lunes, 28 de marzo de 2011

El último lunes de marzo

Hoy conocí a una mujer amarilla. Tan amarilla como el sol, como el centro de las margaritas, como si fuera un personaje de los Simpsons. Sus manos, sus ojos, sus labios, todo menos el pelo.
Su piel era amarilla como los pétalos de los girasoles, como el tractor amarillo, como un limón.
Podría haberla conocido en un carnaval, en un mundo paralelo, en una fiesta de pinturas...pero realmente estaba muy enferma y su aspecto sólo era la punta del iceberg de su malestar.
Sobre la cama blanca parecía una alucinación. Me costó acostumbrar la vista a su color.
Y aún más no reflejar en mi rostro los cien mil símiles que se me iban ocurriendo al observarla.
Fue un alivio verla sonreír, supongo que se había acostumbrado a verse así.
Al salir de la habitación el oncólogo nos miró, esperando nuestra reacción, pero no sabíamos qué decir sin parecer demasiado absurdas.
- A veces llegan a ponerse verdosos, cuando aumenta mucho más la ictericia...
Y ambas pusimos los ojos como platos.

Hoy he visto a una mujer amarilla que lucha por vivir, pero que no ganará.
Hoy he visto morir a un hombre al que conocí hace un mes.
He visto a la muerte levantar el puño airosa.
Pero también he visto ganar a la vida.
He visto el agradecimiento en unos ojos llorosos.
Y entereza en los rostros.
Y valor en las miradas.

Supongo que todavía es complicado acostumbrarse a estar tan cerca de la batalla que ambas libran a diario. Y más aún creer que en un futuro seré partícipe de sus disputas.
A veces lucharé por ayudar a una. A veces dejaré que la otra gane, pero de forma digna.
Y la vida y la muerte me mirarán de soslayo, preguntándose porque los seres humanos nos empeñamos en entrometernos en sus asuntos.

Algún día mis manos tocarán hombros y resolverán dudas.
Hoy por hoy, me da mucho miedo.
Pero sí me veo capaz de luchar.
Y si vuelvo a ver a una mujer amarilla, le contaré que en algún lugar vive otra igual que ella.
Tan amarilla como el submarino de los Beatles, como los pollitos, como la yema de los huevos fritos de corral...

miércoles, 23 de marzo de 2011

Hoy

Voy a reírme boca abajo, colgada de la rama más alta del árbol.
Quiero que la risa retumbe en la montaña y vuelva, como si millones de boomerangs diminutos recorriesen el aire.
Y que mi pelo cubra mi cara y los animales que pasen a mi lado crean que soy un paragüas dado la vuelta que quedó atrapado ahí.
Después me quitaré las botas y pasearé en calcetines por la hierba mojada y cuando éstos estén calados los arrojaré lo más lejos que pueda y luego diré que me los robaron unos mapaches gigantes.
Y surcaré el barro con los dedos y bailaré la canción de las nubes grises que no quieren marcharse.
Hasta que me canse. Y cuando lo haga me sentaré en alguna roca plana a comer una rebanada de pan con queso, pero no uno cualquiera, sino el mismo queso que Heidi y su abuelo comían en la cabaña de los Alpes suizos.
Y alomejor entonces me entrará sueño y silbaré fuerte, para que un oso gigante aparezca y me coloque en su espalda.
Y me lleve a casa, de vuelta. Y en el viaje me dormiré sobre su pelo blanco mientras los árboles me acarician la cabeza al pasar y susurran "Adiós pequeña Laura".

martes, 22 de marzo de 2011

Energía

Había echado de menos las hierbas silvestres moviéndose a través de la ventanilla, como si naciesen del aire y rozasen el cielo casi sin pisar la tierra.
Había olvidado el olor a sol, el olor del sol en las aceras cuando sales a la calle y no hace frío y todo el mundo se cree que se puede ir en manga corta.
Lo había olvidado casi por completo.
Tu cara cuando estás descansado y despreocupado, tu risa cuando nada te aprisiona ni te hace sufrir. La había echado tanto de menos que casi no pude reconocerla cuando regresó.
Pero lo ha hecho. Y ha venido acompañada de tus gracias tontas que no me hacen reír, de tus correcciones continuas cuando yo hablo demasiado rápido, de tu mundo irrefrenable lleno de llamadas al móvil, viajes de aquí para allá, movimiento sin comienzo ni fin.
Echaba de menos la energía que emana de ti cuando controlas el mundo. Y ahora que ha vuelto de nuevo extiendo mis manos esperando que se enrede entre mis dedos y trepe por ellos, hasta alcanzar mi cuello y quedarse ahí enlazada.
Y tintinee conmigo cuando camine moviendo las caderas.
Hacía tanto tiempo que no despertabas... que ahora que lo has hecho el mundo ha explotado.
Y Gadafi se queda sin fuerzas contra la Coalición.
Y Japón se recupera un poquito.
Que me llamen tonta y absurda, pero sé que si ocurre algo bueno es porque tú ya no estás dormido...
o por lo menos si no has cambiado tú el mundo,
sí has transformado mi optimismo.
Tu felicidad y tu fuerza son mis pilares.
Y sé que volverás a preocuparte por tus circunstancias y por los que te quieren. Volverás otra vez a no dormir, a trabajar sin descanso, a enfrentarte tú solo a los villanos.
Pero esta vez no olvidaré tu sonrisa, porque nadie podrá arrebatárnosla.

domingo, 20 de marzo de 2011

Springsprung

Ya sale el sol, pero todavía se cuela el frío en las manos y en las caras. Y el otro frío, ese que vive durante todo el año en las almas de muchos, aún perdura. Las risas de los niños inundan la calle, juegan entretenidos sin pensar en el mañana, como mucho les preocupa que habrá de cena esta noche.
Quizás eso me da envidia, quizás echo de menos el dulce sabor de la ignorancia.
No me acostumbro a crecer, quizás no sé crecer. A veces me siento demasiado adulta, a veces extremadamente infantil. Si algún día logró encontrar el término medio no sé si será una buena noticia tampoco.
Me gusta no pensar en nada y escribir, como hago ahora mismo. No pienso en rimar, ni en que quede bien o que agrade a quién lo lea. Hoy es de esos insípidos domingos que obligatoriamente pasas en casa porque los apuntes y libros no saben cuidarse por sí mismos. Tanto conocimiento en sus páginas para nada, para luego no poder quedarse solos...Hoy bajaría hasta el coche en chándal y conduciría a alguno de esos hermosos campos llenos de amapolas, para tumbarme allí y escuchar qué me cuentan los árboles.
Si pudiera no iría sola, se disfruta mucho más acompañada. Si pudiera me quedaría por siempre allí, como una flor más, aunque nunca tan bella y grácil.
Me gusta la vida cuando llega la primavera porque todos parecemos un poco más sanos, más vivos, escondidos muchos detrás de pañuelos de papel y disparamos estornudos.
La piel se enrojece y calienta, los bichos proliferan y los niveles de polen llegan a tapar la atmósfera. Es primavera en nuestra porción de mundo.
Llegó la primavera a nuestra porción de mundo...


(Fotógrafo: George Holz)

miércoles, 16 de marzo de 2011

Gaia hoy no puedo quererte

Pasó su mano manchada de polvo por encima de su pelo. Se sorprendió al tocarlo, era duro y liso, como las cerdas de las escobas. Aquel pequeño de ojos rasgados estaba sentado en suelo, con las manos y los pies llenos de barro y la ropa sucia. Tenía el terror en los ojos.
Parecía que había corrido durante horas, pues su pecho ascendía y descendía rápido y rítmico, sólo interrumpido por algún ataque de tos, fruto del polvo que se levantaba por doquier.
El niño de piel negra siguió acariciendo su cabeza, suavemente, algo que había aprendido a hacer tan bien como su madre, tras aprender de ella que esos gestos son los que calman el hambre, el miedo y la sed.
Alrededor de ellos el mundo se había parado. Lo hizo en el mismo instante en que el agua tocó la tierra.
La muerte y la desesperación inundaban cada rincón, arrasando todo a su paso. Destruyendo vidas, sueños y proyectos. Destrozando almas y enfermando corazones.
El llanto y la angustia recorrían el aire, eran respirados junto al polvo y deglutidos con el humo.
Incluso la impotencia se colaba en la piel, más adentro, con la radiación.
El niño de piel negra se sentó y miró a su amigo que temblaba.
Al niño de piel negra le faltaban un ojo y una pierna.
Él ya había vivido algo parecido a eso, por eso estaba allí. No iba a dejarle solo ahora.
Por eso el pequeño de ojos rasgados sentía una punzada de esperanza, algo que le obligaba a no rendirse. Por él. Entrelazaron sus manos, como si así nada ni nadie pudiera separarles.

El niño de piel negra observó a su amigo. Estaba asustado y sucio, pero parecía fuerte. Nada podría con él.
El niño de ojos rasgados le devolvió la mirada, descubriendo un hueco en su cara. Entonces alzó su manita y lo tocó. No era algo extraño, no eran tan diferentes.

Los dos pequeños se incorporaron, aferrándose el uno al otro.
El niño de la piel negra iba descalzo. El de los ojos rasgados se quitó sus zapatos.
Y así emprendieron un nuevo camino.

martes, 15 de marzo de 2011

Palmera de chocolate blanco

Parecían dos jóvenes más comiendo a las tres de la tarde en una cafetería universitaria.
Ella con pañuelo al cuello, melena negra, ojos color miel que se le achinan al reírse, botas hasta las rodillas y sueños en los bolsillos.
Él alto, castaño, con gesto cansado, reflejo de una mañana interminable, jersey blanco con rayas grises, mirada tranquila, ojos achinados siempre, se ría o no.
Parecían dos desconocidos que conversan con otros en la misma mesa, que también cuentan historias. Dos amigos o dos conocidos. Dos personas. Desde lejos parecían un chico y una chica como cualquier otro ser humano. Iguales a otros seres humanos.
Él en un lado de la mesa, ella en otro. Riendo, contando, participando.

Era una estampa más de las tardes universitarias de marzo, preludio de un verano cercano y unos exámenes que ya causan algún que otro insomnio.

Nada era extraño. Ella se levantó de su asiento y compró una palmera de chocolate blanco, gigante.
Después la partió por la mitad, dejando una parte en el plato y llevándose la otra consigo.
Se sentó sobre una mesa, con las piernas colgando y empezó a devorar despacito los bordes.
Entonces él, como si lo hubieran estado ensayando meses y meses antes, alargó el brazo y levantó la otra porción.
Después, con sumo cuidado, pero como si no estuviera prestando nada de atención a lo que hacía, empezó a quitar la parte de afuera y a amontonar los trocitos en un lado.
Nadie se soprendió, nadie les observaba, nadie pensó en ese momento en ellos ni en palmeras de chocolate blanco.
Siguieron hablando todos, como si tal cosa, como si nada de lo que estuviera sucediendo fuera trascendental.
No lo era para el resto del mundo.
Cuando ella terminó, sólo quedaba el corazón de la palmera. Entonces se levantó de la mesa y lo dejó en el plato. Después él, que ya había terminado también, lo cogió con cuidado.
Y ella recogió los bordes.
Lentamente cumplieron un ritual, unas manías bellísimas que les complementaban de una forma tan sencilla y anodina. Él odiaba los bordes de la palmera y a ella no le hcía mucha gracia el centro. Nunca se lo dijeron, simplemente se acostumbraron a concederse esos detalles, a acoplar sus defectos y virtudes como lo hacen las cremalleras o los botones y sus ojales.
Nadie se dio cuenta, nadie se percató de lo que sucedía.
Y por eso fue uno de los momento más hermosos que he contemplado.

domingo, 13 de marzo de 2011

Vámonos

Eran unos treinta hombres, con sus respectivas esposas. Cabezas grandes y pequeñas, cerebros pequeños y.... medianos. Joyas, humo y alcohol ponían en el ambiente algo de elegancia, conversación y estupefacción.
Loren y Joan se miraban desde los sitios que ocupaban en la sala, lo suficientemente alejados como para que no pudieran cometer alguna estupidez. O por lo menos eso le había dicho Madre.
Pero ambos sabían que sólo era cuestión de tiempo. Aquella noche sería inolvidable para ellos y un mal presagio para otros, pues ninguna de las vidas de los que entonces reían y difamaban a la corona volvería a ser normal.
Las noticias de que la guerra estaba resultando un desastre para los aliados eran recibidas con pánico maquillado y manos sudorosas. Aunque aquello era algo muy lejano en la villa de los Delein, todos eran conscientes de que el mundo estaba transformándose y, después de tantos años protegidos por las clases sociales y el dinero, sus corazas no iban a ser efectivas contra los puños levantados.
Puños ennegrecidos por el trabajo y el sufrimiento, como los de Joan.
Totalmente opuestos a los dedos finos y nacarados de Loren.
Pero sólo hacía dos semanas que ella había saltado las verjas de la finca para reunirse con él y otros jóvenes, dispuestos a defender los ideales por los que otros habían muerto. Por eso sus manos estaban ásperas, de aferrarse a los principios
y las suelas de sus botines desgastadas, de correr hacia la libertad.
Siempre junto a Joan.
Él fue quién le mostró ese mundo de mujeres vivas y reflexivas, de amor con respeto y del placer que se alcanza, a veces, con una simple mirada.
Y por eso los padres de Loren la habían encerrado, aterrados al ver como su pequeña niña de porcelana quería destruir lo que eran ellos mismos. Madre intentó en vano hacerla entrar en razón, que viera que una mujer sólo es libre cuando tiene un marido poderoso o adinerado, porque puede vivir sin preocupaciones.
Pero la joven había cambiado, ya nada en sí misma era igual tras los encuentros con aquel joven moreno.
Aquella noche era especial, no era otra reunión más de las altas familias de la región. El matrimonio de los Delein iba a anunciar el compromiso de su única hija con un terrateniente llamado C. O, reciente poseedor de la mitad de tierras de aquella comarca.
Todos sabían lo que eso significaba: la futura pareja controlaría las relaciones comerciales e industriales de toda la zona.
Cuando Loren recibió la noticia se vino abajo, pero luego tuvo varias ideas que vertió en Joan, en una de sus escapadas.

- Me casaré con él y poseeré todo lo suyo. De esa forma podré cambiar las cosas, desde lo alto Joan ¿no lo comprendes?, confiará en mí y yo...
- No - había dicho él. - No sacrificarás tu vida por esto. Te quiero Loren y aunque haya jurado luchar hasta la muerte por la libertad, que me llamen egoísta, pero no renunciaré a ti por eso.


La sala abarrotada fue silenciada por la mano en alto de Patrick Delein.
Tras un largo discurso venerando las cualidades de su futuro yerno, anunció lo esperado.
Los aplausos y asentimientos recorrieron la amplia estancia, hasta llegar a Joan, que no se inmutó.
Entonces Loren dio un paso al frente, rompiendo el protocolo, y habló.

-No voy a casarme. No estoy enamorada de él. No es él a quién quiero.

Gritos ahogados escaparon de algunas gargantas y más de uno se atragantó con la copa, entre ellos su propio padre.
- Desde pequeña he vivido feliz, en una casa y con una familia, a la que debo todo.
Por eso no penséis que disfruto haciéndoos esto, yo también sufro, pero no tengo más opciones.
Quiero vivir. Quiero ser la mujer que llevo dentro y que pretendéis destruir. Yo no nací para tener ese marido, no nací para llevar vestidos y portar joyas. Quiero vivir mi vida.
Dentro de un tiempo todo cambiará. Los títulos que hoy os alzan, mañana os condenarán.
Ahora tenéis la oportunidad de redimir vuestra arrogancia e intolerancia hacia los otros, ¡aprended a trabajar con vuestras manos! ¡mujeres, dejad de obedeced y actuar por vosotras mismas!-.

Al oírla Madre cayó al suelo.

- Me voy y nadie podrá impedírmelo. Nunca más, nadie más, controlará mi vida salvo yo misma.

Antes de que nadie pudiera rebatirla Joan corrió, se acercó a ella y besó su frente.

- Vámonos - le susurró llorando emocionado.

Y asiendo su mano la llevó afuera, ante la fría e impotente mirada de los otros.
Fuera de la casa, de las velas amarillentas, del olor a tabaco y lilas.
Fuera, dónde podía respirar.
No se miraron, ni siquiera cuando ella rasgó su vestido para poder sentir la hierba rozándole las piernas.
Caminaron despacio, sin rumbo.
Él silbaba una melodía que ella conocía, mientras sus manos entrelazadas se habían adaptado a estar así, tanto que parecía como si ya no sirvieran para otra más que para estar unidas.
Ella suspiró feliz. Su meta, a su lado, era que el tiempo pasase, sin esperar nada.
Porque desde instante, al darse cuenta de que el mundo ya no podía hacerles ningún daño,
habían descubierto que tenían todo por delante.



Te lo dedico a ti Jesús, por ser mi inspiración cada día.

sábado, 12 de marzo de 2011

La pantera


Raine Maria Rilke - La Pantera
Del deambular de las barras se ha cansado tanto
su mirada, que ya nada retiene.
Es como si hubiera mil barras
y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.

El suave andar de pasos flexibles y fuertes,
que gira en el más pequeño círculo,
es como una danza de fuerza entorno a un centro
en el que se yergue una gran voluntad dormida.

Sólo a veces se abre mudo el velo
de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,
recorre la tensa quietud de sus miembros
y en el corazón su existencia acaba.

domingo, 6 de marzo de 2011

Señor Nadie

Estaba tumbado, boca abajo.
Muchos amanecieron así. En retretes de bares, en suelos de prostíbulos, en camas de hotel y habitaciones con pósters de Robert Pattinson.
Poco a poco iban despertando. Unos de un profundo sueño del que la borrachera fue responsable, ahora convertida en resaca dominical. Otros apestando a látex, tras una noche de desenfreno. Otros, por el contrario, esperaban en urgencias a que alguien les dijese como estaba su amigo, su primo, su vecina...con un brazo roto, un infarto después de la cena de ayer, un parto repentino a los 7 meses y medio.
Otros simplemente dormían, recuperando las horas que los días de la semana engullen sin educación.
Pero él no despertaba.
Sus manos negras, entumecidas, parecían agarrar algo invisible.
Sus párpados cerrados ocultaban unos ojos azules que habían visto demasiadas cosas.
Cuando la policía llegó sólo unos hombres estaban allí, a unos metros de él, observándole en silencio.
A veces alguien decía "pobre hombre" y no había respuesta.
La policía esperó al forense y al juez. Las dos mujeres llegaron rápidamente y pidieron a la gente que las dejase trabajar.
A las 12:30 se levantó el cadáver.

Señor Nadie de Nada. Hijo de Quién Sabe y Quién Sea, nacido en Alguna Parte, a la edad Bastantes años, ha fallecido hoy, en la madrugada del día seis de marzo, aproximadamente a las 4 horas de la mañana, por hipotermia.
Su cuerpo no aguantó el frío.
Nadie era un indigente, pero ese no era su verdadero nombre. Nadie fue un niño con padres, quizás infancia feliz, quizás no. Puede que tuviera hijos y esposa, puede que hubiese trabajado alguna vez o hubiese viajado a alguna parte.
Pero ahora sólo era un "pobre hombre".

Dicen que su corazón se fue parando. Primero se helaron las puntas de sus dedos, después los dedos y las muñecas. Más tarde los pies, los tobillos, las piernas. La sangre de su cuerpo iba enfriándose lentamente y moviéndose cada vez más despacio.
Empezó a respirar deprisa, a marearse, a sentir confuso. Después su corazón no pudo combatir y se fue enlenteciendo.
Su cuello estaba rígido, sus miembros, su cara.
Cerró los ojos, sus ojos azules.
Y murió.

Hoy es un día precioso de domingo. Con su sol, con su olor a casi primavera.
Pero no podía escribir nada bello después de conocer una noticia así.
Ese hombre murió de algo evitable.
Y no es un caso único, se repite noche tras noche.
La indigencia no es una elección.
Por él, aunque no sirva de mucho, escribí esta entrada.

Señor Nadie, para ti.

domingo, 27 de febrero de 2011

En tus dedos

Te he mirado a los ojos, esos que se alzan entre la gente, que nunca pasarán desapercibidos.
Te he mirado y me he quedado dormida en ellos, meciéndome en tus párpados.
Te he mirado tanto...que jamás podré dejar de mirarte.
Ni de amarte, ni de odiarte.
Eres la única guía del camino, la que todo lo controla. Podría cambiar mi rumbo y mis pasos sólo si tú me lo pidieras, pero no vas a hacerlo.
Guardas mis sueños bajo tu pecho, para que ni el sol puedo calentarlos demasiado, ni la noche sea capaz de confundirlos.
Los llevas contigo, de las misma manera que transportas en tu cabeza mi imagen, en tus labios mi entrega y en tus manos mi esfuerzo.
Por eso cuando te quedas me siento llena y, después, me vacías, para que el peso del mundo no pueda conmigo.
Te dije que estaba triste y sólo respondiste "no hay razón".
Te comenté que tenía miedos, a lo que contestaste "transfórmalo en energía".
Te susurré tantas cosas, la mayoría sin sentido, y siempre respondiste algo que les diera valor.
Volqué mis recuerdos en ti y te bañaste en ellos.
Para después entregarme una caja con toda tu vida.
Me diste fuerzas, aún no teniéndolas tú.
Y hoy me miras, me miras y callas. No esperas nada, sólo respiras lento, tranquilo.
Con esa paz que sólo tienen los que han vivido demasiadas cosas y no temen nada.
Con esa mirada verde inquebrantable.
Con mi fe
y mi vida
en tus dedos.

martes, 22 de febrero de 2011

*****


Hoy un padre miraba a su hija de diez años medio asustado y medio sorprendido.
Cuando la doctora le preguntó si ella tenía ya la regla, palideció,
murmurando un "no...", como si en ese momento estuviera viendo pasar los diez últimos años de su vida ante él. Por eso sonreí, sin darme cuenta, viéndole temblar.

Y un niño, de unos siete años, nos ha contado a María y a mí lo importante que es acordarse de las katas en judo, porque si no jamás pasará de ser cinturón blanco a blanco-amarillo.
Él también palideció cuando su madre y la doctora dudaron si ese deporte era bueno para su espalda.
Por eso gritó de repente que corría mucho y saludaba al empezar y al terminar y eso era muy bueno para su cuerpo. Las convenció.
Hoy un padre con un ojo de cristal ponía en duda la palabra de su hijo adolescente, el cual juraba y perjuraba que la última radiografía se lo hicieron con la calza puesta. Me dio pena la falta de confianza, en mis pensamientos le llamé "padre tirano", pero me arrepentí al verles salir por la puerta, cuando le sujetó el cuello a su hijo y le guiñó el ojo. El de cristal no, el otro.
Y una señora que tenía los oídos taponados por el catarro se ha quedado frente a la pared, subida en la camilla, sobre las rodillas, porque no nos ha oído decirle "ya se puede bajar y vestir..." y hemos acabado riéndonos las cuatro tras esos segundos tan extraños.
He tocado un brazo inflamado y he visto el lugar donde antes había una mama. Eso me ha tocado a mí. No quiero decir que sea una visión asombrosa, ni fea, ni emotiva.
Simplemente como mujer he sentido algo que me ha unido a ella.

Cada día me gusta más el mundo, me gustan más las personas, incluso las que te hacen dudarlo.
Porque merece la pena.

domingo, 20 de febrero de 2011

IDTB

Hay personas que se empeñan en parecer ángeles, cuando sólo son despojos. Se rodean de pensamientos protectores, encienden el mecanismo de autoengaño en sus mentes y así dirigen sus vidas, hundidos entre la vida y lo que les quita el sueño.
Por desgracia nadie puede salvarlos, pues cuando una cabeza está en medio de su propia fantasía no es posible desconectarla.
Hace tiempo decidí alejarme de esas personas, esas que con sólo respirar pueden destrozarte usando como armas sus mentiras y ganas de causar catástrofes.
Vacías, ausentes, inestables, peligrosas.
Antes, cuando me paraba a ver el camino recorrido me dolía el pecho, me quemaba, por ellas.
Ahora, será la experiencia, sólo me causan indiferencia.
No quiero morir sabiendo que les dediqué demasiado tiempo, pero sí quiero asegurarme de que de todo aprendí.
Por eso siempre les estaré muy agradecida.
Esto lo he aprendido de mis padres, de sus vivencias, de mi hermana y las suyas, de mi familia.
Ellos que se sentaron a mi lado cuando perdí a alguna amiga, cuando perdí las fuerzas.
Los mismos que me enseñaron a vivir sin rencor, pero con disciplina.
Si hay algo de lo que estoy orgullosa es de avanzar en línea recta, de haber perdido la debilidad.
Por eso hoy alzo el vuelo, como cada día, consciente de que por fin me siento indestructible.
"No hay mal que por bien no venga"

sábado, 19 de febrero de 2011

Páginas




Estoy metida, hundida, atrapada, cegada, obsesionada, eclipsada...
Dime, abuelo, de dónde vienen las historias fantásticas, los reinos inventados, las lenguas imposibles y la magia de los dioses. Dímelo, yo también quiero formar parte de ellos.
Dímelo, que sólo tú lo sabes, tú lo has visto.
Por eso cuando leo, regresas y juntos desaparecemos.



Página 152. Capítulo 15. El nombre del viento de Patrick Rothfuss

"Mis padres bailaron juntos; mi madre con la cabeza apoyada en el pecho de mi padre. Ambos tenían los ojos cerrados y parecían perfectamente satisfechos. Si encuentras a una persona así, alguien a quien puedas abrazar y con la que puedas cerrar los ojos a todo lo demás, puedes considerarte muy afortunado. Aunque solo dure un minuto, o un día. Después de tantos años, esa imagen de mis padres meciéndose suavemente al son de la música es, para mí, la imagen del amor."


Sin palabras.

domingo, 13 de febrero de 2011

Heroína

Él se ha ido. Cerró la puerta, sonó diferente, sonó a "no volver".
Antes, otras veces, se iba y el ruido antecedía a un "dentro de dos días", "esta noche".
Hoy fue rotundo, no volverá.
Lo sabe porque se ha llevado su pequeño cortauñas, ese que deja sobre la repisa de la ducha, que no se oxida porque no es de metal, ese cacharro viejo que le regaló cuando no tenían dinero y cenaban besos con coca cola.
Lo sabe porque ha colocado su copia de las llaves en la cesta de la entrada.
- Quédate con lo demás, no lo necesito - ha dicho mientras sus camisas eran engullidas por una bolsa de deporte azul - si me dejo algo importante, le diré a mi hermana que venga a buscarlo - y así, con esas palabras, metió los calcetines, los calzoncillos y las corbatas.
Después se encerró en el baño, con la excusa de llamar a un amigo para que viniera a buscarlo.
Ella no le creyó, pero no dijo nada. Le conocía tanto que sabía cómo mentía.
Además, le escuchó llorar desconsolado tras la puerta.
Sin contar con que había olvidado coger el móvil que se estaba cargando sobre la mesa del salón.

Antes, cuando alguno de los dos lloraba, el otro encendía una vela, para ahuyentar el miedo y luego rodeaba con sus brazos el cuerpo del otro y susurraba, despacio, que no existe camino sin baches, ni éxito sin derrotas.
Pero esta vez nadie podía encender velas, ni susurrar, ni tocarse.
Hoy los dos se morían de miedo.
Él salió del baño, con los ojos rojos e hinchados, no pudo mirarla.
Pasó a su lado, sin rozarla, sintiendo como le quemaba la piel, como ardía en deseos de abrazarla y quedarse ahí, eternamente.
Pero no lo hizo.
Y ella sintió como el ácido de la ruptura corría por sus venas y llegaba al corazón, deshaciendo cada pedazo de sí misma.
Entonces se le paró el corazón.

Él se ha ido. Cogió sus cosas y se marchó, dejando solo su ausencia colgada en el perchero, enfriándose en la nevera y empolvándose en las estanterías.
Se ha ido y nunca volverá - se repetía ella - y nunca volverá, nunca volverá, nunca volverá.
Lentamente, arrastrándose, llegó al cuarto y se tumbó en la cama.
Al llevarse la mano al corazón se percató de que no había latido, no había nada. Estaba muriendo.
El aire empezó a faltar en la habitación, era como si él se lo hubiese llevado consigo atado a su reloj de pulsera.
Podía levantarse y abrir la ventana, pero no había motivos para hacerlo. No merecía la pena.
Y así pasaron los días. No abrió la puerta. No atendió llamadas. No respiró. No lloró.
Se quedó dormida en un sueño profundo dónde el corazón sí latía.
Dónde si había esperanzas.
Una mañana se despertó y él estaba a su lado.
Estaba delgado, feo, seco, casi muerto. Como ella. Algo mejor que ella.
- He vuelto - murmuró.
Entonces se tumbaron juntos, mirando al techo. Ellos no veían el techo, veían la vida.

- ¿Te has metido algo estos días? - preguntó aterrorizado, pero sin mostrarlo con su voz.
Ella negó con la cabeza.
Su piel estaba pegada a sus mejillas, sus ojos se le salían de las cuencas y sus manos temblaban.
Se había hecho heridas en las palmas de tanto apretarse cuando el "mono" la había encañonado contra la pared, pero no se había dejado ganar.
Él la creyó. Esta vez sí.
Por eso apartó su brazo cuando ella quiso enseñarle que no había ningún rastro de marcas nuevas.
- Te creo y te quiero. Jamás me perdonaré esto, jamás, pero era la única manera de salvarte y si tengo que hacerlo de nuevo, no dudaré - le dijo mientras le acariciaba la cabeza.
Y ahí se quedaron, tumbados boca arriba, con las manos entrelazadas y el alma hecha pedazos.
Ella le miró.
- Estas aquí, estás aquí, estás aquí - pensaba.
Le tocó la nariz con ternura.
- Me curaré por ti - le prometió.

sábado, 12 de febrero de 2011

Desde

Desde lo alto, desde dónde tú puedes observarlo todo.
Desde allí, cuídame.
Y vela por cada promesa que te debo.
Desde allí, desde dónde nadie más puede observar el mundo, abrázame.
Y convierte mis miedos en niebla,
que mi sonrisa será la luz que tú desprendes...
Que mi alma te la entregué con cada mirada,
que nada me vence, me mata, ni me puede
si estás conmigo.

JT

Egipto es libre, Argelia se está rebelando y las momias desde sus sarcófagos buscan en Google una página para comprar aloe vera canario, pues en un vídeo de youtube una chica irlandesa decía que es muy bueno para la piel.
El mundo cambia, hoy todos los egipcios marcaron con sangre de cordero las puertas de sus casas, menos Hosni. Moisés desde su nube observa el mundo, le cuesta entenderlo, su mente no fue hecha para comprender este siglo, ni las mentes de muchos.
Todo se mueve, demasiado rápido, entre borreguismos, corrupciones, falsa moral y lucha de clases.
Y dentro estás tú y me dices ¿nos bajamos un rato? y sin que me de tiempo a responder agarras mi mano para irnos.
Y sonríes sincero cuando te digo que sí, pero un rato, que tenemos trabajo.

Entonces el mundo se queda ahí, girando alrededor del gran astro, mientras tú y yo nos alejamos al lugar de dónde vinimos, un poco más lejos, detrás de algún planeta.
Ese lugar que te dio la mirada y las manos,
y a mi me dio la vida.
El lugar dónde te conocí, Jesús.

sábado, 5 de febrero de 2011

Mubu

Hay días en los que Mubu siente que hay demasiada gente.
Y eso le comprime el pecho, como si se ahogase, como si de repente no hubiera suficiente aire para todos en esta bola de tierra y agua.
Entonces se encoje en su hoyo bajo el árbol, cierra los ojos y piensa. Sus problemas adquieren el tamaño de aceitunas cuando se compara con otros, y eso le alivia.
Hay veces que Mubu no entiende porqué las personas se complican la vida y se torturan o se obsesionan con las pérdidas. ¿¡Es que nadie tiene en cuenta las ganancias?!
Y divagando maldice a aquellos que viven por vivir. Que no cambian. Que son absurdos. Que son inútiles. Que sobran.
Lo peor de todo es que el también es otro eslabón de la cadena. También es prescindible.
Y le duele ser consciente de ello.
A veces Mubu se imagina otra vida, otra filosofía innegable, otras mentes maravillosas a las que venerar.
Y se tranquiliza. Lo bueno de esos ratos es que pasan rápido y luego puede volver a respirar.

Sábados de bicis

Hoy una niña corría de aquí para allá con su bici.
La madre la observaba de reojo, mientras intentaba que su hijo pequeño lograse meter el pie en el pedal. Intento fallido, intento fallido, intento fallido.
Pero no se rendía.
Mientras tanto la niña iba y venía, cada vez un poco más lejos y más lejos.
Hubo un momento en el que se alejó tanto que casi la pierde de vista.
Entonces la mamá gritó: ¡¡VUELVE!!, muy enfadada.
La pequeña, medio asustada medio sorprendida por aquella reacción, regresó cabizbaja y preguntó: ¿Mami, por qué te pones así?
Entonces ella se agachó, para hablarla frente a frente y acarició su mejilla.

- Puedes irte todo lo lejos que tú puedas o creas que puedes alcanzar, pero tienes que volver.

La escuché y seguí caminando, consciente de la verdad absoluta que transmitían esas palabras.

viernes, 4 de febrero de 2011

Horneando el futuro

Si por mi fuera, si lo eligiera, cada día antes de ponerme los zapatos y después de desayunar de pie en la cocina, escucharía una pizca de de música clásica. Una pieza. En directo. Un pieza.
Una pieza de puzzle que completase mi energía para toda la jornada.
Si por mí fuera, después me quedaría quieta, para que nada de lo oído se escapase de la mente.
Y quedase eterna en el alma, dándole color dorado, nacarado, brillante. El mismo que observas cuando te acercas más de lo permitido a un cuadro expuesto.
¿Qué sientes cuando deleitas un bizcocho de chocolate y naranja que hizo mamá ayer por la tarde?
¿A qué sabe el sol de febrero? ¿Es un esbozo que hace Gaia antes de traernos al estival?
Yo creo que es el mismo, que se ha escapado para vernos antes, que no aguantaba más.
Yo tampoco podía aguantarlo. Él tampoco puede resistirse al bizcocho que hizo mamá.
¿A qué sabran los dulces que prepara mamá Sol? ¿Estarán siempre quemados?
¿O es la única que puede hornearlos con caricias?
No, no lo es. Mi madre también puede hacerlo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Febrérides

A veces siento que sólo estoy esperando que llegue algo muy malo, parecido a la muerte y cuando me doy cuenta de ello la música se para, igual que el disco de vinilo después de ponerlo una y otra vez con mis torpes manos de niña de ocho años.
Y en ese momento aprieto los ojos, que no es cerrarlos, sino esconderlos, esperando que alguien me grite que soy un desastre.
Pero no escucho ninguna voz alta, vuelve la luz y unas manos mucho más grandes que las mías, cubiertas de vello, se acercan y colocan bien la aguja del tocadiscos.
Es papá, pensando que sí, que soy un desastre, pero diciéndome que él también lo fue.
Entonces nada me preocupa, ni siquiera pienso que llegará eso tan malo, que no es la muerte, sino algo peor y vuelvo a bailar arrítmica las canciones de Mecano.
- Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre... mientras baila - me dice Isabel Allende desde La isla bajo el mar.
Y no he dejado de bailar desde entonces.

domingo, 30 de enero de 2011

Cartas del pasado

Hace varios años, una noche fría, me puse los cascos del mp3 a todo volumen y puse esta canción.

Me senté frente a mi antiguo escritorio, en silencio, conteniendo mis emociones y comencé a escribir una carta. Por aquel entonces yo era una chica de diecisiete años llena de miedos y de objetivos que todavía veía el futuro como algo muy lejano, pero mi corazón ya había tomado una decisión respecto a mi vida.
Le conocí y le amé desde el primer momento en el que nos vimos.
Nos alejamos, nos acercamos, nos fuimos y volvimos.
Vivimos el amor con todas las edades, por eso me creo dueña de la felicidad.
Mi mayor mérito es haberme enamorado con la pureza de la adolescencia, con el cariño de la inocencia y de la amistad y haber ido construyendo un sentimiento que va más allá del amor terrenal y espiritual. Es inexplicable.
Por eso aquel día, sentada escribiendo, no dejaba terminar la canción y la ponía una y otra vez, sólo porque me acompañaba como banda sonora de lo que intentaba decir.
Aquel papel fue cubriéndose de palabras cargadas de dolor, de puro amor.
Le decía que le quería, que tenía una razón a favor de seguir enamorada de él y otra en contra. Le confesaba que era tal mi sufrimiento por él y lo que acababa de ocurrirle, que estaría allí, como su mejor amiga, aunque me hubiese dicho que le olvidase para siempre.
Y estuve o por lo menos lo intenté.
Ena quella carta volqué mi alma, mis penas y emociones de aquellos momentos y aquella edad.
La escribí quemándome por dentro, con la vaga esperanza de darle fuerzas para que no se rindiera.

- No podemos estar juntos, no es el momento, no puede ser - y yo me reafirmaba en que sus palabras podrían mentirme, pero su mirada verde jamás.
Aquella noche supe que jamás olvidaría cómo la escribí y cada palabra que usé.



Por eso ayer sentí como mi alma se agitaba.
Ayer, varios años después de aquella noche, él, sentado junto a mí, nervioso, me mostró aquel papel que había guardado junto a todas mis otras cartas durante todo este tiempo.
Me miro emocionado y dijo suavemente "léela en alto, por favor".
Entonces me apretó la mano y yo, temblando, comencé a leer.
Volví a sostenerla en mis manos, a pararme en cada sílaba, disfrutando del recuerdo, oyendo aquella música....pero esta vez era todo diferente.

- Si en aquel momento, mientras la escribía, hubiese sabido que hoy estaría aquí leyéndola en alto contigo, no habría podido creerlo - le dije, entre lágrimas.
- Te decía que no podía estar contigo, pero era para que no sufrieras conmigo, nunca he dejado de quererte - susurró.



Mi futuro está escrito con el suyo, no necesito más señales.
Porque le quiero.
Le quiero porque antes de nacer ya le quería.
Y aunque muramos seremos inmortales.

Incongruencias

El mendigo de la esquina cayó al suelo muerto de frío, veloz corrí y le sujeté, él me dijo: Use mi i-phone para llamar. Y lo usé.
La misa de las 12 terminó en aquel momento y las zorras y focas salieron apresuradas, todavía con la ostia en la boca, para tomarse el vermut y quitarse ese sabor de galleta caducada.
Al verme, se acercaron. Al principio tuve miedo, pensé que una manada pintoresca quería devorarme.
Luego vi que debajo de las pieles había ojos y bocas. Respiré aliviado.
Desde una distancia de seguridad me lanzaron pañuelos y monedas, que yo agradecí, sin entender para qué.
Una vez cumplimentaron su buena acción del día, desaparecieron.
A lo lejos un coche de la policía paraba a tomarse el pincho de media mañana, un perro sin correa mordía a un pederasta a la puerta de una guardería y un fumador pasivo era apaleado por mascar chicle en la vía pública.
Ah, no, resultó ser un exfumador en vías de dejarlo. Los chicles eran de nicotina.
Los antitaurinos se manifestaban en la calle contigua, al grito de "basta ya" mientras las SS cargaban sus metralletas desde las azoteas a la espera de una señal.
Y una adolescente embarazada se preguntaba si este mundo era idóneo para criar a su futura hija.
Mientras tanto llegó la ambulancia, privada claro. Tuve que pagar al momento, sólo tenía seis euros. Menos mal que un africano que por allí pasaba dejó su manta en el suelo y me ofreció su tarjeta de crédito.
Fue un golpe de suerte.
Se llevaron al mendigo, al pederasta y a tres drogadictos que debatían sobre la homosexualidad en un banco cercano.
Todo lo pagó el africano, claro.
Una vez recompuesto, seguí andando.
Al llegar a casa, exhausto, mi mujer ama de casa me quitó la zapatillas, me desvistió y me llenó el vaso.
Entonces Dios se sentó a mi lado y tras encenderse un "piti" exclamó:

"Yo no inventé los idiomas para que no pudiérais entenderos, sino para que hubiese más riqueza cultural".

Y asentí, pasándole mi vodka, mientras en la tele le daban el Premio Nobel de la Paz a Satanás.

lunes, 24 de enero de 2011

Siempre

- Madre, ¿por qué la muerte duele tanto?
- No es la muerte la causa del dolor, hijo mío, es la ausencia.
- No entiendo madre.
- Espera un minuto.

- Durante esos sesenta segundos que has guardado silencio, han muerto cuatro niños por inanición. ¿Te duelen sus muertes?

- No sé madre... no siento dolor, pero sí pena por ellos.
- No les pones caras, ni edades y aunque los vieras en fotos tu sentimiento seguiría siendo pena y rabia. Eso eres tú, otro perfectamente podría no sentir nada y no debiéramos llamarlo insensible.
- ¿Ojos que no ven, corazón que no siente?
- No, eso no es totalmente cierto. Hay ojos que lloran sin ver, que sufren sin ver. Las personas no asimilamos la realidad de la misma forma.
- Entiendo...

- Me preguntas por qué duele la muerte y te respondo que no es ella en sí misma, sino la ausencia que deja. Cuando falleció tu padre, tumbado frente a mí, no sentí dolor.
Le observé durante mucho tiempo, no logro recordar cuánto. Le acaricié las manos, le besé los labios, le hablé en voz baja.
Y aún cuando se lo llevaron, e incluso al ver sus cenizas sobrevolar las aguas, seguí sin sentir ningún dolor.
Fue después, cuando vino a visitarme de pronto y decidió quedarse.
Ardía y se propagaba por la casa ascendiendo por las paredes y colándose bajo las puertas.
Se clavó en mi pecho, como una daga, atravesando el corazón de un lado a otro, inundando de sangre mis entrañas.
Y me ahogaba en las fotos, en la cama vacía, en los estantes con sus libros, en la cocina sin su cenicero.
En todas las calles, todos los rostros, todas las noches cálidas y aún más en las frías.
Así me dolió su muerte, hijo mío, pero no fue ella en sí misma, sino su ausencia.

- Entiendo madre.
- La ausencia es la peor de las enfermedades, porque infecta de repente y no puedes hacer otra más que afrontarla. Si lo consigues, la llevarás dentro, mejor o peor, pero jamás te curarás. Tampoco es algo perjudicial, a algunos nos ayuda a valorar la salud, a cuidar la vida.
Otros nunca superan la ausencia, sobre todo si son débiles o si entregaron su vida entera a quién se ha marchado. Pero nadie puede culparlos, es un mal que se acantona en los pulmones y cada vez que respiramos llega a todo el cuerpo, hasta las uñas y las puntas del cabello.

- ¿Tú has superado el dolor, madre?
- No hijo mío, pero tampoco quiero hacerlo. Para mí la propia ausencia me reconforta, me alivia el alma cuando hierve o se agita aquí dentro. Quién nunca ha sufrido dolor por ella, no es realmente humano. Es la esencia de amar a alguien y perderlo, de necesitar a una persona, de vivir por otro, de morir con otro. Por eso, hijo mío, no temas al dolor. Te hará fuerte.

- Madre, no quiero...
- Ahora guarda silencio. No llores.
- Estoy aterrorizado
- Tienes mucho camino por recorrer y yo estaré contigo. Desde que naciste supe que llegaría este día, por eso durante ese tiempo me he cercioré de sellar cada segundo que pasamos unidos, así los fui guardando en tu memoria, así podrás usarlos cuando no esté. Eres un joven fuerte y serás hombre ejemplar. Me gustaría estar aquí para verlo, pero quizás mi presencia no te dejaría volar como está marcado. Recuerda mis palabras.
Cumple tus propósitos, cree en tus éxitos, agradece tus derrotas y jamás pierdas la fe.
- No sé si podré sobrellevar tu ausencia...
- Lo harás. Porque mi vida te pertenece desde el momento en que te llevé dentro de mí.





Tras irse la musa del impresor, quedó una ausencia incurable, que fue haciéndose cada vez más grande tras marcharse él y después su hija. Desde entonces vivo y vivimos con ello, como tantas personas en el mundo afrontan sus terribles dolores. A veces, cuando antes de dormir no puedo conciliar el sueño, escucho esta canción. La convertí en la banda sonora de su ausencia y aunque siempre lloro y me desangro al oírla, también me reconforta.

Hoy más que nunca, la he necesitado.




Como me apena verte llorar,
toma mi mano siéntela.
Yo te protejo de cualquier cosa, no llores más aquí estoy.
Fuerte te ves, pequeño estás.
Quiero abrazarte y te protegeré.
Esta fusión es irrompible,
no llores más aquí estoy.
En mi corazón, tú vivirás, desde hoy será y para siempre amor.
En mi corazón, no importa que dirán, dentro de mi estarás siempre.
Siempre.

viernes, 21 de enero de 2011

Ella

Siempre pensé que su cuerpo era perfecto porque, de frente o de perfil, podía dibujar sobre ella líneas imaginarias.
Así convertía unos vaqueros rotos con camisa verde
o un vestido marrón con botas a juego y medias grises,
en las curvas de América,
en un jarrón chino,
o en banderas ondeando al sol.
Y así me entretenía en silencio, mientras ella paseaba de un lado para otro preguntándose cuándo, cómo y dónde perdió los pendientes de su abuela.
Esos mismos que mientras tanto yo guardaba en mi mano, culpable, sólo por verla correr de aquí para allá.

Yo creía que no había belleza mejor y más natural
que su cintura al tumbarse de lado,
paraíso de mis ojos y recreo de mis dedos antes de dormir
y al despertar.
Estaba seguro de que la octava maravilla del mundo era su ombligo.
La única cicatriz perfecta que simboliza la unión más fuerte,
redonda como la tierra y profunda como el alma.
Por eso dicen que por ahí se escapa si ríes demasiado, algo que a ella le ocurre todas las veces.
No tenía duda alguna de que la perfección de cada pedazo de ella era aquello.
Pero me equivocaba.

Lo descubrí cuando la redondez destronó a Venus
y me resultaba imposible reconocer su cintura al dormir,
o me cansaba al recorrerla con mis dedos.

Por eso volví a sentarme en nuestro sofá de mil plazas,
volví a esconder en mi mano sus pendientes
y esperé para verla correr de un lado para otro.
Esta vez era más lenta, más prudente.
Buscaba de una forma diferente, como si emanase de su pecho una madurez para mí antes desconocida.
Fue en aquel instante, al dibujar, desesperado, sus líneas en mi mente y fracasar en el intento,
cuando me di cuenta de que la belleza que yo creía insuperable me mostraba un peldaño más.
Por eso abrí mi mano, dejé caer los pendientes
y con ella intenté alcanzarla, moviendo ansioso mis dedos,
con el inocente deseo de formar parte de aquel milagro.

jueves, 20 de enero de 2011

Venessia

- Hace unas semanas, ni siquiera habría alzado la mirada para ver esas aves, ni siquiera las habría oído.
Ahora me siento parte de las cosas, sí, me siento conectado; creo que esa es la palabra adecuada.
Ya me siento casado contigo, como si siempre hubiera estado casado contigo, pero no pudiera encontrarte.
Ni siquiera parece necesario pedirte que te cases conmigo. Parece mejor decir:
"Por favor, no te vuelvas a perder. Quédate cerca. Quédate muy cerca de mí".


Marlena de Blasi. Mil días en Venecia.

martes, 18 de enero de 2011

Días de letras

Acabo de llegar a casa y, sentada en el borde de la silla, disfruto del olor que se queda impregnado en mis manos después de tocarte el cuello.
Después observo los libros que me diste. Podría decir que no sé cómo descubriste cuánto ansiaba tenerlos, pero sería mentira y no me gustan las historias mágicas de mentira.
Yo te lo dije, es más, yo los elegí.
Y tú sonreías detrás, buscando portadas entre las estanterías, las más llamativas.
- ¿Este?
- No...
Y mientras tanto la gente alrededor levantaba la vista y se quedaba colgada de tus ojos verdes.
Te reíste, mucho, cuando le pregunte al dependiente si tenían el libro "Indignaos" y él respondió "¿Será indignados no?" y yo murmuré ofendida "Indignaos, es imperativo".
Hay días que soy realmente altiva - pensé en ese momento. Y, tras leerme el pensamiento mientras disimulabas hojeando alguna novela policíaca, te partiste de risa.
Lo eres - y besaste mi frente.
Ahora escribo en sus primeras hojas la fecha de hoy. Me gusta porque así cuando los abra dentro de treinta años sabré cuándo, cómo y por qué los tengo. Adoro los libros con historia, con la suya propia y con la mía.
El primero es Mil días en Venecia de Marlena de Blasi. Lo quería porque un día te llevaré allí para enamorarte una y otra vez, a ser posible en carnaval y si logro empezar a ahorrar desde hoy será en el hotel Danieli.
Massimo se ha partido de risa cuando le has contado mis intenciones, por lo que espero que si no consigo ahorrar todo el dinero nos invite a su casa.
Vuelves a reír cuando te digo esto. Me gusta que rías, así me das la vida.

El segundo libro es El nombre del viento de Patrick Rothfuss. Desde que salió a la venta quise tenerlo. He oído que muchos lo llaman el sucesor de J.R.R. Tolkien, pero no quiero creerlo. No me gustan los escritores parecidos, por eso no voy a creerlo.
Dicen que es un libro dónde tú eres el protagonista, porque es lento, como la vida y sólo si vas avanzando sin perder ningún detalle disfrutarás de la trama.

Ahora escribo con los dos libros sobre mi regazo, siento como si desprendieran calor, es algo reconfortante.
Entonces pienso en ti, apareciendo entre los estantes con ellos y recordándome que vas a llegar tarde.
Te quiero.
Y ahora dormiré, acurrucada en mis manos.

domingo, 16 de enero de 2011

ÑAM

Son las pequeñas cosas de la vida.
Esas que olvidamos recordar cuando escribimos nuestras biografías,
y resultaron ser los momentos más gratificantes, más esperanzadores,
más bellos, más buenos, más vivos y llenos.
Por eso te invito a recordarlos, cuando más lo necesites y cuando no.
Porque si conseguimos vivir cada día manteniendo todo lo bueno que aprendimos ayer
la vida en sí será un continuo recordar,
un continuo sonreír,
para luchar, para afrontar todo lo que nos sobreviene y no nos agrada.
Por eso hoy, sonrío.
Y es porque estoy segura de que esa tortuga se está comiendo la fresa con total felicidad.

sábado, 15 de enero de 2011

Vuelvo a leer

El joven cerró brevemente los ojos, elevando una plegaria.
- ¿Temes morir Dil Bahadur? - inquirió sonriendo Tensing.
- No, honorable maestro. El momento de mi muerte está escrito en mi destino antes de mi nacimiento.
Moriré cuando haya concluido mi trabajo en esta reencarnación y mi espíritu esté listo para volar; pero temo partirme todos los huesos y quedarme vivo ahí abajo - replicó el joven, señalando el impresionante precipicio que se abría antes sus pies.

- Posiblemente eso sería un incoveniente... - condeció el lama de buen humor -.
Si abres la mente y el corazón, esto te parecerá más fácil - agregó.

- ¿Qué haría usted si me caigo al barranco?
- Llegado el caso, tal vez tendría que pensarlo. Por el momento mis pensamientos están distraídos en otras cosas.
- ¿Puedo saber en qué, maestro?
- En la belleza del panorama - replicó, señalando la interminable cadena de montañas, la blancura inmaculada de la nieve, el cielo resplandeciente.
(...)
- El miedo no es real, Dil Bahadur, sólo está en tu mente, como todo lo demás. Nuestros pensamientos forman lo que suponemos que es la realidad - dijo.
En este momento mi mente está creando un hoyo bastante profundo, maestro - murmuró el príncipe.
Y mi mente está creando un puente muy seguro - replicó el lama.

El reino del dragón de oro, Isabel Allende.

Los libros no sólo cuentan historias, enseñan y ayudan cuando más lo necesitas
y menos lo esperas.

domingo, 9 de enero de 2011

Feliz cumpleaños Clouseau


Feliz cumpleaños tío Pepe.
Feliz cumpleaños "colega".
Te haces un poquito más viejo, pero no se te nota ni por dentro ni por fuera, como si nunca te afectase el tiempo.
Y continúas observando el mundo tras tus gafas y preguntándotelo todo, para después poder dar todas las respuestas.
Porque tienes todas las respuestas. O casi todas
y si algo no lo sabes, esperas y finalmente lo encuentras.
Sólo quiero desearte que sigas siendo tan pequeño y adulto,
porque eres único.
Y que haya muchísimas tartas de tres chocolates en tu vida (que nos gustan mucho).
Sólo quiero que sigas estando ahí, que continúes llenando de ocurrencias y risas nuestras vidas.
Te queremos, mucho.
Feliz día inspector Clouseau. Te lo mereces.

sábado, 8 de enero de 2011

Desde lo más alto

- Qué diferente hubiera sido todo si tú estuvieras bien...
Y mientras lo piensa le acaricia el pelo hacia atrás.
Él está absorto mirando por la ventana, le gusta observar los árboles, son los más altos de todo el pueblo. Muchas noches cuando no puede dormir los mira desde la cama; observa sus copas y se siente privilegiado pues ningún otro habitante del mundo puede contemplarlas. Sólo él.
Él y, algunas veces, su nieta mayor cuando no está gritando o corriendo de un lado para otro.
Entonces le dice "ven..." y la niña avanza y le coge las manos y, juntos, miran por la ventana.
Es muy pequeña todavía, pero aún así sabe que ese momento es especial para los dos y por eso se aguanta las ganas de seguir jugando.

Quizás si él estuviese bien podría contarle por qué el aire se cuela entre las ramas tan sutilmente, para después balancearlas a su compás.
O podría cogerla a caballito para que lo viese todavía aún más alto que nadie.
O quizás,
si él estuviese bien,
nunca se hubiese percatado de la belleza de esos árboles.

Todos, alguna vez o muchas veces, se preguntan cómo serían sus vidas si él estuviera bien, si nunca hubiera sufrido aquel fatídico accidente.
Quizás hoy no serían lo que son, nada sería tal y como es.
Los mismos nombres, caras, pero quién sabe cómo serían por dentro.
Les gusta pensar que todo tiene un porqué, que nada ocurre por casualidad.
Y por eso, aún con todo, dan las gracias.
Abu, ya me quiero ir a jugar - murmura la pequeña.
Y él sonríe y la deposita suavemente en el suelo. Después la ve alejarse y escucha sus gritos llamando a los otros niños por la casa.
Entonces se sumerge en su paz, en su propia mente. Él no se pregunta cómo sería todo si estuviese bien.
Son miles las cosas que se amontonan en su cabeza y que quieren ser reflexionadas o ejercidas, pero lo difícil es conseguirlo.
Por eso cuesta tanto hablar, o atarse los cordones.
Por eso es tan complicado volver atrás y recordar cómo fue antes. Cómo eran y cómo cambiaron.

Por eso prefiere seguir mirando las copas de los árboles, escuchando la risa de las niñas, viendo a sus hijos crecer y hacerse adultos.
Prefiere vivir hoy y ahora
y disfrutar de esos dedos surcando su pelo, de esa voz que cada día está ahí por los dos, de esa persona que día tras día hace de madre, padre, mujer, abuela y amiga.
Porque no elegimos nuestra vida, pero sí podemos vivirla como nosotros queramos.
Y yo quiero hacer como él, que eligió la sonrisa.


(Por y para vosotros)

Itsasoa


Te echo de menos.
A veces me sorprendo pintándote en las hojas en blanco.
Y te busco desesperada.
Pero no eres tú, no estás.
Inmenso...te pierdes en imágenes que cobran vida cuando cierro los ojos.
Te llamo. Hablo en tu lenguaje.
Me introduzco en las suaves melodías que desde lejos envías.
Extraño tus idas y venidas, tu continua indecisión.
Tu olor a libertad, tu tacto a vida, tus besos en los pies desde la orilla.
Y aún sabiéndote lejos
mar,
a veces...
puedo respirarte.
A veces daría cualquier cosa por flotar en ti,
por volver a perder las horas, a tapar el sol con los dedos.

...Guardaré todas mis lágrimas hasta volver a verte,
para que vuelvan a ti, de dónde nacieron.

viernes, 7 de enero de 2011

Son mías

Ven, piérdete conmigo.
No me preguntes nada, no tengo respuestas, nunca las he tenido.
Escucha eso que se acerca, quieto, no hables.
¿Lo sientes?
Pues vamos...
Vuelve a meter las manos en los bolsillos
quizás hoy encuentres las canicas que ayer perdiste
y puedas volar.
Decía Campanilla que sólo se necesita un pensamiento alegre.
Tú eres mi pensamiento alegre.
¿Cuál es el tuyo?
Corre...que pronto amanecerá y no estaría bien que nos pillase todavía despiertos.
Acomódate entre las alas de este inmenso dragón
y no temas, yo os guío. No sé a dónde, pero intuyo que es algo bueno.
Duermes... qué fácil ha sido.
Duermes tranquilo porque confías.
Y eso me da tanta fuerza que podría recorrer el mundo sin descanso ahora mismo.
Vámonos te digo.
Y, en sueños, sonríes.
Algo rompe el silencio de repente, será el sol que bosteza.
Despiertas, me miras
y tus ojos aquí arriba parecen dos gotas de mar que ascendieron.
Y son mías.

jueves, 6 de enero de 2011

Confidencias

- Ojalá el tiempo se parase en este instante, en este autobús, para siempre
Es un pensamiento en alto, lo suficientemente alto para que él lo escuche.
Y lo ha oído.
Lo sabe porque le ve sonreír mientras mira hacia el suelo, aguantando el equilibrio para no caerse sobre los otros viajeros en cada frenada ante un semáforo en rojo.
Se miran.
Él ahora está serio.
Ella no alcanza a entender si es emoción o ironía y le pregunta con los ojos "qué es".
Él retira la mirada. Rompe la conexión.
Sabe que si continúa mirándola su corazón se irá oprimiendo más y más,
aplastándose como los cuerpos del autobús cada vez que se suben más personas.
- Elige: él o yo - vocaliza entre las voces de la gente, como un mimo.
Y ella le fulmina con la mirada mientras esas palabras la atraviesan el estómago.
- Me bajo aquí - ahora es ella el mimo.
- No te enfades - habla él, y sonríe.
El autobús continúa su trayecto. Fuera sigue lloviendo, dentro el calor se acumula contra las ventanillas. Otro viaje, mucho más complicado, se forja entre pasajeros y asientos.
- No me fío de ti - piensa ella y se lo calla.
Se lo ha dicho muchas veces y él no lo niega, admite que no sabe querer a una sola, pero con ella fue distinto.
El autobús va vaciándose lentamente, el asiento de al lado queda libre. Se acercan.
- Estás preciosa - matiza mientras juega con un mechón de su pelo.
- "¿Qué pasaría si...?" - piensa, pero esta vez más alto de lo que pretendía.
- "¿Qué pasaría si qué?"
- Nada...

El trayecto termina.
Él se levanta. Dibuja en su cara una sonrisa, quiere tranquilizarla. Así aparenta serenidad, aunque por dentro realmente no tenga nada más que confusión. Antes de irse besa su mano, acaricia su mejilla.
Ella ríe, achinando los ojos, inclinando la cara.
Le gustaría abrazarlo ahora, retenerlo, parar el tiempo, pero sabe que no debe.
Y con el alma dividida le susurra adiós.
El trayecto termina.Pero no termina el viaje, todavía no.

miércoles, 5 de enero de 2011

La radio

Suena la radio en la cocina. Alguien, una voz de mujer, conversa con otras personas.
La casa está vacía y el pequeño Carlos coloca un taburete para llegar mejor a la encimera.
Subido como un equilibrista alcanza el tazón que su madre le ha dejado esta mañana: ya está frío.
Come despacio, masticando las galletas que ha desmenuzado antes sobre la leche y, mientras tanto, continúa escuchando la radio.
Ese aparato lo acompaña noche y día. Desde que mamá se marcha hasta que vuelve.
Por eso Carlos ama su radio, pero también la odia muchas veces.
Porque a veces ansía verla apagada, porque eso significa que mamá está en casa, aunque le duela la cabeza.
Abandona la cocina, con el cacharro a cuestas.
Ahora la voz de un hombre anuncia que todo está más barato y hay que estar loco para no salir a la calle a comprar.
En el cuarto de baño todavía huele al perfume de mamá. El niño se queda quieto, como cada día, disfrutando de ese momento. Cierra los ojos y la imagina sentada en el borde de la bañera con su bata rosa, intentando pintarse las uñas de los pies.
Después vuelve a su cuarto y abre la ventana. Son las 7:30. El olor a sal se cuela lentamente y cubre las sábanas.
A veces se queda ahí, observando la calle, tanto que cuando suena el timbre se despierta y descubre que llega tarde al colegio.
Y su vecina, la madre de su amigo Julio, le grita desde fuera que se de prisa.

Pero ahora son vacaciones y puede quedarse ahí el tiempo que quiera.
Aún así debe ir a comprar queso, mamá se lo recordó anoche.
Pero se tumba un poco en la cama, mirando el techo, todavía es pronto.
Empieza a hacer mucho frío y cierra la ventana.
Vuelve a tumbarse.
Y piensa en su madre, luego en Julio, luego en el mar.
Y, de nuevo, en su madre.

El día pasa lento.
A Carlos no le gusta comer en casa de su amigo porque su abuela siempre le dice que reza mucho por él. Prefiere bajarse al bar de abajo, que hacen pollos asados y esperar a que la señora Ángeles le saque croquetas.

Después vuelve a casa. Lo primero que hace es encender la radio.
Y ésta, tras hacer un pequeño ruido como si despertara o eructara, rompe el silencio con la voz grave de un hombre que grita: ¡es la hora de los deportes!
A veces hace los deberes. Ahora no tiene nada que hacer, por eso se sienta en la cocina y dibuja sobre un papel viejo.
Cuando acaba o se cansa apaga las luces y marcha al salón.
Se acurruca en la butaca, con la radio en un costado.
Según sea el día, se irá a dormir antes de que llegue mamá y no podrá verla hasta la noche siguiente.
Pero otras veces ella llegará antes y le besará la cabeza.
Y le preparará algo de cena o se acurrucará junto a él en el sofá.
Eso nunca se sabe.
Hoy es tarde y hace bastante frío. Carlos oye gritos en el piso de arriba, son las hermanas de Julio que no querrán bañarse.
De repente suena la puerta.
Y ella aparece.
Su perfume inunda la casa y su sonrisa brilla en la oscuridad.
Feliz Día de Reyes mi vida - susurra.
Y su voz es mucho más bonita que todas las de las presentadoras del día.
Con un suave gesto apaga la radio y la coloca en el suelo.
Después le coge en brazos y le lleva a su cuarto, a su cama grande.
Eres lo que más quiero en el mundo - susurra mientras le besa la cabeza.
Y los Reyes Magos observando desde la ventana, se preguntan porqué tiene que ser obligatorio que los niños escriban una carta para tener regalos.

martes, 4 de enero de 2011

3

- Un año y diez meses - me dices.
- Veintidós meses - susurro.
- Realmente son ya seis años - rebates.
- Toda la vida - gané.

Y, vencido, sonríes.

Aquí estás, aquí continúas.
Sigues atrapando mis defectos con tu cazamariposas y guardándolos en tarros de cristal, porque tu eres el dueño de lo bueno y lo malo que me compone.
Y luego te sientas en cualquier lado a observarlos, como los niños cuando encierran saltamontes en botellas.
Y aunque te gustaría mantenerme siempre así, para que no me pierda, me liberas.
Por eso sé que jamás encontraré a nadie que pueda quererme de una forma parecida.
No me sueltes - te murmuro mientras caminas.
Entonces saltas y me cuelgo de tu espalda, como siempre.
Desde ahí todo es más sencillo, el mundo me da menos miedo.
Y acurrucada me duermo y espero,
a que comiences a contar alguno de tus cuentos.

"Laura, sabías que ese hombre de la esquina un día iba corriendo porque......"

Y escucho atenta, creyendo lo que dices, segura de que es verdad.
Para que luego olvides decirme que era todo mentira
y me vaya a casa pensando que los gnomos existen, que te tiraste en paracaídas o que en septiembre vas a emigrar a Argentina.
Pequeño, mi vida.
Te recojo entre mis manos como si nunca antes te hubiese visto, como si fuese frágil.
Y sonríes.

Hoy hacemos nueve mil años - afirmo.
Y se me ha pasado volando - respondes.
Te quiero - se me escapa.
Y, más que nunca, sonríes.

domingo, 2 de enero de 2011

2 de enero

El dos de enero de dos mil once fue el comienzo de una era marcada por una palabra: salud.
Bienvenidos a un país un poco más protegido.
Desde hoy no se puede fumar en espacios públicos cerrados.
Es una de las mejores noticias que he conocido en mi vida.
Son muchos los que no acaban de comprender el valor de esta ley, pero es sencillo.
No se puede fumar en espacio públicos.
¿Por qué? Porque el humo del tabaco contiene partículas de benzantraceno, un hidrocarburo altamente cancerígeno y yo, como no fumadora, tengo derecho a no intoxicarme.
Aquí no se persigue a los fumadores, no se les tacha de nada, ni se les discrimina.
NO.
Aquí se protege a los no fumadores.
Y por eso hoy, doy las gracias.

Cáncer de pulmón, cáncer de vejiga, cáncer de lengua, alteraciones bucales, alteraciones de la fertilidad, envejecimiento precoz, EPOC, enfisema pulmonar, patologías de columna por destrucción ósea, problemas vasculares...
Todo eso contiene un cigarrillo, todo eso hoy, queda al otro lado de la línea.
Si todavía alguien no se alegra por esta ley y alega que es una falta de libertad, que "es mucho peor robar", etc, etc, etc... sólo diré: salud.

Porque es lo más valioso que cualquier persona puede poseer.

Porque hoy se protege la salud, hoy se defiende el derecho a no respirar humo de tabaco de forma obligada.
Ya sólo queda luchar contra la contaminación producida por coches, por fábricas...
Pero hoy nadie me quitará la sonrisa...

jueves, 30 de diciembre de 2010

Adiós 2010

- Mamá, tengo miedo.
¿Qué pasaría si el año se va, porque ya se tiene que ir, porque no le quedan más días y todos estamos preparados para despedirlo...y no viene el siguiente? ¿Qué pasaría?

- Vendrá, seguro que llega.

- Pero mamá, ¿y si se le olvida venir? ¿o no quiere venir porque todo el mundo está enfadado?
-Vendrá.
- ¿Por qué estás tan segura?

- Porque hablé ayer con él. Vino a verme, mientras papá y tú jugábais afuera. Estaba disgustado, porque su primo, el 2010, le había dicho que sus días fueron duros y difíciles y que le deseaba suerte. Entonces le tranquilicé, le prometí que todos éramos buenos y teníamos muchísimas ganas de conocerlo.
- ¿Y qué te contestó?
- Que entonces vendría, con mucha, mucha ilusión.
- Gracias mamá
- Vámonos hijo mío, que antes de que acabe el año tienes que aprender a sentir el viento al galopar.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Kings and queens

Cuenta la leyenda que un día parecido a éste
los jóvenes decidieron plantarle cara al mundo.
No importaba el color.
De la piel, de la voz, del pelo.
El grito fue claro: Basta.
Y para vencer la batalla formaron un ejército rodado.
Altos, bajos, veloces y lentos. Todos.
Y si uno no podía, otros lo llevaron.
Sus armaduras eran ligeras, como la alegría
inquebrantables como la fe
y poderosas, como la palabra.
Se vistieron de colores, con máscaras, con plumas, desnudos, con agua.
Y rodaron, calle abajo, mundo abajo, calle arriba, mundo arriba.
Y hablaron entre ellos, aún sin entenderse, con el idioma de la tierra.
Nunca creyeron en los reyes ni en las reinas,
pero aquel día cuentan
que todos lo fueron.
Por eso hoy, hijo mío, tú puedes decir sin miedo que eres dueño de tu vida y que eres libre.

martes, 21 de diciembre de 2010

Hoy te diré dos cosas

Lo que hoy quiero decirte, lo diré sin palabras.
Para que lo escuches con los ojos,
y lo veas, con el alma.




jueves, 16 de diciembre de 2010

Exámenes......

Mamá, papá....
voy a dejar de estudiar.

¿Por qué?



Porque no os imagináis cuánto me pesa ya la cabeza.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La princesa muda

Me ocurre muchas veces, sobre todo en época de exámenes, que antes de dormir me sorprendo recordando aquellos cuentos que solían contarme de pequeña.
Supongo que es una forma de evadirme de este miedo a crecer que nunca perderé.

Ayer volví a verme sentada en la cama, en casa de los abuelos, sumergida en la historia de "La princesa muda" (seguro que tú, MAN, sabes cual es).

Recordé exactamente el cabello pelirrojo de la muchacha y de como la sirvienta la peinaba durante horas.
Entonces ella quiso tener un piojo y la pobre mujer tuvo que quitarle uno a un mendigo y se lo puso en el pelo.
Y ella le cogió tanto cariño que lo cuidó como a un bebé, por lo que el piojo llegó a alcanzar el tamaño de un cochinillo.
Entonces el rey lo mandó matar... (pobre piojo, recuerdo que me dio muchísima pena).

Y con su piel hizo un pandero y dijo que quién adivinase de qué estaba hecho tendría la mano de la princesa (que era tonta y caprichosa, todo hay que decirlo).
Y nadie lo acertaba, claro está.
- ¿De qué está hecho el pandero?
- De piel de cordero, alteza.

Nada... y la otra se reía en la habitación, porque ninguno acertaba.
Entonces llegó un príncipe guapísimo (y muy buena persona, que eso siempre se lo saltan)
y ella, al verle desde el balcón, quiso que él acertara y le gritó:

- ¡Escuche caballero! ¡De piojo es el pandero!
Pero él no lo oyó...y dijo otra cosa.

Pero ¿quién sí lo oyó? Menudo disgusto para la princesa.... pues fue un mendigo muy viejo, que se presentó y dijo
- ¡De piojo es el pandero!
Y ala, ya teníamos boda.

Sí, son días difíciles, días para no perder el tiempo... pero a veces necesito volver allí, a esa casa, a esa cama, con mis cuentos...

http://picasaweb.google.com/ladeossa/LaPrincesaMuda#5183451599085480338

Quién quiera saber su final, ahí lo encontrará.

sábado, 11 de diciembre de 2010

¿Tú crees en la política?

- Papá, tengo que hacer una encuesta a mi familia sobre España. A ver... ¿tú crees en la política?
- Difícil cuestión... primero pregunta a los demás y cuando termines vienes, que tengo que pensarlo bien.

- Abuelo, escúchame un momento, ¿tú crees en política?
- Mira hijo, ves ese papel de ahí, léelo y me dices qué pone.
- Pone que estás gordo y tienes que hacer régimen.
- ¿Gordo yo? ¿Lo ves? La culpa la tiene Zapatero.
- Entonces ¿crees o no crees?
- Estábamos mucho mejor antes cuando no había tanta tontería con....

- Abuela, el abuelo dice que el culpable de que esté gordo es Zapatero...
- No le hagas caso, ya desvaría, con lo buen hombre que es este presidente, mira, a mí me da mucha lástima todo esto, los pobres trabajadores, pero ¡coñe! no debe ser fácil ser presidente tampoco, ¿no crees tú mi niño?
- Entonces, ¿tú crees en política?
- Yo creo en la familia, creo en los valores tradicionales, en dejar las leyes como están, que están muy bien.... y menos "gays" o "güis" o como sean y aquí nada de abortos, porque vamos...
- Entonces.... ¿eres reaccionaria?
- ¡Ay! ¡No digas eso niño! Soy tradicional, como fueron mis padres.
- Vale, gracias abu

- Juli, ¿me dejas pasar?
- ¿Qué pasa enano?
- ¿Tú crees en la política?
- Sí, aunque ahora todo es una mierda. Los políticos pierden los ideales cuando alcanzan el poder y se centran más en "joderse" unos a otros que en arreglar los destrozos. Es un continuo "saca-votos" y caretas, miles de caretas. La política da asco, acaban vendiéndose, perdiendo su honestidad y nunca son realmente sinceros... ¿te he respondido?
- Vale, sí... ¿entonces tú eres anarquista?
- ¡Qué dices tío! No te enteras de nada... Mira, déjalo, tú pon que yo pienso que estaríamos mejor si fuera una República...

- Ana, ¿te molesto?
- Dime peque
- ¿Tú crees en la política?
- Creo en la democracia, en la libertad religiosa, en la mujer, en el hombre y creo los ideales políticos, no en la política.
- Mmmm... ¿entonces?
- Entonces.... soy... una votante más que aún tiene fe en que exista el autogobierno.


- A ver, Jaime, ¿tú crees en la política?
- ¡bubububububububu!

- ¿Qué le preguntas al bebé hijo?
- Nada mamá, dime, ¿tú crees en política?
- ¿Y esto a que viene?
- Es para el colegio...
- Pues no sé hijo, ahora mismo no creo. Tu padre en paro, pagando dos carreras universitarias a base de becas, tú en el colegio y sin comedor, el bebé, los abuelos ya casi no tienen su pensión, tenemos deudas, hipoteca, las vacaciones se pasan aquí, el mercado cada día está... ¡es un abuso!....
- Mamá, mamá...¡no te enfades!
- Ya hijo, ya.... pues eso, que no creo, que estoy harta de todos.


- Terminé papá
- Y bien Manu, ¿qué conclusión has sacado?

- Pues.... que el abuelo es franquista, la abuela es reaccionaria, Julián es anarquista, pero el dice que es republicano y Ana es idealista.
El pequeño Jaime todavía no sabe dónde se ha metido y mamá es apolítica.
- Ya veo...
- ¿Y tú papi? ¿tú crees en la política?
- Yo sí hijo, hay que creer en todo.
- ¿Entonces eres creyente?
- Sí, eso es, soy creyente.
- Gracias papá.

- Espera, Manu ¿y tú? ¿tú que piensas de la política?
- No sé... creo que yo soy como tú papá, soy creyente.
- ¿Ah sí?
- Sí, pero yo soy más de los Reyes Magos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Paule

Eran personas en un sala. Podrían ser personas totalmente normales, podrían ser asesinos o amigos charlando.
Paule era la más joven. Su historia era de las más graves, por eso cuando Yun la observaba sentía verdadera lástima por ella.
Luego estaba él, el hombre corpulento, ese que tenía una mancha negra en la mejilla.
Y los demás.
Todos, igualmente, estaban algo tristes aquella mañana.
Cuando la anciana Ms. Elles entró se levantaron, con sonrisas ensayadas y movimientos sincronizados.
Se sentaron cuando ella lo hizo.
A su pregunta de cómo se encontraban aquel día de primavera ninguno respondió, no tenían ganas.
Era común. Así empezaban las sesiones, primero silencios inapetentes y luego monosílabos que dejaban paso a dos horas de intensa conversación, dónde unos siempre intentaban tener protagonismo y otros sencillamente escuchaban.

El anciano Josef repetía de nuevo cómo la última semana había estornudado y tosido durante días enteros por culpa de las gramíneas, el polvo, los olivos del paseo de su calle, el pelo del gato de su vecina, el pelo del hámster de su nieta y el pelo del hurón del joven al que le alquilaba el piso.
Después, una mujer de mediana edad asentía satisfecha al explicarles cómo ella luchaba día a día con su alergia a todos los alimentos conocidos: frutas rosáceas, rutáceas y exóticas, carnes de cerdo y de ave, leche y cereales y por supuesto, mariscos y frutos secos.
- Es cuestión de luchar contra los obstáculos y no dejar que ellos te puedan derrotar - afirmaba.
Entonces el hombre de la mancha negra en la cara solía bufar, cambiando de postura y decir algo pesimista, bien porque así lo sentía o bien por fastidiarla.
Aunque ella nunca solía picar de su anzuelo.
Entonces Yun hacía desvanecerse a la tensión con sus chistes sobre sus propias experiencias, sobre cómo descubrió su alergia al látex y cómo, desde entonces, fregar platos y hacer el amor eran para él actividades muy entretenidas.
Todos reían en ese momento, incluso Paule.
Ella era de las que escuchaba y evitaban hablar. Su historia era peculiar y triste, tanto que veía muy lejos el día en que pudiera bromear sobre ello. Seguramente nunca podría.
El hombre de la mancha en la cara lo entendía muy bien, por eso cuando le preguntaron qué le había traído allí sólo respondió: si me da el sol, me muero.
Y desde ese momento la gente del grupo dejó de fijarse en su piel, totalmente cubierta de manchas marrones, mucho más grandes según iban ascendiendo por su cuello y su cara.
Y así, cuando vio que Paule no quería hablar, le puso la mano en el hombro y la tranquilizó.
Al acabar la sesión todos se despidieron y la anciana Ms. Elles pidió a Paule que se quedara un momento.
- Has estado callada - le dijo con su voz de abuela.
- No tengo ganas de hablar hoy - respondió.
- ¿Por algo que quieras compartir conmigo? - preguntó esta vez.
- Ayer Jady estuvo llorando toda la noche y no pude cogerlo en mis brazos.
- Entiendo...¿quieres que hablemos de ello? - insistió.
- No, es tarde, tengo ganas de volver a casa.

La clínica cerró, como cada viernes y Paule volvió a casa.
Iba tranquila, el tiempo allí era seco todo el año.
Cuando llegó a a casa la esperaba su marido, sonriente, con el pequeño en brazos.
- Mira Jady quién está aquí - susurró.
Y el pequeño pataleó entusiasmado al ver a su madre, extendiendo su brazos regordetes hacia ella.
- Hola mi vida...

Para Paule lo peor de su historia no era tener prohibido beber agua ni zumos de frutas.
No era la única ducha permitida a la semana, de diez segundos.
Ni si quiera el momento en el que le dijeron que la causa había sido una sobredosis de penicilina, que era algo muy poco común, sólo lo padecían 30 o 40 personas en el mundo.
No pensaba en el momento en que, al salir de la ducha aquel día, su cuerpo enrojeció entero y cayó al suelo, postrada por el dolor y el picor.

No.
Lo peor de su historia era mirar al pequeño Jady y saber que cuando él más la necesitaba no podía acudir, pues sus lágrimas no sólo le hacían daño en el alma, sino también en la piel.

martes, 7 de diciembre de 2010

Cookies II

Mi mamá ha hecho galletas con trocitos de naranja.
MAN ha llamado y me ha contado que ella hizo una galleta gigante y luego la cortó porque no sabía como hacer las galletitas pequeñas.
Mamá y papá me han reñido por comer las galletas calientes.


Como nos gustan las galletas.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Hueles a lluvia, Navidad

¿Qué le voy a hacer?
Si estamos a 6 de diciembre,
si llevo estudiando desde las 7:30 de la mañana (con un ojo abierto, el otro cerrado, un ojo abierto, el otro cerrado...)
si echo de menos no estar ahora mismo en el hospital de aquí para allá llevando la bata como "Superman" y enriqueciéndome con las vidas de los que allí se encuentran.
¿Qué le voy a hacer?
Si desde hace media hora dos niños se han puesto a canta villancicos debajo de mi balcón.

Pues nada, ¿qué le voy a hacer?
dejo los apuntes y me pongo a cantar con ellos.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Sonreí

Sobrevolaron cuervos su pequeña barca,
y tiburones dentudos la rondaron.
También molestaron moscas enclenques,
y grandes focas marinas.
Hubo tormentas continuas,
truenos y remolinos gigantes.
Pero nunca lograron destruirla.
Intentaron miles de estrategias, mas fue imposible.
Pues contra los cuervos lucharon las nubes,
y las ballenas y los delfines y los "de delantes".
Y hubo muchos soles.


A fin de cuentas, había echado azúcar suficiente.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Puente de diciembre

El reloj digital de la mesilla sonó a las 7:30.
En ese momento, si hubiera sido un día cualquiera, Domos habría despertado.
Pero no. Domos decidía dormir. Domos decidía no trabajar.

Y su decisión costaría millones de euros y afectaría gravemente a la vida de millones de personas.

Cuando se levantó por fin a las 10:00 de la mañana, estaba nervioso.
Se sintió extraño al sorprenderse a sí mismo alejándose de la ventana para no ser visto por nadie de la calle. Quizás se sentía más culpable de lo que pensaba.
Ahogó el malestar en el café y encendió la radio mientras le temblaba suavemente el pulso.
"caos, locura, gritos, quejas, ultimátums del gobierno, ayuda militar, desastre....."

Domos tragó saliva. No, no se sentía bien. Sabía que no debían haberlo hecho.
Encendió el televisor del salón y las imágenes fueron mucho más impactantes que las palabras.
Tuvo que apagarla rápidamente, pues algo le golpeó fuertemente el pecho.
Se dejó caer como un peso muerto en el sofá y notó como le caían gotas de sudor frío por el cuello.
- ¿Qué hemos hecho? - se preguntó en voz alta, poniendo los ojos en blanco.

Y comenzó a gritar.- ¡¡¡¿ Dios mío qué hemos hecho!!!?

Aquel día hubo accidentes de tráfico, hubo peleas sangrientas de madrugada, hubo alguna caída tonta y casos de hipotermia por dormir en la calle. Hubo traumatismo por resbalones y por consumo de sustancias. Hubo violencia de género.
Aquellas 24 horas hubo dolores de estómago, neumonías y cánceres óseos muy dolorosos.
Hubo ancianos inmunodeprimidos y esquizofrénicos alterados rompiendo todo a su paso. Hubo muertes, muchas muertes, decenas, cientos, miles de muertes.
Mucha sangre, mucho dolor, mucho sufrimiento.

Y ni un sólo médico/a, enfermero/a o auxiliar que pudiera frenarlo.
Aquel día se recordaría siempre como "el fatídico día en el que la sanidad sufrió un parón por huelga total de todos sus trabajadores" y también por el número de fallecidos que produjo.
Los hospitales vacíos, camas llenas de pacientes sin medicación ni atención, familiares desesperados por salvarles la vida, ni una sola ambulancia en marcha, ni un solo centro abierto.
Ningún recién nacido atendido, miles de incubadoras apagadas.
Muertos, muertos, muertos.
Por eso Domos, enfermero desde hace 30 años, supo que se habían equivocado.

Y mientras tanto, en medio de la hecatombe,
en un rincón remoto del país, en una torre muy alta,
un hombre de la misma edad que Domos se preguntaba:

¿Y qué pasaría si lo hiciéramos nosotros?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

HIV

No al sida. Sí a la vida.



Basta de ignorancia
Súmate al grito de "PREVENCIÓN"



Sí a la vida.
Sí a la prevención.
No a la ignorancia de los que predican que el preservativo es insuficiente.
Lo que es insuficiente es la inteligencia de aquellos que aún niegan esta enfermedad.

Sí a los médicos y científicos que dedican su vida a estudiarlo.
Sí a los que lo padecen y no se rinden.
Sí a las ONGs, sí a BASIDA.

No, no se contagia con los besos. A menos que bebas 2 cubos de saliva.
No, no se contagia por el aire, ni por el agua, ni con un abrazo.
Sí, a la prevención y la inversión en investigación y recursos.
Sí, a la vida.
No al sida.