

Los segundos se convirtieron en minutos y los minutos en horas.
Ambos sabían que aquello no era la estación, pero igualmente ella iba a coger un tren y debía viajar sola.
Se cogieron de las manos, de los brazos. Se miraron y lloraron. Se amaron.
Se dijeron todo lo que ya sabían y se perdieron en recuerdos.
Intentaron hacerse eternos, por si acaso vencían esa batalla.
En un momento, Denia recordó la canción que había escuchado de joven, cuando estudió en París, lejos de su familia y lejos de él. Una canción que les unió para siempre. Emocionada se lo dijo y él le cantó algunas frases.
Ya entrada la madrugada, él llevó a los pequeños junto a mamá.
Cuatro cabezas castañas y rubias se metieron en la cama con ella y la abrazaron. Ninguno entendía porqué papá les había echo ir allí a esas horas, pero no se quejaron. De alguna manera sentían que ella les necesitaba.
- Estás cansada mamá.
Y la niña pasó su manita por el rostro de Denia.
Aquella madrugada todos hablaron en silencio. Cuando uno sentía ganas de llorar rápidamente era asaltado por un ataque de abrazos o papá decía algo divertido y todos reían.
Así, cuando mamá se fue, los niños sólo la vieron cerrar los ojos y dormir, pero sintieron que sus corazones crecían en tamaño, llenándose de algo que emanaba de ella.
Sólo papá notó como su corazón se hacía pequeño.

Antes de morir Denia recordó las palabras de su médico, en una de las visitas del último mes.

"La vida es efímera, es biología. Somos vida y somos frágiles. Nuestras células viven para mantenernos vivos, pero ellas mismas se olvidan de nosotros, así funciona. Somos nosotros los que añadimos la esperanza y la desesperación. Pero eso también es vida y yo me quedo con lo segundo. No temas. La muerte no es un momento, es un proceso."

Por eso Denia no tuvo miedo a morir, ya lo había estado haciendo. Poco a poco fue muriendo despacio, pero no agonizó. Disfrutó de la vida y ésta fue dándole la mano a la Parca durante el final del camino.

Hoy Denia no ha despertado. Los pequeños le dijeron a papá que mamá estaba dormida, que no hiciese ruido. Después le preguntaron porqué él estaba llorando.
En ese momento supo que su cuerpo estaba sobre la cama, pero su alma se había repartido en cuatro corazones.
Lo supo, porque al mirarles a los ojos pudo oír los mismos latidos...tras cada parpadeo.


Cerró los ojos, pensando en todo lo que venía por delante. En la propia vida que se alzaba gigante a lo lejos. Ese futuro en el que ella ya no aparecía. De repente vino a su cabeza una frase, una canción demasiado especial, una verdad acompañada de música... "Here I am, here I am waiting to hold you..." y tras darle las gracias a Denia, comenzó a cantársela a sus hijos.


martes, 7 de septiembre de 2010

Si estás ahí todavía


Si estás ahí escúchame.
Esta noche tengo miedo.
Estoy sentada en el centro del colchón, protegida por estas cuatro paredes.
Me da miedo el mundo y hoy no puedo evitarlo.
Cuando te vi así, de esa manera, sentí que nada de lo que conocía era cierto.
Vi pasar mi vida ante mis ojos, preguntándome en qué momento no aprendí a proteger la vida.
Me adentré en el pasado, buscando aquella clase que nunca di, aquella lección que nadie me contó.

Por favor, háblame y dime que no sufres.
Cuéntame que estás sana y que no te duele la piel ni las entrañas.
Dime que te sientes poderosa, tanto que hoy te comerías de un muerdo la luna.
No temas, nunca más. ¿Me has oído? Nunca más.
Ahora es el momento de dirigir tu vida, tú decides y tú controlas, no necesitas depender de nadie.
Escúchame, mírame, no estás sola.
No, no eres frágil, mírame, yo también tengo miedo.

Ahora tu familia está demasiado lejos para poder ayudarte, pero no estás sola. Vivir fuera de tu país es sólo una circunstacia más, no significa que aquí no podamos luchar contigo.
Seguramente no lo sabías, cuando llegaste nadie te contó que tienes derecho a ser feliz y a que nadie te hiera. Tampoco sabías que tú eres la que decide sobre ti misma y que si gritas seremos tu escudo.
Mírame... no he dejado de pensar en ti ni un segundo.
Me he preguntado cada segundo que harás, que pensarás, quién estará a tu lado.
Ojalá pudiera traerte aquí, para que sientas la calidez de estas cuatro paredes.
Ojalá pudiera protegerte siempre.

Escúchame, un minuto más, recuerda mi voz y mis palabras.
Aquí está mi mano tendida siempre, porque jamás te irás de mi alma.



Si algo he aprendido es lo que me dijo Ana Saboya en una de las canciones más preciosas que he escuchado: Bellas - Canteca de Macao.

"Quién bien te quiere te hará sufrir... ¡ay yo no pienso de esa manera!
QUIÉN BIEN ME QUIERE ME QUIERE LIBRE y yo no sufro si soy libre a tu vera."

jueves, 2 de septiembre de 2010

**

Esta mañana subía hacia mi casa con el pan bajo el brazo y me he cruzado con muchas madres, padres y abuelos llevando a sus pequeños a la guardería. En una de esas, una mujer de unos 40 años iba de la mano con una niña de unos 7, que se paraba en todos los escaparates.
Al llegar a mi altura la niña le ha dicho a su mamá: "Mamá, mamá, cómprame peluches, peluches, de ahí" señalando el escaparate de una tienda de electrodomésticos.
Entonces, la madre ha respondido algo que realmente me ha hecho pararme en seco y girarme para mirarla.

"No son peluches, son lámparas gilipollas"

Realmente no sé que añadir, me remito a lo que siempre: ¿cómo vamos a arreglar el mundo si los niños, que son el futuro, están siendo educados por gente sin educación?
Que alguien me traiga soluciones, porque a mí esto realmente me duele.



Ser padres implica mucho más que jugar a las muñecas.
No comprendo cómo se pierde tan pronto la magia de llevar de la mano a un hijo.
Y a estos politicuchos de hoy en día sólo decirles que presten más atención a la educación.

sábado, 28 de agosto de 2010

Teresa

Nunca había visto el mar.
Y nunca lo vio.
Sus ojos sí lo observaron, se pararon a estudiar el sentido de la corriente, pero ella fue ajena al acontecimiento.
Cuando llegó a la orilla pegó un grito estremecedor y los sanitarios tuvieron que sedarla para poder trasladarla de nuevo al microbús.
Fue más tarde de camino a casa cuando, mirando el océano desde la ventanilla, murmuró: "Qué bonito..." y después dejó escapar una risilla nerviosa.
Dos semanas después intentaron repetir la experiencia, pues para muchos de los otros había sido una vivencia positiva, pero a Teresa volvió a ocurrirle lo mismo que la vez anterior.
Primero fue dormida durante el trayecto, sujetando entre sus rechonchas manos un pequeño rosario que una monja tía suya le había traído en su visita. Lo apretaba contra el pecho, como si temiera que alguien pudiera robárselo y se balanceaba lenta y rítmicamente, como si una melodía estuviese sonando una y otra vez en su cabeza.
A veces sonreía.
Al llegar a la playa el equipo del hospital fue despertando a los dormidos y tranquilizando a los excitados, para poder bajarlos a todos y emprender el corto camino a la orilla. En esos momentos muchos se levantaban corriendo, ansiosos por bañarse, otros se quedaban sentados en sus asientos, deseando volverse invisibles para escapar sin ser vistos y otros, como Teresa, no pensaban en nada.
El rumor del mar iba invadiéndolos, el crujir de la arena bajo las chanclas, el olor a algas, sal y tortilla de patatas de algún bañista hambriento. Era una experiencia diferente, un regalo para aquellos que no conocían mucho del mundo real.
Entonces Teresa se adelantaba al grupo y, sin quitarse el vestido para poder quedarse en traje de baño, se sentaba en la arena y cerraba los ojos durante unos segundos. Luego, cuando sentía que los demás se acercaban, se levantaba torpe y corría hacia el agua
para pararse en seco, sin sentir ni miedo ni sorpresa y gritar fuertemente, como si la estuvieran matando.
Entonces se repetía lo mismo.
Después de varias excursiones fallidas el médico de Teresa decidió que ella no fuera a las salidas costeras, por su inestabilidad frente al agua.
Durante semanas estuvieron haciéndole un seguimiento para averiguar si se trataba de algo patológico, de una hidrofobia que escondiese alguna vivencia traumática o sólo fuese una manía típica que desarrollase dentro de su enfermedad.
Pensaron en miles de cosas, intentaron reinsertarla, estudiaron su mente y su alma, sin llegar a nada.

Entonces, una tarde de verano, planearon una salida a un pueblo de la provincia. De nuevo, Teresa se durmió durante el viaje, sujetando con sus manos el rosario, respirando fuertemente, pasándose a veces la mano por la cara y soltando una risilla nerviosa entre sueños.
Al llegar, visitaron el pueblo y comieron en una antigua hospedería, para después acampar en un lago cercano. Estando allí, jugaron a pintar el paisaje y a nombrar todo lo que veían, pero a ella aquello le aburría y se sentó en el suelo, cerrando los ojos.
Así pasaron las horas y, cuando los sanitarios avisaron a todos de que era hora de volver a casa, Teresa no respondió.
Sólo se levantó despacio, abriendo los ojos y sonriendo.
Después comenzó a desabrocharse el vestido con cuidado y lo lanzó lejos.
Al ver esto, algunos la señalaron riéndose, mientras que los sanitarios salieron corriendo hacia ella al grito de "¡ Teresa, eso no, eso no! ¡Teresa, a vestirse ahora mismo!"
Pero ella no les escuchaba, no les veía.
En su cabeza el mundo no era tan complicado.
Y así, comenzó a correr hacia el lago.

No es libre quién comprende la vida y sus leyes,
sino quién no tiene miedo a vivir.

lunes, 23 de agosto de 2010

La compasión


A veces me ataca un debate interno sobre el significado de la compasión. Siempre he creído que las relaciones humanas deben basarse en una continua conexión, en un dar y recibir "empatía", pero desde hace un tiempo una corriente de pensadores me está bombardeando con una idea:

"Jamás debes sentir compasión".

Según la RAE se trata de un sentimiento de lástima hacia otros que sufren calamidades y según el budismo es un acto de máxima empatía hacia el prójimo, mientras que para la religión cristiana lo refiere como "reír con los ríen y llorar con los que lloran".
Y yo me pregunto ¿debo o no sentir compasión?
La verdad es que parto de una mala cuestión, porque para mí es inevitable el sentimiento.
Desde el joven que tras un accidente de tráfico ha quedado parapléjico, pasando por más de la mitad de la población mundial que sufre de inanición, violación de los derechos humanos y catástrofes naturales, hasta llegar a ese anciano que sentado en un banco observa a los transeúntes.
No elijo sentir compasión, simplemente llega de golpe, como si una mano gigantesca ocupara todo mi torso y me empujara hacia una pared que nunca aparece y yo sólo siento que me mareo y necesito parar. Mientras dura ese vertiginoso trayecto corriendo de espaldas, mi mente se dispara buscando, casi desesperadamente, una manera de ayudar.
Así es lo que siento y repito, no elijo sentirlo, sólo llega.
Por eso cuando me dicen que no debo sentir compasión me invade una horrible sensación,
¿acaso hay alguna forma, algún entrenamiento o bloqueo mental que me facilite no sentirla?

Caminando por la calle, me cruzo con un joven con síndrome de Down y al mirarnos me sonríe.
En ese momento sonrío y me dan ganas de pararme y hablar con él, de abrazarlo y decirle que todo irá bien.
Entonces pienso ¿y si no te hubiera sonreído?
Seguramente si no lo hubiera hecho le habría mirado y habría seguido caminando como si nada.
¿Y si quién me hubiera sonreído hubiese sido un hombre de la misma edad, pero sin esa discapacidad? ¿habría sentido esas ganas de abrazarlo? Seguramente no.
Quizás la compasión venga dada por las mismas personas que, desde su proyección hacia los demás, nos deslumbran con un tipo de luz que invita a ello, la merezcan o no.
No sé, creo que la compasión es un acto de amor a los demás y al mismo tiempo de inconsciente ( en algunos casos consciente) sentimiendo de superioridad, pues de alguna manera estamos mirando desde arriba al que está abajo.
Sí, no sé, creo que funciona así y por eso digo que ni es del todo bueno, ni es del todo malo.
Si alguien te da pena intentarás ayudarlo, pero mientras buscas esa manera de devolverle la felicidad deberás dejar la compasión y sustituirla por empatía.
Sí, practicamente son lo mismo, pero la empatía significa "igualdad" y la compasión no.
Tenía ganas de escribir esto, llevaba flotando en mi cabeza mucho tiempo y no sabía realmente qué pensaba al respecto.
La compasión es necesaria, porque sino seríamos seres inertes y fríos que no se inmutarían ante las desgracias ajenas, pero tampoco podemos guiar nuestras acciones basándonos en "sentir pena", pues nos creeremos los dueños y salvadores del mundo.
Mientras escribía he intentado pensar en alguna película que me guste que hable de la compasión y, sin quererlo, he recordado una escena en la que una niña que trabaja de criada se compra un bollo y al ver a una madre con sus hijos pidiendo dinero en la calle se lo regala, recibiendo a cambio una flor.
Sí, sin quererlo he recordado una película preciosa que me sirve como mejor ejemplo, "La princesita".
Gracias por venir a la imprenta...

miércoles, 4 de agosto de 2010

Los santos inocentes


- Tienes que ver esta película, ésta y "Alguien voló sobre el nido del cuco". Son películas que toda persona tiene que ver por lo menos una vez en la vida.
Y tras decirme esto, mi madre y yo nos sentamos en el sofá, encendiendo el DVD y con un melocotón en la mano para ver "Los santos inocentes".
- Dicen que si hubiese sido producida en Estados Unidos habría ganado muchísimos más premios...
Y yo lo afirmo, porque me ha parecido, dicho vulgarmente, un peliculón.
Había oído hablar del libro, por supuesto, pero de Delibes sólo he leído El camino y Cinco horas con Mario.
Recuerdo cómo me imaginaba la vida en los pueblos de antaño por vivencias propias de mi abuela, contándome que se crió entre marranos y gallinas y que se subía a los árboles para coger la fruta.
Siempre pensaba, "qué antiguos" cuando en los documentales aparecían haciendo el pan en los hornos, desplumando aves, pastoreando y hablando con esa forma y ese acento tan típicos.
Sólo escuchándola a ella puedo verlo, cuando me dice "esto con una mija de pan...".
Hoy, tras ver la película, he entendido muchas cosas.
Me ha mostrado lo dura que era la vida en los pueblos profundos, con los cortijos y los caseríos, llenos de personas analfabetas que eran tratadas como inferiores por sus "señoritos". Lo difícil que era tener una educación o cómo las ambiciones se resumían a "sobrevivir".
Tenía razón mi madre, todos en algún momento de nuestra vida debemos ver esa película, para valorar lo que tenemos ahora y mirar a nuestros mayores con mucho más respeto del que ya debemos tenerles.
Sí, es un peliculón, por las increíbles interpretaciones de Alfredo Landa, Terele Pávez, Francisco Rabal o Juan Diego, entre otros, porque realmente no te deja indiferente.
La recomiendo para que la vea todo el mundo, aunque seguramente llegue tarde para muchos que ya la conocían.

Me quedo (como supongo que muchas personas también) con Azarias, el personaje más intenso de todos y digo intenso porque me ha robado el corazón desde el primer minuto de la película.
Gracias Delibes, por esa historia.
Gracias Mario Camus, por esa película.
Gracias mamá, por verla conmigo.

Y gracias a ti también, "Milana... bonita"

martes, 3 de agosto de 2010

18 meses

18 es la edad fantástica, la que te abre las puertas al mundo adulto.
18 son los meses que tiene un bebé cuando debe empezar a hacer cosas que muestren que está creciendo sano y feliz.
18 de julio de 1936 fue el día en el que se dio el alzamiento franquista contra el gobierno de la II República.

18 son las sonrisas que tienes:

Una sencilla, cuando quieres mostrar ternura,
otra más impulsiva, cuando quieres mostrar entereza y confortar,
una sonrisa de amigo, que sólo sale cuando estás orgulloso,
una sonrisa fraternal , llena de fortaleza, cuando estás con tu familia,
otra sonrisa cerrada, cuando estás conmigo, que sólo es mía.

Aquella que pertenece a tu sobrina, Yasmin, que aparece cuando hablas de ella o cuando está cerca y rebosa amor y ternura.
Una que significa resignación,
una más que quiere decir "me encantas",
otra que es la más natural, que explota de repente antes de soltar una carcajada,
y esa que a veces sale en las fotos, rarísima, porque no te gusta posar.

Esa que se dibuja mientras duermes, tan serena y amplia,
otra más educada, cuando conoces a alguien nuevo.
Aquella que aparece cuando ves a alguien a quién aprecias y te ilusiona encontrarlo
parecida a esa que surge cuando te cuento mis sueños e historias de fantasía.

Otra que pertenece sólo a tu padre
y otra que te convierte en el niño de quince años, porque es nerviosa, cuando estás inseguro.
Una que pintas cuando hablas del futuro, imaginándote un poco más viejo
y la última, esa que se acompaña de lágrimas, cuando sentada en el suelo contigo te susurro:
"Seré siempre tuya y sólo esperaré a que tú quieras ser siempre mío"


18 son los meses que llevamos juntos.
Gracias... no hay más palabras.

lunes, 2 de agosto de 2010

Agosto




Me gusta soñar despierta, pero a veces olvido que no es real y camino por la vida inmersa en un mundo inventado que sólo existe en mi cabeza. Es por eso que más de una vez me tropiezo, literal y metafóricamente hablando y cometo errores, la mayoría de ellos reversibles.
Pero cuando me equivoco y no puedo cambiarlo tengo miedo, porque odio equivocarme como todo el mundo.
¿Mi problema? Quizá ser "bien pensada" y creer que la naturaleza humana es bondadosa.
Estoy muy reflexiva ultimamente...
Siendo más pequeña comprendí que la falsedad es una cualidad horrible que debemos borrar de nuestra personalidad pues lo único que hace es convertirnos en seres mezquinos, vacíos y por ello me prometí a mí misma intentar ser sincera.
Ese fue el primer punto, después quise pasar a algo mucho más importante: los prejuicios.
Lo medité con calma, pues quería madurar en ese sentido. Quería dejar de etiquetar a las personas, de clasificar comportamientos, de juzgar conductas con un libro de psicología en la mano y finalmente lo conseguí.
Pero en ese intento de "ser mejor persona" me volví exigente, obligándome a buscar individuos que actuasen con el corazón, buenos, enteramente puros, limpios (sin serlo yo misma).
Y comencé a girar en un mundo de decepciones, como ocurre siempre que pones una meta demasiado lejana.
Ahora he comprendido dos cosas: la primera, que la naturaleza humana no es bondadosa. Sí es buena, pero no existe una tendencia natural a hacer el bien, todos nos movemos por intereses propios y egoísmos natos.
La segunda, que debemos tener prejuicios, pero no aquellos que nos hacen intolerantes y clasistas, no, sino aquellos que nos hacen ser prudentes a la hora de relacionarnos con los demás.
Supongo que estos momentos de reflexión los tienen a diario millones de personas y escribirlo aquí en mi espacio de paz me ayuda a desahogarme, pues sólo pensándolo no puedo organizar mi cabeza para sacar conclusiones.
Sigo creyendo en las personas, sigo creyendo en los valores, pero son tantos los factores que nos condicionan y nos obstaculizan que a veces pierdo el norte.

"Errare humanum est" , por eso me alegro de equivocarme, de que me decepcionen, de que me engañen, porque puedo aprender.
Y ahora un vaso de horchata para enfriar la cabeza...
y seguir soñando despierta.

domingo, 25 de julio de 2010

Susurrando...

Me pregunto cómo sería todo sin ti a mi lado.
Cómo me levantaría cada mañana, cómo sería mi vida, si no estuvieras en ella.
Me imagino como un lienzo blanco, pero no vivo, un lienzo transparente, inexistente a los ojos de la gente.
Como una rama fuerte, pero invisible, que se ve sobrevolada por los mirlos y ninguno la considera suficiente como para anidar en ella.
Sería yo misma, pero sin nada de lo he recogido durante todo este tiempo.
Como la cesta del jardín sin las flores,
como el vaso vacío.
Sería como la fe perdida en medio del desastre.
Perdida, sin rumbo.
Como la veleta oxidada que se trastabilla en lo alto del campanario.
Sin ti no habría conocido la otra cara de las monedas,
ni habría descubierto cuánto puedo reír todavía.
No sabría que los besos en la frente se sienten más que en los labios,
y que el amor deja de pertenecerte cuando pierdes el miedo a mostrarte como eres.
Y pasa a ser del mundo, porque en ese momento, el mundo ya es nuestro.
Sin ti las noches no tendrían sueños,
y se quedarían mudas las guitarras, pues los acordes para mí no recibirían nombre.
Supongo que si nunca te hubiera conocido
no creería que tus ojos no son de este mundo
y jamás habría encontrado la manera
de alcanzar la caja de galletas en el estante infinito de la cocina.
Gracias por sujetarme la escalera,
por tu paciencia y tu tiempo.
Por conocerme tal y como soy
y aún con todo continuar a mi lado.

sábado, 24 de julio de 2010

Ethel

Ethel tiene miedo sólo a una cosa. Ni a los monstruos, ni a la báscula, ni a las avispas, ni a llorar.
Sólo a a una cosa.
Por eso a veces puedes verla paseando semidesnuda por la orilla, ajena a los turistas que la señalan con el dedo y murmuran "nudist".
Le encanta que la brisa atlántica le acaricie el busto, como dándole forma a su feminidad y se entretiene pensando en que 100 años de vida es poco tiempo.
Ethel tiene miedo al tiempo.
Mira una y otra vez el reloj, pensando que quizás rompiéndolo pararía este vórtice que algún día nos tragará a todos, pero cuando se convence de ello,
se detiene,
sobrecogida por la creencia de que si lo consigue no habría más allá, no habría final, cobrando vida los propios miedos de Saramago, preocupado por "Las intermitencias de la muerte".
Ethel piensa que sobran seres humanos en este mundo y faltan personas.
Cree que el avance hacia el futuro ya no es como una ola que desde la inmensidad del mar va acercándose a la playa.
Ahora sólo se oye el ruido sordo de botas militares que caminan con un fin, la mentalidad del mundo no es vivir, sino sobrevivir.
El amor se vende en chats y se juzga por el tamaño de la cartera, del paquete y la "pechonalidad".
Los valores ya no existen, salvo en pequeñas trazas, reductos de fe que día a día ven como es cada vez más complicado ser bueno en este mundo.
Ethel cree que necesitamos más profetas y menos platós de televisión.
Y le asusta verse envejecida y al mirarse al espejo no ver arrugas, por el botox.
El tiempo, el tiempo...
Vivimos preocupados por no perderlo y lo malgastamos.
Usamos palabras como "invertirlo", "pasarlo", "hacerlo", incluso "matarlo".
Y no pensamos en "disfrutarlo".
Ethel tiene miedo a estar equivocándose, a no haber elegido bien el camino.
Pero, ¿acaso alguien lo hace?
Equivócate, siempre, para no irte sin haber descubierto todas las posibilidades.
Y sobre todo, no te rindas.
Ethel nunca lo ha hecho.

miércoles, 21 de julio de 2010

Tus hijos no son tus hijos

En las paredes de la casa de una amiga mía descubrí este poema maravilloso, escrito por Kahlil Gibran, poeta y novelista libanés que murió en el año 1931.

Lo encontré colgado entre fotos de Beirut y Tiro, escrito en castellano y al sentir su presencia en la estancia me quedé muy quieta, como si me estuviera invitando a conocerle,
y después cada palabra que iba leyendo cobró vida, entrando en mi mente
como imágenes y saliendo por la piel, como emociones.
Cuando terminé no tuve tiempo de pensar en nada, porque el hermano pequeño de mi amiga, que tiene 12 años, apareció con ella y señalando el poema dijo:
- Yo no lo entiendo. ¿Cómo que tus hijos no son tus hijos Nadia?
Y ella sonriéndole le respondió: "Algún día lo entenderás"

Y nos fuimos, sintiéndonos los tres conquistados.



Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos

como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

viernes, 16 de julio de 2010

****

Vuelve.
La imprenta huele diferente, se ha ventilado durante estos días de maquinaria en reposo y por eso ella siente como algo oprime bajo el pecho, una fuerza que se parece a la ansiedad por querer y no querer regresar.
Ha olvidado quién era, para dejarse llevar por su yo más salvaje, más arenoso y natural, alborotándose a sí misma en busca de otras emociones.
Ha vivido por vivir, algo de lo que huye y niega durante el resto del año, pero lo necesitaba.
Vuelve distinta, como siempre que regresa.
Como si le envolviese un aura protectora que se va desvaneciendo a medida que el sabor salado se transforma en cloro y el olor de las algas deja paso a la fragancia del metro de Madrid.
Y no le da pena estar aquí, pues los brazos y las sonrisas, ya sean en persona o por teléfono ahí siguen, no se fueron.
Y acarician, abrazan, sienten, calientan del mismo modo que lo hacían antes, incluso hoy son más reconfortantes.

Y es que todos necesitamos irnos para querer volver.

viernes, 25 de junio de 2010

********

Te he echado de menos, mar.
He pensado en ti, en tu sal,
en tu vaivén suave y eterno.
He vuelto a soñar con tus sirenas
añorando esa paz
que sólo se siente cuando flotas sobre la nada.

Por eso, sólo con saber que volveré a sumergirme
en tus aguas,
para mí, se para el mundo.

Y sentada frente a ti,
recordaré
que curas el alma.





La manifestación más bella de la naturaleza,
el agua de la vida, que mana de la propia tierra y del cielo.
Porque cada vez que lloramos, surcan nuestra piel lágrimas saladas
porque vienen de ti, porque curan
porque tú, mar, eres la fuente que nos sana.

Por eso, vuelvo a ti.

sábado, 19 de junio de 2010

No te rindas

Y cuando más lo necesito apareces, Mario.
Para decirme lo que necesito escuchar,
para leerme tus palabras
y vaciar tu tinta en mis ojos.
Y me invitas a sentarme en el tranvía, contigo.
Para confesarme que alguna vez tú también pasaste miedo,
pero venciste.



No te rindas - Mario Benedetti

No te rindas, aún estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo,

Aceptar tus sombras,

Enterrar tus miedos,

Liberar el lastre,

Retomar el vuelo.


No te rindas que la vida es eso,

Continuar el viaje,

Perseguir tus sueños,

Destrabar el tiempo,

Correr los escombros,

Y destapar el cielo.


No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se esconda,

Y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma

Aún hay vida en tus sueños.


Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo

Porque lo has querido y porque te quiero

Porque existe el vino y el amor, es cierto.

Porque no hay heridas que no cure el tiempo.


Abrir las puertas,

Quitar los cerrojos,

Abandonar las murallas que te protegieron,

Vivir la vida y aceptar el reto,

Recuperar la risa,

Ensayar un canto,

Bajar la guardia y extender las manos

Desplegar las alas

E intentar de nuevo,

Celebrar la vida y retomar los cielos.


No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se ponga y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma,

Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,


Porque esta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero.

lunes, 14 de junio de 2010

La mirada verde entre el público

"Yo tenía 15 años, inmersa en plena adolescencia. Todos los domingos jugaba partidos de la liga de baloncesto de Madrid. No era una chica que llamase la atención, es más, todos los chicos que había conocido se enamoraban antes de mi mejor amiga, todos.
Entonces él fue a vernos jugar. Iba con otros amigos, aquellos que iban por verla a ella. Pero él se fijó en mí. Su mirada verde entre el público me eclipsó, supongo, jugué fatal, pero ya nada de eso siguió teniendo importancia.
Como he dicho, me enamoré con 15 años, pero nunca nos atrevimos a dar ningún paso, asustados por no querer crecer. Él se convirtió en mi mejor amigo y nos queríamos, pero preferíamos la niñez.
Hace cinco años de eso,
y hoy, al igual que ayer o antes de ayer,
cuando viene a buscarme a casa en su coche
me dice siempre "¿sabes? sigo sintiendo el mismo hormigueo que sentía de niño, cuando pienso que voy a verte"
y, hundida en sus palabras, le miro fijamente,
reflejándome en esa mirada verde que un día brilló entre el público."





Aunque fuésemos otros

con diferentes caras, con distintas manos,
con otra voz
y otros sueños.

Aunque yo no fuese yo,
ni tú fueses tú,
ni existiesen nuestras risas
ni nuestros gestos.

Sé que volveríamos a encontrarnos,
en otras circunstancias,
con otros cuerpos.

Y, al mirarnos, sobrarían las palabras.


Podré escribirte y dedicarte cientos y cientos de relatos y poemas.
Podré hablar de cómo te conocí hace cinco años,
de cada instante que hemos vivido
y de los que queremos vivir.
Podré contar que eres la persona más tímida del mundo,
que tienes un corazón gigante,
que me encanta que me corrijas cuando hablo mal
y que no te das cuenta de que tus ojos son el centro de atención en todas partes.
Podré contarles todo,
pero en el momento que tenga que decírtelo a ti
me quedaré muda, como siempre ocurre,
porque sólo tú me dejas sin palabras.


Tú eres la inspiración,
la pluma
y el papel.
Tú eres y serás el premio.

sábado, 12 de junio de 2010

Capítulo nuevo

Cambiar es crecer.
Como la energía que nunca se crea y nunca se destruye, sólo se transforma.
Siempre que cambiamos la nostalgia nos golpea el pecho, intentando disuadirnos, pero cambiar no es olvidar, es continuar algo ya empezado y que necesita renovarse.
Cambiamos la ropa, los juegos, los libros.
Las costumbres.
Pero no tiramos el significado de lo que fueron.
Por eso hoy este rincón también cambia, a riesgo de perder su magia.
Pero todos necesitamos un momento para coger aire y decir "capítulo nuevo".
Después de tres años desde que comencé a escribir este blog nunca le he dedicado una entrada, nunca he hablado de lo imprescindible que es para mí, de lo mucho que me ayuda en mis mejores y peores momentos.
Por eso, cómo él también ha cambiado, ha avanzado, conmigo, le debo algo.
Una nueva vestimenta, otra apariencia, otro color.
Otras formas y fondos que digan quién es hoy la nieta del impresor.
Y siempre gracias a los que me acompañais en esta historia.

miércoles, 9 de junio de 2010

Junio, llueves


Dicen que la lluvia de junio no es agua,
sino el alma de los corales que, evaporándose lentamente durante el estío anterior, cae suave sobre la tierra, como un baile eterno, pero efímero, para curar a la humanidad.

Y así, cuando los seres humanos están a punto de consumirse,
Gaia se compadece, como una madre enamorada de sus hijos,
y les concede una oportunidad más de redención.

Junio no es un mes, es una sonrisa de Gaia.
Por eso el sol está alto, los insectos proliferan y las flores emiten sus fragancias.
Y llueve...para sanarnos.

lunes, 7 de junio de 2010

miércoles, 2 de junio de 2010

La muerta. Pablo Neruda

Si de pronto no existes,
si de pronto no vives,
yo seguiré viviendo.

No me atrevo,
no me atrevo a escribirlo,
si te mueres.

Yo seguiré viviendo.

Porque donde no tiene voz un hombre
allí, mi voz.

Donde los negros sean apaleados,
yo no puedo estar muerto.
Cuando entren en la cárcel mis hermanos
entraré yo con ellos.

Cuando la victoria,
no mi victoria,
sino la gran victoria
llegue,
aunque esté mudo debo hablar:
yo la veré llegar aunque esté ciego.

No, perdóname.
Si tú no vives,
si tú, querida, amor mío,
si tú
te has muerto,
todas las hojas caerán en mi pecho,
lloverá sobre mi alma noche y día,
la nieve quemará mi corazón,
andaré con frío y fuego y muerte y nieve,
mis pies querrán marchar hacia donde tú duermes,
pero
seguiré vivo,
porque tú me quisiste sobre todas las cosas
indomable,
y, amor, tú sabes que soy no sólo un hombre
sino todos los hombres.




Dedicado a mi familia, por enseñarme día a día a pensar como Neruda y sentir y afianzarme en la creencia de que no soy sólo una mujer, soy todas las mujeres
y todos los hombres.
Y sobre todo, porque me han demostrado que el amor existe, en todas sus manifestaciones
y sino es a través de sus ojos y sus manos yo jamás lo habría conocido y encontrado en otras partes.