lunes, 6 de febrero de 2012

Sexto cuento para Raquel

¿Y si nunca más puedo jugar? - preguntó la castaña, todavía dolorida por el golpetazo que se había llevado al caer sobre el suelo.
Mamá árbol la miro desde arriba, comprensiva. Su pequeña había sido la última en caer, demasiado tarde quizás pues ya casi estaba terminando el invierno. Era la más redondita y diminuta de todas.
Desde bien chiquitita, todas sus hermanas la habían mirado de reojo porque, en lugar de quedarse quietecita observando a la gente pasar, ella solía balancearse hacia delante y hacia atrás, para pasar el rato.
A veces lo hacía al ritmo de la música del violinista que ensayaba en el parque, otras veces simplemente siguiendo el vaivén del viento.
Mamá árbol lo supo desde que nació. Tenía mucha fuerza.
- Mamá, mamá, ¿qué hago ahora? ¿espero a que algún niño me coja y me lance? ¿o me meterán dentro de un cono de papel?
- Calla, calla, que haces mucho ruido. Ahora quédate quieta, con cuidado, que no te pisen. Estás muy guapa y muy reluciente.
- ¿Y nunca más podré jugar?
- Silencio castañita, deja que el tiempo pase, debes aprender a ser paciente como yo.

Con los años, Mamá árbol había visto como sus centenares de hijas caían y se alejaban de su lado, hacia sus destinos inciertos. Muchas nunca llegarían a ser árbol, pero alimentarían tripitas y ratos de soledad.
Hacían mucho bien al mundo.

- Mamá, mamá....
- Calla, calla, hija mía, pues va a ser verdad que no has salido a mí...

Así pasaron los días y la pobre castaña no se movió de allí.
A veces los niños la lanzaban por los aires o alguna ardilla intentaba morderla, pero ella era más lista y no se dejaba atrapar.
Un día de esos, cuando ya creía que nunca podría salir de allí, apareció un señor mayor, de pelo cano y andares despreocupados.
Con una agilidad sorprendente se agachó a mirar por el suelo, buscando algo.
La pequeña castaña lo vio y sintió curiosidad por él.
Entonces la descubrió.
- ¿Cómo te llamas?
- Yo Nino ¿y tú?
- Yo Castaña
- Hola Castaña, ¿qué haces?
- Nada, aburrirme, quiero jugar, pero ya soy mayor y debo encontrar mi destino
- Bueno, pues yo tengo muchas cosas en la cabeza y a veces me preocupo demasiado
- Si quieres puedes contármelas
- Si quiere puedes balancearte en mi bolsillo

Y así la pequeña se subió a esa mano que olía a tabaco y menta, para después acurrucarse dentro de la tela.

- ¿Estás agusto, Castaña?
- Siiiiiiiii
- Pues allá vamos...¿tú sabes por qué la torre de la catedral está torcida?....

Y así Mamá árbol sonrió tranquila, su pequeña había encontrado su destino.


Sé que si busco por la casa, seguiré encontrando castañas tuyas por todos los rincones, de esas que viajaban en tus abrigos y pantalones, a las que contabas tus historias e ibas moldeando con tus dedos de tanto acariciarlas.
Sé que si las busco estarán, dónde las dejaste y dónde las pusiste, para que siempre encontrara el camino cuando más me costase verlo.
Gracias por hacer de tu recuerdo un cuento.
Gracias impresor.

1 gotas de tinta:

Anónimo dijo...

Que bonito Laura.
Un beso muy muy grande.
MAN