Esto era una niña pequeña, que siempre sonreía mucho y un día un señor le dijo:
- Niña, niña ¿por qué sonríes tanto?
- Porque no tengo motivos para no hacerlo
- ¿Quieres decir entonces que tienes muchos motivos para sonreír?
- No, no tengo muchos motivos para sonreír, lo que no tengo son motivos para dejar de hacerlo
No necesitamos aferrarnos a lo bueno para sentirnos bien, basta con aceptar que lo malo sólo es malo si nosotros dejamos que nos afecte.
jueves, 26 de enero de 2012
martes, 24 de enero de 2012
Interneses e intereses
Si el teatro fuera más barato, iría más.
No digo con eso que sus artistas deban cobrar menos, pues su arte y su interpretación no tienen precio.
Sólo digo que si costase menos iría más.
Yo y otros tantos millones de jóvenes.
Y quizás de esa manera la cultura se acercaría a todos y no harían falta precios desorbitados, porque habría una demanda continua.
Si el cine fuera más barato, iría más.
Y no estoy a favor de las descargas ilegales.
Sí lo estoy de mi derecho a compartir lo que tengo con quién yo quiero.
Aquí estoy escribiendo. A veces tardo días en crear una historia, otras veces sólo segundos.
Y me arriesgo a que cualquiera lo encuentre, lo lea, le guste y lo comparta.
Si viviese de ello me dolería perder ganancias, por eso también creo en el respeto a los derechos de autor.
No grabar películas en los cines, no vender/comprar copias ilegales en el top-manta.
Pero la sociedad quiere tener, quiere tener cien películas en vez de una.
¿Es avance? ¿Es, como diría José Mota, "ansia viva"?
Mea culpa por descargarme canciones, por ver películas y series en internet.
Pero si tuviese que borrar los buenos momentos que he vivido gracias a esa oportunidad de poseer música, películas y series...perdería grandes vivencias de mi vida.
Yo no tengo la solución,
yo no sé que otra cosa podemos hacer,
sólo pienso desde mi triste ignorancia que si me costase menos dinero ir al teatro, a la ópera y al cine, yo sí iría más.
No busco debatir, pues sé que muchos podrán rebatirme en estos argumentos y me sentiría enriquecida por ello.
Solo pretendo hacer un parón, una reflexión.
El mundo no va a parar, ya hemos soltado las riendas. Cualquier intento por cambiar el avance caerá en saco roto.
No digo con eso que sus artistas deban cobrar menos, pues su arte y su interpretación no tienen precio.
Sólo digo que si costase menos iría más.
Yo y otros tantos millones de jóvenes.
Y quizás de esa manera la cultura se acercaría a todos y no harían falta precios desorbitados, porque habría una demanda continua.
Si el cine fuera más barato, iría más.
Y no estoy a favor de las descargas ilegales.
Sí lo estoy de mi derecho a compartir lo que tengo con quién yo quiero.
Aquí estoy escribiendo. A veces tardo días en crear una historia, otras veces sólo segundos.
Y me arriesgo a que cualquiera lo encuentre, lo lea, le guste y lo comparta.
Si viviese de ello me dolería perder ganancias, por eso también creo en el respeto a los derechos de autor.
No grabar películas en los cines, no vender/comprar copias ilegales en el top-manta.
Pero la sociedad quiere tener, quiere tener cien películas en vez de una.
¿Es avance? ¿Es, como diría José Mota, "ansia viva"?
Mea culpa por descargarme canciones, por ver películas y series en internet.
Pero si tuviese que borrar los buenos momentos que he vivido gracias a esa oportunidad de poseer música, películas y series...perdería grandes vivencias de mi vida.
Yo no tengo la solución,
yo no sé que otra cosa podemos hacer,
sólo pienso desde mi triste ignorancia que si me costase menos dinero ir al teatro, a la ópera y al cine, yo sí iría más.
No busco debatir, pues sé que muchos podrán rebatirme en estos argumentos y me sentiría enriquecida por ello.
Solo pretendo hacer un parón, una reflexión.
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| Quino |
El mundo no va a parar, ya hemos soltado las riendas. Cualquier intento por cambiar el avance caerá en saco roto.
lunes, 23 de enero de 2012
La vida
- Hasta pronto - susurró en voz baja, aguantándose las ganas de llorar, mientras veía cómo la catedral salmantina se hacía cada vez más pequeña a medida que avanzaban con el coche. Le temblaban las manos, le dolía el pecho, pero no dijo nada para no preocupar a nadie.
Emilia veía como toda su vida se quedaba atrás, sumergida en el Duero, entrando en un estado de hibernación emocional, para no sentir, para no sufrir.
Mientras tanto su hijo la observaba de reojo. Quién le habría dicho en aquél entonces, cuándo se marchó hace tantos años de allí, que un día volvería para llevarse consigo a su madre. Por un lado la noticia de su enfermedad le produjo mucho miedo, pero por otro sintió tranquilidad: por fin había un motivo firme para convencerla de ir con él a Madrid.
- Te cuidaremos, el hospital está más cerca, no tengo problemas para llevarte, estarás con los niños...
Y Emilia lo sabía. Claro que estaría bien allí.
Pero no había lugar en el mundo más confortable que su tierra.
Su silencio era su luto. Nunca fue dramática y menos ahora. La vida ya le robó de muy joven al amor de su vida y la dejó "en paños menores", con dos hijos y sin dinero. Pero salió adelante.
Y sus penas y alegrías se formaron en las calles charras, en el aire frío, en la piedras amarillas.
Por eso este nuevo cambio no era algo terrible, pero no podía llevarlo de otra manera.
Su tierra, su amada tierra.
Dejaba su casa, sus eternas amistades, sus paseos matutinos, su misa. Sus libros, su casa, la casa de su marido dónde tanto iba a dejar.
Era una nueva pérdida, otro abandono. No habría sitio más bonito que aquél. Sus ojos se iban humedeciendo despacio, los recuerdos se amontonaban en su mente y en su corazón.
- Mamá, no llores, puedes volver cuando quieras y lo sabes
Emilia se llevó una mano al pecho y sonrió.
- Lo sé hijo, lo sé...
miércoles, 18 de enero de 2012
Carta para la tercera planta
No os rindáis, aunque ya no haya más camino. No soy nadie para dar ahora una charla sobre lo bueno y lo malo, y mucho menos sobre la esperanza. Por eso escribo desde lejos, desde mi mesa, y cuando estoy cerca vuestro hablo poco, salvo cuando estáis más animados y os apetece contar cómo estáis hoy.
No os conozco, vosotros a mí tampoco, pero ya habéis dado el paso importante. Sin saber siquiera mi nombre me dejásteis entrar en vuestro pequeño mundo y me contásteis vuestra historia.
Me invitásteis a comprender el miedo y a sufrir vuestras dudas.
Y cuando peor estábais todavía sacábais fuerzas para seguir.
A ti, J.M.T,
hoy ni siquiera has abierto los ojos cuando hemos entrado. Hoy más que nunca no tenías ganas de hablar.
Incluso, mientras te pinchaban para aliviar el dolor, no te movías, no te inmutabas.
He querido decirte que eres un gran hombre.
Me habría gustado contarte que eres un ejemplo de paciencia, de aguante y de lucha.
Que mi madrina también vivió lo mismo que tú y por eso no hay día en el que no la recuerde y la eche de menos.
Que quiero protegerte de todo esto que te pasa, pero no puedo, no encuentro cómo.
Por eso te escribo, desde lejos, porque sé que de alguna manera te llegarán mis pensamientos.
Hoy estabas peor y tu familia ha tenido que asumir la noticia de que no hay más opciones.
Hoy no tenías ganas de más, ya no más dolor.
Y aún así, antes de que pudiésemos salir por la puerta, has abierto los ojos despacio y nos has buscado con ellos, para murmurar:
- Chicas, espero que hayais aprendido mucho...
A ti, I.,
que eres una mujer magnífica, capaz de tirar de todos y afrontar un final inminente con toda la racionalidad y valor que existen; que miras a tu marido y te aguantas las ganas de llorar porque no quieres que te vea mal, que tienes tanto que contar todavía...
Hoy me has mirado diferente. Siempre me mirabas seria, callada, pensativa. Hoy tus ojos brillaban de otra manera y he sentido el calor que salía de ellos, me he sentido afortunada porque me hayas mirado así.
A ti, J.S,
que te fuiste demasiado pronto. Sigo creyendo que cuando llegue a la planta estarás ahí sentado,
hablando despacio con tu voz afónica, con la foto del Atleti en el cabecero de la cama.
Sigo creyendo que nos mirarás con esa media sonrisa, repitiendo hasta la saciedad que vas a luchar por estar bien.
Pero no estás, te fuiste.
Y sólo puedo darte las gracias por haber sido así, tal cual, tan bueno y cariñoso.
A vosotros, que me recordáis que la vida es un bien preciado,
que me motiváis para hacer de una carrera un trabajo real, buscando nuevas soluciones a problemas que hoy no pueden tratarse,
que me hacéis ver de nuevo a mis seres queridos, los que tuvieron que pasar por eso mismo.
A vosotros que dais verdaderas lecciones de vida.
No os conozco, vosotros a mí tampoco, pero ya habéis dado el paso importante. Sin saber siquiera mi nombre me dejásteis entrar en vuestro pequeño mundo y me contásteis vuestra historia.
Me invitásteis a comprender el miedo y a sufrir vuestras dudas.
Y cuando peor estábais todavía sacábais fuerzas para seguir.
A ti, J.M.T,
hoy ni siquiera has abierto los ojos cuando hemos entrado. Hoy más que nunca no tenías ganas de hablar.
Incluso, mientras te pinchaban para aliviar el dolor, no te movías, no te inmutabas.
He querido decirte que eres un gran hombre.
Me habría gustado contarte que eres un ejemplo de paciencia, de aguante y de lucha.
Que mi madrina también vivió lo mismo que tú y por eso no hay día en el que no la recuerde y la eche de menos.
Que quiero protegerte de todo esto que te pasa, pero no puedo, no encuentro cómo.
Por eso te escribo, desde lejos, porque sé que de alguna manera te llegarán mis pensamientos.
Hoy estabas peor y tu familia ha tenido que asumir la noticia de que no hay más opciones.
Hoy no tenías ganas de más, ya no más dolor.
Y aún así, antes de que pudiésemos salir por la puerta, has abierto los ojos despacio y nos has buscado con ellos, para murmurar:
- Chicas, espero que hayais aprendido mucho...
A ti, I.,
que eres una mujer magnífica, capaz de tirar de todos y afrontar un final inminente con toda la racionalidad y valor que existen; que miras a tu marido y te aguantas las ganas de llorar porque no quieres que te vea mal, que tienes tanto que contar todavía...
Hoy me has mirado diferente. Siempre me mirabas seria, callada, pensativa. Hoy tus ojos brillaban de otra manera y he sentido el calor que salía de ellos, me he sentido afortunada porque me hayas mirado así.
A ti, J.S,
que te fuiste demasiado pronto. Sigo creyendo que cuando llegue a la planta estarás ahí sentado,
hablando despacio con tu voz afónica, con la foto del Atleti en el cabecero de la cama.
Sigo creyendo que nos mirarás con esa media sonrisa, repitiendo hasta la saciedad que vas a luchar por estar bien.
Pero no estás, te fuiste.
Y sólo puedo darte las gracias por haber sido así, tal cual, tan bueno y cariñoso.
A vosotros, que me recordáis que la vida es un bien preciado,
que me motiváis para hacer de una carrera un trabajo real, buscando nuevas soluciones a problemas que hoy no pueden tratarse,
que me hacéis ver de nuevo a mis seres queridos, los que tuvieron que pasar por eso mismo.
A vosotros que dais verdaderas lecciones de vida.
jueves, 12 de enero de 2012
Rotaciones de enero
Tiene ganas de llorar, pero se aguanta por ella. Mientras la ve hablar y hacer preguntas va notando cómo algo dentro del pecho le duele, sin poder darle un nombre concreto, pues no sabe si es miedo o es orgullo.
- ¿Y cuándo comenzará a caerse el pelo?
- Pues todavía no, acabamos de empezar, a partir de los siete días más o menos
- Entonces todavía aguanto un poco, que luego lo echaré de menos
- Sí, aunque es bueno que te mentalices, ya lo hablamos...
- Sí, tranquilo, ya he ido a tomarme las medidas para la peluca y todo
Sí, el dolor del pecho no tiene nombre porque se llama de muchas formas.
Allí están, madre e hija, más unidas que nunca.
- Y...aunque sea algo tonto...
- Dime, dime, ninguna pregunta es tonta
- ¿Podré comer cualquier cosa? ¿Debo evitar algún alimento?
- No, para nada, debes comer bien, ni de más ni de menos, como siempre has hecho
- Estupendo, ¿lo has oído mamá? Cuando vaya a tu casa no tienes que cocinar el doble, que no voy a quedarme en los huesos
Ahora se miran. Ambas comparten los mismos rasgos, lo más llamativo son sus grandes ojos negros.
Sonríen despacio, como si en ese momento el tiempo se hubiese parado, diciéndose todo lo que con palabras no se atreven.
Por su cabeza pasan miles de preguntas, de reflexiones, pero no debe dejarse vencer por ellas. Es el ahora y el mañana, es el hoy o nunca y por ello asiente, aguantándose el dolor del pecho.
- Doctor, gracias por todo - susurra en voz muy baja, luchando por parecer fuerte.
- Tiene usted una hija muy fuerte, ahora empieza el camino difícil, pero no deben rendirse
La puerta se abre, una enfermera sonriente les avisa de que ya está preparado el primer ciclo de tratamiento.
- Allá vamos
Y ambas salen cogidas de la mano, conscientes de que todo va ser a diferente en sus vidas, pero con un pensamiento firme: jamás se rendirán.
- ¿Y cuándo comenzará a caerse el pelo?
- Pues todavía no, acabamos de empezar, a partir de los siete días más o menos
- Entonces todavía aguanto un poco, que luego lo echaré de menos
- Sí, aunque es bueno que te mentalices, ya lo hablamos...
- Sí, tranquilo, ya he ido a tomarme las medidas para la peluca y todo
Sí, el dolor del pecho no tiene nombre porque se llama de muchas formas.
Allí están, madre e hija, más unidas que nunca.
- Y...aunque sea algo tonto...
- Dime, dime, ninguna pregunta es tonta
- ¿Podré comer cualquier cosa? ¿Debo evitar algún alimento?
- No, para nada, debes comer bien, ni de más ni de menos, como siempre has hecho
- Estupendo, ¿lo has oído mamá? Cuando vaya a tu casa no tienes que cocinar el doble, que no voy a quedarme en los huesos
Ahora se miran. Ambas comparten los mismos rasgos, lo más llamativo son sus grandes ojos negros.
Sonríen despacio, como si en ese momento el tiempo se hubiese parado, diciéndose todo lo que con palabras no se atreven.
Por su cabeza pasan miles de preguntas, de reflexiones, pero no debe dejarse vencer por ellas. Es el ahora y el mañana, es el hoy o nunca y por ello asiente, aguantándose el dolor del pecho.
- Doctor, gracias por todo - susurra en voz muy baja, luchando por parecer fuerte.
- Tiene usted una hija muy fuerte, ahora empieza el camino difícil, pero no deben rendirse
La puerta se abre, una enfermera sonriente les avisa de que ya está preparado el primer ciclo de tratamiento.
- Allá vamos
Y ambas salen cogidas de la mano, conscientes de que todo va ser a diferente en sus vidas, pero con un pensamiento firme: jamás se rendirán.
martes, 10 de enero de 2012
Siempre
Siempre.
Me gusta esa palabra. Siempre significa "desde un momento en el que empieza, hasta infinito". Es lo que dices cuando sabes lo que quieres en la vida. Yo lo sé. Estar siempre contigo.
Sé que soy joven, sé que la vida da demasiadas vueltas, que descoloca, asusta y nos vuelve torpes, pero no por ello debemos rendirnos. Sé que nada es cierto, que todo cambia, pero también sé quién soy, a quién le debo lo bueno que haya en mí y cuánto me gustaría ser capaz de enseñar yo a otros.
Sé que quiero hacerte feliz. Siempre.
Siempre significa "pase lo que pase".
martes, 3 de enero de 2012
******
Feliz año 2012 pequeña Sunniesoop.
Parece que todavía estamos esperándolo y resulta que ya hemos gastado tres días del calendario. Los literatos añadirían que se han dado millones de besos, abrazos, miradas y cartas. Los pesimistas hablarían de tres días más cerca de la muerte. ¿Y tú? ¿Tú que piensas dentro de esa cabeza?
¿Es más bueno el que lo hace y lo publica o el que lo hace y no lo proclama? ¿Es más malo el que lo dice aquí y luego o el que sólo lo hace luego?
¿Qué somos? ¿Qué pretendemos?
¿Somos una persona o un montón de papeles distintos en la obra de arte de la vida?
¿Y quién es el público? ¿Y cuál es el fin?
Sí, he empezado el año reflexivo.
A lo largo de mis innumerables viajes por todo el mundo aprendí dos cosas. Dos que resumen infinitas cosas.
La primera, que nada pasa por algo, simplemente pasa.
La segunda que todo tiene algo positivo.
Y de ellas entendí que siempre hay una causa, que no todos los gestos significan algo, que se puede negar a alguien más de tres veces sin pretenderlo y perdonar es más difícil que aceptar con valentía un error mortal.
Por eso dejé de juzgar a los demás, aún sabiendo que yo siempre sería juzgado. No importa. El mayor mérito es no dejar que las malas vivencias y decepciones te cambien.
¿Qué dices pequeña Sunniesoop?
Sí, tienes toda la razón, todo sería más fácil si supiésemos hablar balleno (o pingüinés).
Parece que todavía estamos esperándolo y resulta que ya hemos gastado tres días del calendario. Los literatos añadirían que se han dado millones de besos, abrazos, miradas y cartas. Los pesimistas hablarían de tres días más cerca de la muerte. ¿Y tú? ¿Tú que piensas dentro de esa cabeza?
¿Es más bueno el que lo hace y lo publica o el que lo hace y no lo proclama? ¿Es más malo el que lo dice aquí y luego o el que sólo lo hace luego?
¿Qué somos? ¿Qué pretendemos?
¿Somos una persona o un montón de papeles distintos en la obra de arte de la vida?
¿Y quién es el público? ¿Y cuál es el fin?
Sí, he empezado el año reflexivo.
A lo largo de mis innumerables viajes por todo el mundo aprendí dos cosas. Dos que resumen infinitas cosas.
La primera, que nada pasa por algo, simplemente pasa.
La segunda que todo tiene algo positivo.
Y de ellas entendí que siempre hay una causa, que no todos los gestos significan algo, que se puede negar a alguien más de tres veces sin pretenderlo y perdonar es más difícil que aceptar con valentía un error mortal.
Por eso dejé de juzgar a los demás, aún sabiendo que yo siempre sería juzgado. No importa. El mayor mérito es no dejar que las malas vivencias y decepciones te cambien.
¿Qué dices pequeña Sunniesoop?
Sí, tienes toda la razón, todo sería más fácil si supiésemos hablar balleno (o pingüinés).
Jesús
Su pelo castaño ondea bajo la brisa nocturna de la bahía. Todo está tranquilo. A su derecha las barcas de madera son mecidas por un suave oleaje. A su izquierda la playa se extiende como un manto de arena gris nacarada.
Delante un océano infinito.
Detrás está él, siempre detrás, siempre protegiendo sus pasos.
Delante un océano infinito.
Detrás está él, siempre detrás, siempre protegiendo sus pasos.
sábado, 31 de diciembre de 2011
2012
- Papá ¿este año es bisiesto no?
- Sí hija, es "tu siesto".
- Sí hija, es "tu siesto".
La felicidad de los locos es el sueño inalcanzable de los cuerdos.
Los mayas anunciaron que el 2012 sería el año del cambio.
Dijeron que algo va a ocurrir.
Unos creen que se referían a que la humanidad subirá un escalón más (no sé hacia dónde), otros miran al cielo esperando ser los primeros en reconocer el meteorito que caerá de un momento a otro destruyéndolo todo.
Dos mil doce.
Nada se puede predecir, todo se puede adivinar.
Lo importante es no quedarse quieto mirando hacia ninguna parte,
o bajar la cabeza ante la mentira. Es hora de mejorar.
Madurar. Envejecer. Quizás ese es el escalón sobre el que nuestros pies se balancean.
Seas como seas, seas quién seas. No dejes que tu felicidad dependa de los demás.
Depende de ti.
Y compártela, porque nunca se disfruta estando solo.
Comprende y perdona, no juzges, escucha. Crece.
Que 366 días pasan volando.
Feliz año.
Dijeron que algo va a ocurrir.
Unos creen que se referían a que la humanidad subirá un escalón más (no sé hacia dónde), otros miran al cielo esperando ser los primeros en reconocer el meteorito que caerá de un momento a otro destruyéndolo todo.
Dos mil doce.
Nada se puede predecir, todo se puede adivinar.
Lo importante es no quedarse quieto mirando hacia ninguna parte,
o bajar la cabeza ante la mentira. Es hora de mejorar.
Madurar. Envejecer. Quizás ese es el escalón sobre el que nuestros pies se balancean.
Seas como seas, seas quién seas. No dejes que tu felicidad dependa de los demás.
Depende de ti.
Y compártela, porque nunca se disfruta estando solo.
Comprende y perdona, no juzges, escucha. Crece.
Que 366 días pasan volando.
Feliz año.
"Los locos son personajes y los cuerdos sólo actores...los locos crean poesía y los cuerdos la redactan...los locos se sienten libres...son libres...y los cuerdos los encierran...."
Que nadie ponga barrotes a tu locura, 2012.
sábado, 24 de diciembre de 2011
veinticuatro del doce del dos mil once
No creo en la iglesia. No creo en su doctrina. No creo en sus rezos ni en su dogma.
No creo en ellos, no creo en lo que representan.
Porque no le representan a él.
Sí creo en dios, sí creo en Jesús. Sí tengo fe.
Y por eso hoy celebro tu aniversario, hoy celebro que viniste al mundo.
Pero no voy a santificar tus fiestas, no voy a cumplir las costumbres. Voy a decirte que sigo creyendo en ti y que te agradezco cada segundo en el que me acompañas y velas mis sueños. Voy a prometerte que voy a intentar ser mejor persona, siguiendo tus pasos.
Porque tú me has enseñado a respetar y ser respetado.
Feliz Nochebuena. Felices vacaciones. Que la felicidad nos alcance a todos.
No creo en ellos, no creo en lo que representan.
Porque no le representan a él.
Sí creo en dios, sí creo en Jesús. Sí tengo fe.
Y por eso hoy celebro tu aniversario, hoy celebro que viniste al mundo.
Pero no voy a santificar tus fiestas, no voy a cumplir las costumbres. Voy a decirte que sigo creyendo en ti y que te agradezco cada segundo en el que me acompañas y velas mis sueños. Voy a prometerte que voy a intentar ser mejor persona, siguiendo tus pasos.
Porque tú me has enseñado a respetar y ser respetado.
Feliz Nochebuena. Felices vacaciones. Que la felicidad nos alcance a todos.
viernes, 23 de diciembre de 2011
Desde otra tierra
Llevaba mucho tiempo deseando escribir esta entrada. Quiero dedicársela a mi tía Emi, para que sonría como nunca, porque se lo merece. Es un relato que envié a un concurso literario de FECOGA (Federación de Cofradías Gastronómicas) y que ha resultado ganador del segundo premio. Estoy muy ilusionada por ello, y he esperado para poder compartirlo con todo aquél que quiera leerlo. Un abrazo muy fuerte y Feliz Navidad.
Desde otra tierra
Mis padres dicen que nací
con ojos de xana, como las hadas
asturianas, porque solía quedarme así, semidormida, durante días enteros,
dejando escapar una media sonrisa cuando alguien me rozaba la piel. Mis
primeras palabras fueron en un francés suave y agudo, algo que defraudó a mi
abuelo, pues estaba empeñado en que lo primero que dijese fuera “patata”. ¡Qué
obsesión la de este hombre por los tubérculos!” solía decir mi abuela mientras
él me explicaba, sosteniendo uno en la mano, cómo ese alimento había salvado
vidas cuando él tuvo mi edad.
Así crecí en uno de los
barrios más bonitos de París: entre las bicicletas, las mesas de café
diminutas, las clases de gimnasia en los jardines y mi abuelo con el delantal
puesto en la cocina.
Él nunca aprendió francés,
siempre dijo que le daba miedo perder las raíces. Todos nos reíamos de esa idea
tan absurda, “¡nadie olvida un idioma por hablar otro!” le decía yo muy
resabida, pero con los años entendí que su miedo no miraba hacia el futuro, sino
al dolor de un pasado muy complicado.
Por eso me recogía el pelo
en una trenza, despacio, para que no me quedasen mechones fuera y después
corría a su lado, preparada para otra tarde llena de harina en la nariz, de
aceite en los pantalones y el olor a los centenares de condimentos que usábamos
casi sin pensar. De sus sentidos conocí cómo se puede calentar la leche con las
manos, cómo se descubre si sobra sal sin usar el gusto o a calibrar los gramos
contando con el olor.
Él intentaba llevarme con
sus platos a su verdadera tierra, ese lugar del que casi no se hablaba en casa
porque mis padres no lo conocían, pero que mi abuelo se empeñaba en no olvidar.
“¿Hablas
del país de la xanas, abuelo?”, le
preguntaba yo y él me respondía que no sólo era de ellas, también era el país
del sol, de la mar salvaje, de las tierras húmedas y verdes, que según
desciendes se vuelven llanas leonesas, amarillas manchegas y llenas de matices
en todas sus partes. Y, por supuesto, siempre había algo que comer en todas
ellas.
Una
tarde de septiembre mi abuelo me llevó a ver a unos amigos suyos, pintores,
cerca de una iglesia preciosa, blanca impoluta. Estuvimos vagando por la plaza,
disfrutando de los trazos, del detalle, de la concentración. Él me susurraba al
oído que la pintura es como la gastronomía: todo se hace con pasión y cuidado,
por eso cada obra de arte lleva un poco de alma de quién la crea.
Para
mí aquella frase fue grandiosa y aún hoy se me eriza la piel cuando le veo
agachándose hacia mí, emanando aquel olor a cebolla y ajo tan peculiar.
Ya
íbamos a marcharnos a casa cuando otro anciano, más o menos de su edad, se
acercó con paso rápido y le abrazó por detrás. Era un viejo amigo, también
español. Hablaron durante mucho tiempo, lloraron juntos y yo mientras los
observaba maravillada.
Antes
de irse le dio a mi abuelo algo metido dentro de un papel de aluminio y después
se despidió. Durante el camino de vuelta no dijimos nada, le veía demasiado
sensible cómo para estropear aquello que su mente le estaba recordando.
Esa
noche se acostó pronto, ni siquiera vino a darme las buenas noches. Me sentí
traicionada, como si para él yo no fuera de suficiente confianza. Entonces, de
madrugada, apareció en mi habitación y me dijo que le acompañase afuera.
Una
vez sentados los dos en la terraza sacó el paquete de aluminio. Al tenerlo
cerca vi que olía fuerte, olía cómo él, aunque un poco extraño.
“¿Qué
es?” le pregunté. Él sonreía con un brillo especial en la mirada.
“Se
llama sabadiego; intenta pronunciarlo francesita, sabadiego, se dice sabadiego.
Es un chorizo de mi tierra, de mi hermosa tierra. Llevo más de media vida
esperando volver a probarlo. Creí que moriría sin hacerlo”
Entonces
lo sacó y, con un poco de pan, fuimos devorándolo lentamente, disfrutando de
cada pedazo. Nunca había sentido tanto respeto por algo como aquella vez. Lo
comí como si fuera el manjar más preciado que existiese en la tierra,
saboreando su fragancia en el paladar y enlenteciendo el tiempo, para que no
terminase nunca. Fue tan emotivo que se me escaparon las lágrimas y él dejó a
un lado todo y me abrazó.
Han
pasado muchos años desde aquello y, ahora, cuando veo a mi hija dormir en su
cuna, con los ojos entrecerrados y la media sonrisa, sin que nadie me vea me la
llevo a la cocina, la coloco entre paños y dejo que el olor la absorba y la
llene, para que nunca pierda la esencia de nuestras raíces.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Tangled
A menudo, en exámenes, lo que más me apetece es ver la película de Tangled ("Enredados") una y otra vez, cosa que jamás he cumplido. Aún así es un pensamiento alegre, como otros tantos que vienen a mí cuando más concentración necesito. Me gusta porque es de esos recuerdos que marcan momentos en la vida. Para mí representa un trabajo de Farma, quedándonos en la universidad hasta bien entrada la noche, dónde mi única alegría era ponerles el tráiler de la película a mis compañeras, sin parar, hasta que se cansaban de mí.
Me gusta porque las historias de Disney siempre me han acompañado, y aún hoy me apoyo en ellas cuando me tiemblan las piernas o las ganas.
Por eso, a falta de dos días para terminar, después de un examen de digestivo demasiado complicado, hoy he pensado en Rapunzel y Pascal, he sonreído y he vuelto a tener ganas de seguir.
Los pequeños detalles de la vida, los llaman, me gustan mucho, mucho, mucho, mucho.
Me gusta porque las historias de Disney siempre me han acompañado, y aún hoy me apoyo en ellas cuando me tiemblan las piernas o las ganas.
Por eso, a falta de dos días para terminar, después de un examen de digestivo demasiado complicado, hoy he pensado en Rapunzel y Pascal, he sonreído y he vuelto a tener ganas de seguir.
Los pequeños detalles de la vida, los llaman, me gustan mucho, mucho, mucho, mucho.
martes, 13 de diciembre de 2011
Uno más
Mamá,
Papá
ya sé lo que quiero ser de mayor.
Turista.
Y sino, cuidadora de elefantes.
Y sino, turistas que cuidan de los elefantes.
Eso seré.
Papá
ya sé lo que quiero ser de mayor.
Turista.
Y sino, cuidadora de elefantes.
Y sino, turistas que cuidan de los elefantes.
Eso seré.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Podemos
A veces, sólo necesitamos creer que se puede
y nuestro cuerpo, nuestra mente, hacen el resto.
Yes We Can.
martes, 6 de diciembre de 2011
DiciembrEX
La ministra de trabajo italiana llora porque el país, de nuevo, va a tener que hacer sacrificios. Mientras hablaba en el telediario de la noche sólo pude fijarme en la tremenda arruga que le salía entre las cejas. Las arrugas salen por el uso, con los años, y esa, en ese sitio, significa que ha estado enfadada muchas veces.
Ella y su arruga me hicieron volver a pensar en lo difíciles que están las cosas en el mundo.
Es utópico creer que nunca habrá algo malo, ni siquiera me dan ganas de reflexionar sobre ello; pero me gusta pensar en lo que queda y empuja a la gente a no rendirse. Pensé que era bonito verla emocionarse, nos da a conocer algo nuevo sobre esos seres llamados "políticos". Luego la imaginé en su casa, con su sueldo de cada mes, y, como decía Mafalda "noté como una basurita en el ánimo".
Entonces volví a mi mundo de folios y lámpara de escritorio. Volví a mis horas sentada memorizando y comprendiendo nuevos conceptos. Volví a mis ganas de bufar, de dormir, de irme de aquí. A mis miedos y bajones, típicos de temporada de exámenes.
Pero empecé a sonreír.
Este año es muy distinto.
Ahora cada pedacito de cosa, enfermedad o bicho que toco tiene un nombre propio. Pero nombre propio de persona y eso le da mucho más valor.
Puede parecer absurdo, pero sé que más de uno, al leer esto, asentirá con la cabeza.
Estudio la pancreatitis aguda, con sus signos y síntomas y complicaciones. Pero no es sólo eso, es lo que tuvo Julia en octubre, la señora de la habitación X y que además tiene dos nietos y una perrita. Y está angustiada porque los hijos no encuentran trabajo.
Luego está la pericarditis aguda, con su ST elevado, y el señor de la habitación T, que sonreía cansado mientras le haciamos inclinarse ochocientas veces para auscultarlo mejor.
Y esa cosa extraña, mastocitosis, que en clase parece la cosa más aburrida del mundo, pero cuando le pones el nombre de Alba, con su pañuelo en el cuello tapando sus manchas y llorando porque tienen miedo al futuro, es algo muy distinto.
Esta vez no solo son textos y textos. Son personas reales que me ofrecieron su tiempo para aprender cuando peor se encontraban. Y si hay algo que puede motivarme para pasar esto, son ellos.
Por eso, aunque vuelvo a sentir que todo me puede, que la cuesta es muy empinada, esta vez es diferente.
Y me miro al espejo, descubro que tengo arrugas en la frente de tanto abrir los ojos, y me gusta.
Las quiero ahí, dónde están y no en otro sitio.
Compis.... podemos.
Ella y su arruga me hicieron volver a pensar en lo difíciles que están las cosas en el mundo.
Es utópico creer que nunca habrá algo malo, ni siquiera me dan ganas de reflexionar sobre ello; pero me gusta pensar en lo que queda y empuja a la gente a no rendirse. Pensé que era bonito verla emocionarse, nos da a conocer algo nuevo sobre esos seres llamados "políticos". Luego la imaginé en su casa, con su sueldo de cada mes, y, como decía Mafalda "noté como una basurita en el ánimo".
Entonces volví a mi mundo de folios y lámpara de escritorio. Volví a mis horas sentada memorizando y comprendiendo nuevos conceptos. Volví a mis ganas de bufar, de dormir, de irme de aquí. A mis miedos y bajones, típicos de temporada de exámenes.
Pero empecé a sonreír.
Este año es muy distinto.
Ahora cada pedacito de cosa, enfermedad o bicho que toco tiene un nombre propio. Pero nombre propio de persona y eso le da mucho más valor.
Puede parecer absurdo, pero sé que más de uno, al leer esto, asentirá con la cabeza.
Estudio la pancreatitis aguda, con sus signos y síntomas y complicaciones. Pero no es sólo eso, es lo que tuvo Julia en octubre, la señora de la habitación X y que además tiene dos nietos y una perrita. Y está angustiada porque los hijos no encuentran trabajo.
Luego está la pericarditis aguda, con su ST elevado, y el señor de la habitación T, que sonreía cansado mientras le haciamos inclinarse ochocientas veces para auscultarlo mejor.
Y esa cosa extraña, mastocitosis, que en clase parece la cosa más aburrida del mundo, pero cuando le pones el nombre de Alba, con su pañuelo en el cuello tapando sus manchas y llorando porque tienen miedo al futuro, es algo muy distinto.
Esta vez no solo son textos y textos. Son personas reales que me ofrecieron su tiempo para aprender cuando peor se encontraban. Y si hay algo que puede motivarme para pasar esto, son ellos.
Por eso, aunque vuelvo a sentir que todo me puede, que la cuesta es muy empinada, esta vez es diferente.
Y me miro al espejo, descubro que tengo arrugas en la frente de tanto abrir los ojos, y me gusta.
Las quiero ahí, dónde están y no en otro sitio.
Compis.... podemos.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Marina
Marina era tímida, pero sabía lo que quería.
La primera vez que lo vio fue en el tren de camino a la ciudad y, sin saber porqué, supo que lo odiaba.
Miraba a las jóvenes como ella con sonrisa lasciva, chupándose el labio inferior y luego sacaba un cigarro del bolsillo, para hacer más corta la espera.
Tras un mes de encuentros parecidos, dónde ella pasaba desapercibida entre los pasajeros y él se quedaba en primera fila, oteando a lo lejos en busca del color naranja y azul de la cabina,
descubrió que no sólo vivían en el mismo pueblo, sino también en el mismo barrio.
Compartían tren, autobús y los 10 minutos de paseo por la acera.
Ella vivía en el bloque de pisos del portal número 45.
Él en el chalet de enfrente.
Por eso pasó de de ser "el tío asqueroso de mi tren" a "el vecino asqueroso de enfrente".
Cuando Marina quedaba con sus amigas al terminar la semana, solían reírse de sus comentarios, imaginándole como un hombre loco que perseguía a la gente.
Ella no se ofendía con sus gracias, pero se reafirmaba en la creencia de que no le gustaba nada y había algo horrible en él.
Un día estaba estudiando y oyó un ruido de ladridos afuera. Al asomarse vio cómo una mujer mayor entraba en el patio del chalet de enfrente.
Era un casa pequeña con un patio muy amplio, dónde los árboles crecían por doquier, impidiendo que nada pudiera verse desde fuera, excepto un pequeño rincón dónde nacía la escalerilla de la puerta de la cocina.
Muchas veces le había visto allí sentado, solo, fumando un cigarro tras otro. Para luego desaparecer dentro de la casa y no dar más señales de vida.
Aquel día el patio se llenó con cinco cachorros y una perra sin raza. La mujer los dejó allí y se fue por dónde había venido.
Él cogió una caja, la dejó bajo el hueco de la escalerilla y fue metiendo uno a uno a los perrillos dentro, como si estuviera amontonando ladrillos.
Después se giró y fue hacia la perra grande. Aún siendo sin raza era bonita, marrón y negra, con hocico largo y ancho. La acarició las orejas despacio, mientras ella lo miraba tensa, preocupada por lo que fuera a pasar con sus cachorros.
Marina presentía algo desde la ventana, algo que la invita a huir de allí. Desde su posición no acertaba a ver nada de lo que estaba pasando, sólo el espacio vacío de la escalerilla.
Quiso correr la cortina y marcharse, pero sus ojos estaban clavados.
Mientras tanto, él sonreía mirando hacia abajo, con su gesto lascivo, viendo cómo el animal sacaba de la caja a sus pequeños, que casi se estaban ahogando amontonados.
Pasado un rato decidió entrar de nuevo en la casa. Con paso lento se acercó a la escalerilla.
Marina pudo ver su pelo canoso brillando con los últimos rayos de sol.
Entonces uno de los cachorritos apareció en la escena, trotando torpemente sobre sus cuatro patas.
Moviendo su rabito, hipnotizado por el andar del hombre, intentó trepar por el primer escalón de la escalera.
A duras penas consiguió pasarlo, ante la mirada continua de él, que se había percatado de su presencia.
Marina sintió una punzada el pecho.
- No, no serás capaz... - dijo en voz baja, mientras la temblaban las piernas.
Y acto seguido se llevo las manos a la boca, con los ojos en blanco, con el corazón totalmente parado.
La puerta de la cocina de aquel chalet se había cerrado, y fuera en el patio sólo quedaban una perra y sus cinco cachorros, uno de ellos gimoteando malherido contra la verja.
La patada que le había propinado aquel monstruo había sido indescriptible.
Una escena con tanto odio y repulsión no puede ser descrita, no hay adjetivos suficientes.
Sólo quedó en el ambiente el sonido del corazón de Marina, latiendo de golpe, a mil por hora.
Aquella noche no pudo dormir bien.
Y a la mañana siguiente, antes de irse miró por su ventana, pero no pudo ver nada a través de los árboles.
Los días posteriores pasaron de una forma lenta e insidiosa.
Y así pudo descubrir que en el patio sólo quedaban una perra y cuatro cachorros, el último no había sobrevivido al traumatismo.
Un día, cercano ya a la Semana Santa, a estación estaba llena de gente.
Marina lo vio. Hacia mucho tiempo que no se encontraban.
Ella volvió a pasar desapercibida, él de nuevo oteaba en la orilla del andén, esperando.
A lo lejos se oyó el ruido de una máquina acercándose.
Los pasajeros bostezaban, ya era la hora.
Unos brazos delgados y firmes aparecieron de la nada.
El tren llegó, pero nadie pudo llegar aquella mañana a su trabajo.
Cuando Marina volvió a casa su madre se quedó atónita al enterarse de la noticia.
Un hombre se había suicidado en la estación.
Ella no quiso hablar del tema, se excusó diciendo que tenía muchos apuntes atrasados.
Antes de sentarse, miró por la ventana. En el chalet de enfrente unos policías inspeccionaban a través de la valla.
Marina se colocó en su escritorio y sacó los libros.
Hacia calor.
Se arremangó la camisa, dejando al descubierto sus brazos. Delgados.
Delgados.
Pero firmes.
La primera vez que lo vio fue en el tren de camino a la ciudad y, sin saber porqué, supo que lo odiaba.
Miraba a las jóvenes como ella con sonrisa lasciva, chupándose el labio inferior y luego sacaba un cigarro del bolsillo, para hacer más corta la espera.
Tras un mes de encuentros parecidos, dónde ella pasaba desapercibida entre los pasajeros y él se quedaba en primera fila, oteando a lo lejos en busca del color naranja y azul de la cabina,
descubrió que no sólo vivían en el mismo pueblo, sino también en el mismo barrio.
Compartían tren, autobús y los 10 minutos de paseo por la acera.
Ella vivía en el bloque de pisos del portal número 45.
Él en el chalet de enfrente.
Por eso pasó de de ser "el tío asqueroso de mi tren" a "el vecino asqueroso de enfrente".
Cuando Marina quedaba con sus amigas al terminar la semana, solían reírse de sus comentarios, imaginándole como un hombre loco que perseguía a la gente.
Ella no se ofendía con sus gracias, pero se reafirmaba en la creencia de que no le gustaba nada y había algo horrible en él.
Un día estaba estudiando y oyó un ruido de ladridos afuera. Al asomarse vio cómo una mujer mayor entraba en el patio del chalet de enfrente.
Era un casa pequeña con un patio muy amplio, dónde los árboles crecían por doquier, impidiendo que nada pudiera verse desde fuera, excepto un pequeño rincón dónde nacía la escalerilla de la puerta de la cocina.
Muchas veces le había visto allí sentado, solo, fumando un cigarro tras otro. Para luego desaparecer dentro de la casa y no dar más señales de vida.
Aquel día el patio se llenó con cinco cachorros y una perra sin raza. La mujer los dejó allí y se fue por dónde había venido.
Él cogió una caja, la dejó bajo el hueco de la escalerilla y fue metiendo uno a uno a los perrillos dentro, como si estuviera amontonando ladrillos.
Después se giró y fue hacia la perra grande. Aún siendo sin raza era bonita, marrón y negra, con hocico largo y ancho. La acarició las orejas despacio, mientras ella lo miraba tensa, preocupada por lo que fuera a pasar con sus cachorros.
Marina presentía algo desde la ventana, algo que la invita a huir de allí. Desde su posición no acertaba a ver nada de lo que estaba pasando, sólo el espacio vacío de la escalerilla.
Quiso correr la cortina y marcharse, pero sus ojos estaban clavados.
Mientras tanto, él sonreía mirando hacia abajo, con su gesto lascivo, viendo cómo el animal sacaba de la caja a sus pequeños, que casi se estaban ahogando amontonados.
Pasado un rato decidió entrar de nuevo en la casa. Con paso lento se acercó a la escalerilla.
Marina pudo ver su pelo canoso brillando con los últimos rayos de sol.
Entonces uno de los cachorritos apareció en la escena, trotando torpemente sobre sus cuatro patas.
Moviendo su rabito, hipnotizado por el andar del hombre, intentó trepar por el primer escalón de la escalera.
A duras penas consiguió pasarlo, ante la mirada continua de él, que se había percatado de su presencia.
Marina sintió una punzada el pecho.
- No, no serás capaz... - dijo en voz baja, mientras la temblaban las piernas.
Y acto seguido se llevo las manos a la boca, con los ojos en blanco, con el corazón totalmente parado.
La puerta de la cocina de aquel chalet se había cerrado, y fuera en el patio sólo quedaban una perra y sus cinco cachorros, uno de ellos gimoteando malherido contra la verja.
La patada que le había propinado aquel monstruo había sido indescriptible.
Una escena con tanto odio y repulsión no puede ser descrita, no hay adjetivos suficientes.
Sólo quedó en el ambiente el sonido del corazón de Marina, latiendo de golpe, a mil por hora.
Aquella noche no pudo dormir bien.
Y a la mañana siguiente, antes de irse miró por su ventana, pero no pudo ver nada a través de los árboles.
Los días posteriores pasaron de una forma lenta e insidiosa.
Y así pudo descubrir que en el patio sólo quedaban una perra y cuatro cachorros, el último no había sobrevivido al traumatismo.
Un día, cercano ya a la Semana Santa, a estación estaba llena de gente.
Marina lo vio. Hacia mucho tiempo que no se encontraban.
Ella volvió a pasar desapercibida, él de nuevo oteaba en la orilla del andén, esperando.
A lo lejos se oyó el ruido de una máquina acercándose.
Los pasajeros bostezaban, ya era la hora.
Unos brazos delgados y firmes aparecieron de la nada.
El tren llegó, pero nadie pudo llegar aquella mañana a su trabajo.
Cuando Marina volvió a casa su madre se quedó atónita al enterarse de la noticia.
Un hombre se había suicidado en la estación.
Ella no quiso hablar del tema, se excusó diciendo que tenía muchos apuntes atrasados.
Antes de sentarse, miró por la ventana. En el chalet de enfrente unos policías inspeccionaban a través de la valla.
Marina se colocó en su escritorio y sacó los libros.
Hacia calor.
Se arremangó la camisa, dejando al descubierto sus brazos. Delgados.
Delgados.
Pero firmes.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Dra. Aragón
Sí, esto es para ti, porque me acompañas en silencio en el metro, en tu coche o en cualquier lugar.
Que aunque no hables demasiado siempre estás, dándome esa paz que a veces no encuentro por mí misma.
Tú, que formas parte de este mundo "medicinal" tan sumamente complicado, tú que también has notado cómo a veces pesa demasiado la cabeza y duele el cuello.
Aunque ahora hablemos menos, aunque no coincidamos en los mismo sitios, sabes que vuelvo a colocar un barco de papel sobre la taza té y que tengo fe en que todo saldrá bien.
Gracias por entrar aquí, con tu silencio, y esos abrazos que tanto bien hacen a todos.
(con sabor a sugus)
En mi mesa guardo tu marcador de páginas, entre mis libros hay alguno tuyo,
y siento cómo el apoyo en estos días de miedo y esfuerzo fluye entre ambas, entre todos, como siempre ha sido y será.
¿Oyes el piano? Suena con fuerza, cada vez más rápido, con más ritmo y melodía,
porque podemos con esto.
Siempre.
Que aunque no hables demasiado siempre estás, dándome esa paz que a veces no encuentro por mí misma.
Tú, que formas parte de este mundo "medicinal" tan sumamente complicado, tú que también has notado cómo a veces pesa demasiado la cabeza y duele el cuello.
Aunque ahora hablemos menos, aunque no coincidamos en los mismo sitios, sabes que vuelvo a colocar un barco de papel sobre la taza té y que tengo fe en que todo saldrá bien.
Gracias por entrar aquí, con tu silencio, y esos abrazos que tanto bien hacen a todos.
(con sabor a sugus)
En mi mesa guardo tu marcador de páginas, entre mis libros hay alguno tuyo,
y siento cómo el apoyo en estos días de miedo y esfuerzo fluye entre ambas, entre todos, como siempre ha sido y será.
¿Oyes el piano? Suena con fuerza, cada vez más rápido, con más ritmo y melodía,
porque podemos con esto.
Siempre.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Pre-exámenes
A mi tampoco me gusta que me ignoren y luego me sonrían, pero debes comprender que no es fácil "ser" un ser humano, pequeña Sunniesoop.
La gente está loca, está para que la encierren, para que la traten y la mayoría de ellos no lo saben..
Tú estás loca y yo estoy loco. Y como le decía el papá de Alicia a ésta, "las mejores personas lo están".
A mí me gusta la gente que achina los ojos, aunque se ría pocas veces. Me basta con verlos hacerlo una vez. O los que no tienen tiempo y aún así lo pierden contigo.
He echado de mi vida a los que tienen dos caras malas. Todos tenemos dos caras, o diez o treinta. Y alguna será peor que las demás. Pero si tienes todas feas estás perdiendo el tiempo conmigo.
Sabes, pequeña Sunniesoop, a mí, durante mi vida, me han herido, maltratado, escupido e infravalorado infinitas veces.
Pero siempre he ganado, porque nunca dejé que me cambiaran.
Y aunque me duela perder la ilusión más me dolería no tenerla jamás.
¿Me entiendes? Mejor tenerla y perderla, mejor dormirse y despertarse cansado, mejor correr y caerse, mucho mejor enamorarse y sufrir, que no haber conocido el amor jamás.
Por eso no temas cuando utilizan tus textos, cuando usan tus palabras mintiendo, cuando tu verdad no se hace ver.
Los locos no tenemos miedo a nada.
La gente está loca, está para que la encierren, para que la traten y la mayoría de ellos no lo saben..
Tú estás loca y yo estoy loco. Y como le decía el papá de Alicia a ésta, "las mejores personas lo están".
A mí me gusta la gente que achina los ojos, aunque se ría pocas veces. Me basta con verlos hacerlo una vez. O los que no tienen tiempo y aún así lo pierden contigo.
He echado de mi vida a los que tienen dos caras malas. Todos tenemos dos caras, o diez o treinta. Y alguna será peor que las demás. Pero si tienes todas feas estás perdiendo el tiempo conmigo.
Sabes, pequeña Sunniesoop, a mí, durante mi vida, me han herido, maltratado, escupido e infravalorado infinitas veces.
Pero siempre he ganado, porque nunca dejé que me cambiaran.
Y aunque me duela perder la ilusión más me dolería no tenerla jamás.
¿Me entiendes? Mejor tenerla y perderla, mejor dormirse y despertarse cansado, mejor correr y caerse, mucho mejor enamorarse y sufrir, que no haber conocido el amor jamás.
Por eso no temas cuando utilizan tus textos, cuando usan tus palabras mintiendo, cuando tu verdad no se hace ver.
Los locos no tenemos miedo a nada.
martes, 22 de noviembre de 2011
Las varillas de incienso
Huan Yue no sabe que hemos cambiado de gobierno. Reposa tranquila, sobre un colchón especial que, gracias a la donación de un anónimo desinteresado, el hospital ha conseguido comprar para ella . Es especial porque lo llaman "antiescaras" y sirve para aquellos pacientes que están y, posiblemente, estarán mucho tiempo encamados.
Su habitación se ha convertido en el rincón de paz de la tercera planta. Aunque las dobles puertas permanecen obligatoriamente cerradas, por la rendija inferior se cuela hacia el pasillo común una fragancia única.
Son las decenas de varillas de incienso ardiendo a la vez.
Ella no puede olerlas, pero sus hijos saben que así se curará pronto.
En el resto de habitaciones la gente comenta el partido del Atlético de Madrid contra el Levante, la sanción impuesta a Telecinco, lo malo o bueno que es el menú del día en la cafetería y lo difícil que es aparcar a esas horas por la zona. La gran mayoría hace gracias satíricas sobre la situación de España: "ya no existe el vello púbico señora, ahora es vello pivado", "llevamos 24 horas y ya me han ofrecido cuatro empleos nuevos..." y otros, algunos, lloran, tras recibir malas noticias que poco tienen que ver con la carrera profesional de la mujer del nuevo presidente.
Huan Yue tiene el pelo lacio y envejecido. Lleva tumbada en la misma cama desde el mes de enero.
Y aún no ha abierto los ojos.
De su cuerpo salen tubos de todos los tamaños y los que entran a verla van cubiertos de arriba abajo, sabiendo que no pueden tocarla, que el contacto implica riesgo para su vida.
Sólo sus hijos pueden pasar unos minutos, sin cubrirse, para orar junto a ella.
Y para volver a encender, cada día, las varillas de incienso.
Dedicado a ti, porque me recuerdas lo que verdaderamente importa.
viernes, 18 de noviembre de 2011
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